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Miércoles, 03 Agosto 2016

La guerra que no vimos desde las ciudades

Por Sania Salazar

Los colombianos que viven en grandes urbes tienden a pensar que el conflicto no es con ellos. Nada más alejado de la realidad. Los centros altamente poblados son los mayores receptores de desplazados y meca del reclutamiento.

Fennys Tovar y Hugo* tienen dos cosas en común. La guerra y Bogotá. Ella, desplazada, llegó al centro del país huyendo. Él, exguerrillero, reclutado a los 15 años en el colegio donde estudiaba en la capital.

En Colombia el conflicto también se vive en las ciudades. Reciben desplazados y aportan combatientes, entre otras cosas. El 40% de las personas tratadas por la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR, han sido reclutados en centros urbanos. Bogotá es la ciudad que históricamente ha recibido más desplazados, según la Unidad para la Atención y Reparación de Víctimas.

Fennys y Hugo le contaron sus historias a Colombiacheck en el Centro histórico de Bogotá, la ciudad a donde más personas han llegado a declararse como desplazados (557.185), según las cifras totales de la Unidad para la Atención y Reparación de Víctimas.

De los ocho millones de víctimas que hay en el país según el Registro Único de Víctimas (RUV), 6.849.277 son desplazados. Antioquia es el primer departamento receptor de esta población con 1.282.457 declarantes. La Unidad hace esta medición por departamentos, pero las cifras de Bogotá están aparte por la magnitud de la ciudad.

“No juzgo. Bogotá es una ciudad muy grande y aquí aplica la ley de sálvese quien pueda. Desafortunadamente hay mucho ladrón y no pueden confiar ni en mí ni en usted y mucho menos si decimos que somos víctimas, no nos van a ayudar. Si usted llega de otra forma lo van a auxiliar, porque a la mayoría de ellos no les ha tocado la guerra, no tienen ni idea qué es eso, entonces piensan que si usted es víctima es por algo, debe ser que usted es mala gente, que robó, que es un pícaro, nadie va a tomar buen concepto de eso”, asegura Fennys mientras toma tinto en el Café Pasaje, de los más tradicionales de Bogotá, rodeada de abogados, oficinistas y universitarios.

Su opinión es demasiado benévola si tenemos en cuenta que la primera vez que Fennys llegó a Bogotá buscó trabajo durante cuatro meses. “No pudimos con Bogotá. No surgimos. Nos pedían recomendaciones para darnos trabajo y ¿quién nos iba a recomendar?”, recuerda.

Alejandra Cardona, Directora de pedagogía del Museo Casa de la Memoria, en Medellín, ha trabajado quince años con población desplazada y conoce la incertidumbre y el choque emocional, ese pantano en que se estancan las familias que llegan a la ciudad sin entender, completamente, por qué deben dejar su hogar.

La misma situación por la que pasó Fennys y que, en un primer momento, la dejó aturdida, como perdida, sin reacción.

También sabe las dificultades a las que se enfrentan para sostenerse, pues no están capacitados para las labores propias de la ciudad. “Ellos manifiestan lo duro que es tener que ir a comprar un huevo cuando en la finca tenían las gallinas que se los daban. Eso los golpea fuertemente porque no está acorde con sus costumbres”, cuenta Cardona.

Combatientes de las ciudades

La conversación con Hugo, quien fue guerrillero durante nueve años, terminó en la carrera 9 con calle 13, pleno centro de Bogotá, mientras cientos de funcionarios regresaban a sus oficinas luego de almorzar.

“La guerra no solamente son los combates, en la ciudad hay otro tipo de guerra. Después de hechos como los del Club El Nogal se entendió que hacer eso en las ciudades tiene un costo político muy alto. Pero la guerra sí tiene tentáculos políticos, económicos que de una u otra manera te van tocando”, asegura.

Después de reclutar jóvenes durante siete años, primero en su colegio y luego en dos universidades públicas de la capital, Hugo pasó dos años en las selvas de Colombia. Durante su militancia asegura haber conocido por lo menos a seis muchachos que dejaron Bogotá para ingresar a las filas de la guerrilla.

“El 40% de las 49.000 personas que entraron al proceso de reintegración, provenientes de las guerrillas y los paramilitares, aseguran que los reclutaron en zonas urbanas, lo que sucede en las ciudades en general, todas ponen su cuota de reclutamiento”, explica Joshua Mitrotti, Director General de la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR.

“Mi mamá se preocupaba por tantas madres con los hijos muertos, pero no entendió realmente lo que pasaba hasta que no se preguntó cuándo le entregarían a su hijo muerto, si era que le entregaban mi cadáver. A raíz de ese sentimiento empezó a entender las razones del conflicto y ya no lo veía lejos, en una montaña”, cuenta Hugo.

“En las ciudades son víctimas y no se dan cuenta”

Fennys anda por las calles de Bogotá sosteniendo un sobre de manila con el que protege el libro que escribió apretado entre sus brazos y su pecho. Se ríe, muestra en su teléfono inteligente fotos de las conferencias que ofrece. No se queja. No llora. Ya no se siente víctima, decidió quitarse eso de la cabeza.

En el año 2000, acosada por la falta de trabajo y con dos hijas menores de cinco años a las que debía sostener sola, aceptó ilusionada la propuesta de ir a cocinar para una de las principales distribuidoras de combustibles en el país. De Villavicencio, donde vivía, la llevaron a zona rural de Puerto López, también en el departamento del Meta.

Dos semanas después se enteró de que estaba en un campamento paramilitar. “Sentí que se me abría la tierra y que me hundía de a poquitos. Me temblaban las piernas, las manos y los labios”, rememora.

De allí escapó ocho meses después, pero no da muchos detalles porque quiere escribir otro libro donde cuente esa amarga aventura. Llegó a Bogotá con sus hijas y otros familiares. No la maltrataron físicamente, pero dice que psicológicamente la dejaron vuelta nada.

“El desplazado llega generalmente hasta la periferia del municipio o de la ciudad, es decir, a las zonas marginales, lo cual los pone en competencia de recursos, de trabajo, de bienes, con los otros desposeídos de la ciudad. Ante los ojos de los habitantes de las zonas centrales de la ciudad, de los más ‘acomodados’, el desplazado es equiparado con el incómodo indigente, con el desempleado o con el empleado informal callejero, quienes exponen también una realidad que no quiere ser vista”, esa descripción del Informe Nacional de Desplazamiento Forzado en Colombia “Una Nación desplazada”, del Centro de Memoria Histórica, refleja fielmente lo que vivió Fennys.

A veces el sufrimiento regresa. Fennys cuenta que un familiar, quien había caído con ella en la falsa oferta laboral, llegó un día alterado a la casa y le dijo que había visto a gente del campamento en el que estuvieron. Les ordenó empacar mientras conseguía un camión.

Desplazarse es desarmar la vida en un instante para volverla a armar sin muchas ganas en otra parte.

Después de recorrer varias zonas del país Fennys regresó a Bogotá. Reconoce que fue una locura, pero lo hizo para cumplir con el sueño de ser escritora. Lleva dos años en la capital y asegura que le ha ido mucho mejor porque ya no carga con el temor con el que venía la primera vez y porque ahora tenía un plan de vida, un objetivo que lograr y la ayuda económica de una de sus hijas.

Esta vez llegó a la Unidad de Víctimas con su libro Las tres orillas, en el que cuenta la historia de una mujer paramilitar que conoció en el campamento en donde estuvo. Para publicar el libro tuvo que tocar muchas puertas, pero ahora lo que le interesa es ayuda para difundirlo. “Me pareció importantísimo escribir sobre esa clase de personas que también son víctimas porque por ellos nadie habla, ¿quién va a contar sus historias?”, comenta refiriéndose a quienes, como ella, son reclutados con engaños o a la fuerza por los grupos armados.

Dice que no busca que le den dinero. Ha sido vendedora ambulante y ahora se defiende con trabajos esporádicos y vendiendo joyas, además una hija le ayuda económicamente.

Sabe que para las víctimas las ciudades son una tabla de salvación, pero que cuando no hay oportunidades de trabajar, la opción es pedir y en algunos casos, robar. “La gente en las ciudades también es víctima y no se da cuenta porque a la hora de pagar impuestos costean una guerra que tampoco les compete. Somos víctimas directas e indirectas”, reflexiona.

Reclutar, reclutar y reclutar

Un profesor del colegio fue la conexión de Hugo con las Farc. “Los encargados de esa tarea no desperdician oportunidades, ven en familiares, amigos o compañeros de estudio un posible nuevo miembro de la organización”, cuenta y agrega que “en las ciudades hay mucho miliciano que recluta. Incluso en universidades como la Javeriana y los Andes”.

Hugo empezó en la parte política y ahora sabe que no fue casualidad el momento en el que le propusieron dejar Bogotá para irse a la selva. Su mamá no tenía trabajo, él no tenía recursos para seguir pagando la matrícula de la universidad y, por su edad, era una época de rebeldía, de inconformismo.

Mitrotti y Hugo coinciden en que los reclutados son, por lo general, menores de 18 años. “Máximo de 20”, dice el excombatiente. El director de la ACR indica que suelen aprovecharse de jóvenes que viven en entornos difíciles, en familias en las que hay violencia, abuso, que no son entornos protectores. “Ahí la ilegalidad aprovecha para ofrecer oportunidades, para mostrar que con ellos sí van a encontrar un entorno que les permita desarrollarse y aprovechan estas circunstancias para engañar a los niños y los jóvenes”, asegura.

“En un momento pensé que las armas hacían posible el cambio, pero te das cuenta también que dentro de ese agente de cambio, están los mismos factores que quieres cambiar, tengas o no un arma, pero entendí que esos factores están muy relacionados con la mentalidad de las personas”, confiesa Hugo.

En la selva Hugo empezó a detectar envidias y trampas en su contra, entonces comenzó su decepción. Su salud se empezó a deteriorar y esto lo llevó a reflexionar profundamente.

“Los colombianos tenemos la mentalidad de pasar por encima del otro, de que todo lo fácil es bueno, de colarnos en la fila, esa mentalidad está en ambos lados, si no cambias esas formas de pensar vas a repetir los mismos círculos de violencia, de corrupción, de pobreza”, concluye Hugo.

Ciudades indiferentes

“Somos una sociedad absolutamente negada”, ese es el contundente diagnóstico de Alejandra Cardona, del Museo Casa de la Memoria de Medellín. “La mayoría de las personas piensa que el conflicto y la paz están muy lejos de ellos, no hay una conciencia política, ética y ciudadana para comprender la violencia y la paz como contextos que nos competen a todos. Por el contrario se ven como causas aisladas en las que, sobre todo la gente de la ciudad, no entiende bien qué pasa y por qué, ni cuáles son los actores”, explica.

Para ella, hay dos elementos fundamentales para cambiar esta situación: uno pedagógico, que no le compete solo a la escuela, sobre cómo generar reflexión y debate en torno al desplazamiento. El segundo, la educación política en cuanto a la participación, que las personas entiendan que son sujetos políticos con derechos que puedan hacer valer.

“Hay que lograr fomentar mucho la solidaridad, la compasión, la ayuda, el respeto por la diferencia. Es un cambio en la forma de relacionarse y de reconocer a los otros”, concluye Cardona.

*Aunque la política de Colombiacheck es identificar a todas las fuentes, en el caso de Hugo cambiamos su nombre por motivos de seguridad.
Sábado, 12 Agosto 2017

Por el derecho a nombrarlos

Por Nubia Flor Russi

Esta es la lucha interior de una madre para sobreponerse a la tragedia que significó perder a sus dos hijos, reclutados a la fuerza por las Farc. También es la historia de cómo superó la vergüenza y el dolor para convertirse en una líder social que hoy defiende la paz como su bien más preciado.

Eran los tiempos de Telecom, afloraba la esperanza de paz entre el gobierno y la guerrilla. No había nada más efímero que los anhelos y los suspiros. Hacía apenas un año, el 14 de julio de 2000, la escalada violenta tapizaba con hedor los campos del sur del Tolima. Colombia no había alcanzado a celebrar el primer año de diálogos en medio de las balas, cuando el conflicto armado mostraba sus afilados dientes. La arremetida armada empezó en Saldaña, saltó a Alpujarra y siguió con Roncesvalles, en feroz respuesta al Plan Colombia pactado con Estados Unidos.

Días después la esperanza tímidamente volvió aflorar tras el anuncio del reinicio de los diálogos con las Farc, que fue posible luego del Acuerdo de Los Pozos. La zona de distensión, en San Vicente del Caguán, Caquetá, estaba en furor. Rumores de ataques, aviones secuestrados y decenas de acciones militares a lo largo y ancho del país, sin habernos repuesto aún de incontables pérdidas de vida de campesinos que ponían su cuota como guerrilleros, paramilitares y soldados en una guerra que duraría 52 años, dejando a su paso 987.108 muertos, según los registros oficiales de la Unidad para las Víctimas.

Avanzaba el año 2001, la vida de los colombianos parecía normal. Mientras el Chocó celebraba la elección de la primera mujer negra como reina nacional de la belleza, y el Valle del Cauca festejaba la medalla olímpica en manos de María Isabel Urrutia, las Farc arremetían contra el aparato militar del Estado, siendo los pueblos del sur del Tolima los primeros dentro de lo que la Fiscalía determinaría como “patrones de macro criminalidad”, quedando la población civil en medio de la guerra.

Una mañana del 16 julio de 2001, mientras en Ibagué los choferes de buses y carros del transporte municipal se preparaban para salir a celebrar el día de la Virgen del Carmen, Gloria Esperanza Marulanda viajaba hacia el municipio de San Antonio de los Micos, a diligenciar los registros civiles y las tarjetas de identidad de sus hijos.

Ya hecha la diligencia, con los registros en las manos y el anhelo de encontrar a sus hijos, como de costumbre, trabajando en la parcela entre vacas y caballos, Gloria se apresura y sube a un bus para regresar a casa, pero de inmediato es advertida por un paisano que le informa que uno de sus muchachos se ha ido para la guerra. Así, sin anestesia, recibió la mala noticia.

Angustiada, pidió explicaciones, pues no comprendía lo que pasaba. “¿Dónde está; quién se llevó a mi chinito?”, “Se fue doña Gloria, se fue con la guerrilla”, comentó un lugareño. “¡No puede ser!”, gritó desolada. Se bajó del bus, contrató un carro particular y se fue a buscarlo al campamento que tenían las Farc en la vereda Cucuanita, sitio donde el grupo armado acampaba regularmente, tenía trincheras y desde allí se enfrentaban al ejército.

Cuando Gloria llegó al sitio señalado preguntó por su hijo, pero le respondieron que quizás lo encontraría más adelante. “Aquí tampoco”, repitieron que quizás lo encontraría más adelante. “Aquí tampoco”, repitieron más adelante. Mientras buscaba a Francisco Fabián, recordaba que un año atrás ella y muchos padres de familia, para evitar que sus hijos fueran llevados a las filas de las Farc, los escondieron entre colchones y los sacaron en volquetas hacia Ibagué. En la edición del 19 de julio de 2000, el diario El Nuevo Día registró que más de 70 adolescentes abandonaron la región por temor a ser reclutados.

Pero al poco tiempo los mandó a buscar porque no contaba con recursos para mantenerlos en la capital. Un año después, los desplazamientos por cuenta del reclutamiento seguían saliendo en la prensa, pero esta vez el hijo de Gloria se contó entre los que fueron obligados a ingresar a las Farc.

Ella se preguntaba ¿qué pasaría si no los hubiese regresado de Ibagué? ¿La historia sería distinta? Tantas preguntas sin respuestas la mortificaban.

Fue así como preguntando llegó al sitio donde la guerrilla tenía reclutado a su hijo mayor, de cuerpo menudo y delgado. Ya no llevaba la sudadera que solía ponerse la mayor parte del tiempo. Vestía el uniforme de las Farc, quizás tres tallas más grandes que él.

Ella, arrodillada y llorando, le suplicó al guerrillero de turno que la dejara hablar con el comandante; le dijo que solamente tenía dos hijos varones: Francisco Fabián, de 16 y Jesús Mauricio, de 14 años, quien no gozaba a plenitud de sus facultades mentales. Pero sus súplicas no tuvieron eco ni lograron ablandar el alma endurecida por la guerra.

El comandante, impávido, simplemente le respondió: "es la cuota de la guerra... no joda tanto, deje de llorar y váyase para su casa o quiere que también me le traiga el otro. ¿Quiere que me le traiga el otro?". El niño guerrillero fijó su mirada en los enlagunados, tristes y angustiados ojos de su madre; miró al comandante y le pidió permiso para hablar con quién lo parió. "Vaya tranquila madre, no se preocupe... yo voy a ir a verla cada vez que pueda, es mejor que se vaya, evitemos problemas; yo voy a quedarme aquí; piense en mis hermanitos madre, váyase que yo después la busco y la visito", fueron las últimas palabras que Gloria escuchó de Francisco Fabián.

Las cifras de Medicina Legal y de la Fiscalía General de la Nación indican que en Colombia 166.970 civiles están registrados como desaparecidos, de ellos 188 fueron reportados en “reclutamiento ilícito”, nueve de estos son menores de edad oriundos de Roncesvalles.

Dos meses después, mientras el mundo se estremecía atónito por el desplome de las torres gemelas, el 11 de septiembre de 2001, decenas de alcaldes del país despachaban desde las capitales, dejando sus regiones a merced de las guerrillas y los paramilitares.

En uno de esos días, el corazón de Gloria casi estalla de emoción. Se debatía entre la alegría y el dolor, pues volvió a ver a su hijo Francisco Fabián, cuando uniformado con la insignia fariana y armado hasta los dientes, patrullaba el mismo pueblo que lo vio nacer, jugar bola y crecer. “En una ocasión me dijeron que vieron mi niño en tal parte, ahí mismo cogí camino, me fui a pie a donde me habían dicho, cuando me ‘pispiaron’, voltee a mirar y era él. Lo tenían de guardia al pie de la carretera, me saludó y me dijo “madrecita nos hablamos porque no puedo hablar con nadie”. Me dijo eso entre dientes, que me devolviera. Se puso a llorar y me abrazó”, relata Gloria con sus ojos nublados.

Gloria y los vecinos de toda la vida, lo veían patrullar junto a la guerrilla y cumplir funciones como miliciano. Hasta el día en que nunca más volvieron a verlo.

Arreció la guerra y con ella los dolores propios de tener un hijo guerrillero. No fue fácil caminar por las calles del pueblo mientras se sentía señalada por los dedos inquisidores y el murmullo de las lenguas implacables. Las amistades otrora fraternales, se volvieron esquivas; ni siquiera el mismo Francisco Fabián fue consciente del dolor de la guerra a sus 15 años. A esa edad primaveral todo adolescente estaría pendiente de los partidos de la Selección Colombia, de la chica bella del salón y del tema musical de moda. Sus sueños de joven campesino fueron arrebatados por los violentos.

Pero como el amor de madre supera vergüenzas, Gloria recorrió veredas buscándolo, donde quiera que le decían que habían visto guerrilleros caminando por la zona, allá iba ella. Le sobraba coraje para enfrentarse a los miedos que generaban las noticias de asesinatos en el pueblo, como el de Elizabeth Obando Murcia, asesinada por las Farc por vender el periódico El Nuevo Día, donde informaban sobre el reclutamiento y atrocidades cometidos por esa organización.

En su incesante caminar, alguien con voz seca le dijo: "No lo busqué más, lo mataron en un combate por Chaparral”. Ya no importaba la vergüenza, el dolor de tenerlo en la guerra se convirtió en un dolor eterno y sin tregua. La muerte cesó la búsqueda y con ella la oportunidad de regresarlo a casa y reintegrarlo a la sociedad.

Un día de abril de 2003, mientras lloraba en un rincón de su casa, la Fiscalía tocó a su puerta: "Señora, vinimos para que reconozca el cadáver de su hijo guerrillero, lo tenemos en Chaparral".

Con su mirada perdida en el horizonte se trasladó con ellos. Vio uno a uno los rostros de ocho guerrilleros asesinados en combates, que estaban en lista de espera de ser reclamados por sus familiares, hasta que reconoció el de Francisco Fabián. La caridad de quienes la señalaban como la madre del insurgente, afloró de nuevo y les hizo olvidar los dolores y resentimientos propios de la guerra. Con poco aliento para seguir viviendo, regresó a casa y empezó a pedir limosna en el pueblo para recuperar y sepultar lo que quedaba de su hijo.

Ocho meses después, sin haber sepultado aún el cuerpo de su hijo, la guerra volvió por más para arrancarle otro pedazo del alma: las Farc se le llevaron a Jesús Mauricio. ¿Cómo iba a ser posible que reclutaran al hijo con condición especial? Esta realidad no cabía en la mente de Gloria, pero su hija mayor le dio la noticia tratando de encontrar las palabras correctas para explicarle que la tragedia se repetía.

Con el dolor convertido en ira, Gloria regresó a los mismos lugares donde buscaba a su hijo mayor. Volvió a preguntar, esta vez por el segundo de los varones. “¿cómo se le ocurre? No se lleve a mi niño, ni siquiera tiene todas sus facultades mentales. Primero se me llevaron al mayor y ya está muerto, ni siquiera he podido traer su cuerpo”, fue el reclamo aireado de la mujer, quien no terminó de hablar porque el guerrillero de turno le interrumpió: "Pues me llevo a este o me llevo a su hija". Tuvo que escoger, pues tenía cinco hijas más que cuidar.

Con la mirada pegada al suelo y los ojos hinchados de tanto llorar, Gloria de regreso a casa, recordaba los tiempos felices con sus dos varones, cuando Francisco Fabián le prometía a su madre llenarla de amores y regalos, enamorarse y darle muchos nietos, pero a la vez se ahogaba de la angustia al pensar en la suerte de Jesús Mauricio, quien era muy apegado a ella y ni siquiera podría cuidarse solo. Sus días como combatiente estarían contados. ¿Quién sobrevive bajo esa condición especial? “Según dicen, él se había volado varias veces y ahí fue cuando lo desaparecieron. Pero no me han dicho si está vivo o muerto”, cuenta Gloria.

Con su cruz a cuestas, recaudó el dinero necesario, recogió el cuerpo de su hijo Francisco Fabián y lo sepultó en medio de la soledad que da la infamia de quienes juzgan sin ponerse en los zapatos ajenos. Ella y sus hijas lloraron por el muerto y la suerte de Jesús Mauricio. Se miraban buscando consuelo, la palabra correcta y el abrazo sanador del alma. Sobre la tumba, cada uno sembró una planta que se riega con el rocío de la mañana fría.

Mientras aprendía a vivir sin sus hijos y derrotada por los violentos, tomó la decisión en silencio de huir del pueblo para evitar que la guerrilla reclutara a sus hijas. No quería saber nada de esa guerra usurpadora de vidas, que ahora quería las de sus muchachas. Era como si la hubiese preñado y tuviese el derecho legítimo de quitárselas, a ella y a las demás paridoras del campo.

Un frío 12 de marzo de 2008, luego de recibir amenazas de muerte y del envenenamiento de sus gallinas, Gloria se fue a la capital con sus hijas y una pequeña maleta con unos cuantos chiros. Mientras trabajaba en lo que podía, desde restaurantes hasta jardines, cuidando niños o haciendo arepas, recordaba a su hijo Jesús, a quien se lo imaginaba un poco más alto que el fusil que portaba en las filas de las Farc. Soñaba con el momento de poner en la mesa las arepas con quesillo y la leche tibia que tanto le gustaba; estrecharlo contra su vientre en un fuerte abrazo.

Aprendió a defenderse en la selva de cemento, a moverse en el transporte, a identificar las calles y a ‘avisparse’ con el ruido de los pitos, a trabajar en lo que fuera y abrirle las puertas al amor. Conoció todas las oficinas del Estado, pasaba de “ía” en “ía”, de la Defensoría a la Procuraduría, buscando respuestas y contando sus penas a quien quisiera oírla.

El tiempo no ha curado nada, pero le enseñó a seguir viviendo, el deseo de encontrar a su segundo hijo la mantuvo viva, pero también lo hizo el amor por sus hijas que ahora le han dado nietos.

Sus hijas en silencio, vivieron su dolor por la pérdida de sus hermanos y veían cómo perdían cada día un poco de su madre, quien moría con cada lágrima derramada. Pero un 14 de enero de 2015, Gloria amaneció extraña, ya no era solo una mujer sufrida. Ese día el sol brillaba como nunca. Cansada del ruido incesante de la ciudad, decidió volver a su tierra, su casa, sus gallinas y su jardín. Luego tocó varias puertas y saludó a los vecinos: "volví, paisano... ¿hay tinto?".

Gloria regresó al pueblo, pero también a maquillarse, a ponerse 'titina', a salir a la calle con la frente en alto. Decidió no sentirse avergonzada por nada, sabe que los culpables son los violentos y este Estado que no defiende a los hijos. Recupera sus fuerzas y quiere seguir luchando por encontrar a su hijo Jesús Mauricio.

A partir de ese momento no guardaría más silencio ni agacharía más la cabeza por ser madre de dos hijos a quienes los violentos convirtieron en guerrilleros. Empezó a expresar su dolor, a respirar y resistir en medio de los sollozos y múltiples sentimientos que producen las audiencias de Justicia y Paz.

En la sesión del 26 de mayo de 2016, quince años después, les preguntó con claridad a los postulados de las Farc: “¿Dónde está mi chinito? A uno me lo entregaron muerto, ¿el otro, ¿dónde está?”. Ellos bajaron la cabeza, le ofrecieron una disculpa, y ella, con el alma mancillada del dolor, los perdonó. Así son las madres como Gloria, todo se lo dejan a Dios y a su justicia. No hubo verdad, pues nadie dio razón, solo prometieron averiguar.

Ella confía en que el fiscal Nivaldo Jiménez le devolverá su hijo, pues la Unidad de Exhumaciones, luego de esperar quince años, el 27 de julio de 2016, exhumó ocho cuerpos de guerrilleros para retornarlos a sus familiares, entre ellos un menor de edad, de San José de las Hermosas, junto a él, yacían cinco guerrilleros y dos civiles.

Expresar para sanar

Algunos sobrevivieron de la guerra, fueron capturados en combate, detenidos y condenados por rebelión. Otros, por ser menores de edad, ingresaron de inmediato a la ruta de reintegración y se reincorporaron a la sociedad. La Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), hoy Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), tiene un registro de 58.000 personas que se han desmovilizado entre el 2002 y el 2016.

Mientras seguía la búsqueda de su hijo menor, Gloria empezó a estudiar en el Sena, aprendió a tejer y bordar. Hoy en las tertulias que sostiene con conocidos cuando va al pueblo, saca de su bolso las fotografías de sus hijos, de quienes antes les hablaba apenada, para que no los olviden, pues entendió que no hay nada de qué avergonzarse. Ellos fueron víctimas del feroz conflicto armado colombiano.

Las audiencias de versión libre de la Fiscalía les dieron la fuerza para luchar; la Defensoría del Pueblo escuchó sus pesares y ante su liderazgo la eligieron como la representante de los desaparecidos en la mesa de sobrevivientes. Entendió que ante la injusticia la mejor herramienta es levantar la voz, por eso cuenta su historia, reclama por ella y por los que aún guardan silencio; atiende asertivamente a otros y les ayuda a tramitar ante la Fiscalía; conoce el procedimiento y los orienta con paciencia.

En mayo de 2016 la dirección de Análisis y Contexto y la Fiscal 44 delegada ante el Tribunal, atendieron a 744 personas en los tres días de la jornada de víctimas en Roncesvalles. En la asistencia a la diligencia de versión libre se obtuvieron 579 registros de hechos atribuibles a las Farc, contando también a 19 víctimas de desaparición forzada. En esa jornada estuvo Gloria, allí la conocí. Nos miramos y nos contamos nuestras tragedias. Nos une el mismo dolor.

A Gloria no le han dicho del paradero de su hijo Jesús; a mí me dicen que vieron a mi padre Sabulón Durán en el Llano y en México, en Los Naranjos y en La Marina. Él fue secuestrado en 1994 por el frente 21 de las Farc comandado por ‘Calixto’ en el corregimiento Río Manso. Todos aseguran haberlos visto, menos nosotras. Pasaron a ser dos más en el listado de personas que son buscadas a diario con el anhelo de que retornen a la tierra de Roncesvalles.

Nos mantenemos unidas a otras familias de desaparecidos en las audiencias de Justicia y Paz, que han restaurado un poco la credibilidad en las instituciones del Estado, pues la confianza se había perdido totalmente cuando la Fiscalía solo iba al pueblo a capturar a auxiliadores de las Farc. Pero años después volvió a anunciarnos que era hora de intentar encontrarlos entre todos.

Gloria es ejemplo entre los familiares de desaparecidos en Roncesvalles. La mujer que rechazaban por ser madre de dos guerrilleros, es hoy la líder que nos motiva a las mujeres de esta región colombiana a no parar la búsqueda de nuestros seres queridos. Ella es sinónimo de la valentía, fuerza y perdón. Nos ha enseñado que aunque no podemos escoger cuándo dejar de sufrir, sí podemos elegir la forma de sobrevivir.

Con el dolor a cuestas, el mundo sigue su curso. Días incontables de tragedias que finalizaron en el año 2010 cuando empezó el silencio de los fusiles. Volvieron a florecer los jardines y las tapias recuperaron su blanco ceniza; las gallinas están poniendo y las marranas se han echado. La vida campesina se abre paso con la paciencia de quien teje la dulce espera de un nuevo parto.

Gloria ve en sus nietos a Jesús y a Francisco. Yo veo en mi hijo Gabriel a mi padre. Cuando eso ocurre se llena por un instante el vacío que nos dejó la guerra. Pero solo un instante porque recordamos que debemos seguirlos buscando.

Pero es la hora de creer. Soñamos con restaurarles sus nombres y perdonar. Son las bondades de la paz que no aprecian en las grandes ciudades, sordos por el ruido que los ahoga en medio de goles y reinados y no les permiten ver más allá de sus peajes. Cada quien pagó sus cuotas al conflicto: unos con sangre y dolor, otros con impuestos y la ignominia soberbia que no les deja abrir sus bocas para pronunciar un “gracias” por el fin de la guerra con las Farc.

En un taller realizado el 15 de Julio de 2017 en la ciudad de Bogotá, Consejo de Redacción me dio la oportunidad de dialogar con Victoria Sandino, quien estuvo en las filas guerrilleras operando en el sur del Tolima, pero como acto voluntario, hizo parte de la delegación de paz de las Farc en la Habana.

Le conté que La fiscalía devolvió algunos guerrilleros muertos a sus deudos y que buscamos otros. Le recordé a mis primas Rosabel y Erika, quienes enamoradas de la revolución armada, ingresaron a las Farc; le hablé de Mercy, quien pagó su condena por rebelión, y de mi padre, hoy desaparecido. Victoria no supo responder todas mis preguntas, pero ofreció un sincero perdón y recordó a sus muertos sepultados en el monte. Prometió ayudar en su búsqueda para darles sepultura.

Cada uno de los desaparecidos es una historia sin fin, que se reescribe con recuerdos. Son enciclopedias completas de lucha y resiliencia; de colores, fustas, botas machita y olor a menticol,; carriel, poncho y el dulce tabaco montañero. Todo nos huele a ellos, nos conecta y reivindica con el derecho a defender la paz, como nuestro bien más sagrado y atesorarlo para las nuevas generaciones.

Al igual que Gloria, seguiremos buscando sin parar y sin rencor, devolviendo los muertos ajenos y esperando los propios, porque la guerra con las Farc ha terminado.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta historia fue publicada originalmente en A la luz pública.