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Sábado, 12 Agosto 2017

La resistencia femenina en Barrancabermeja

Por Myriam Bautista

En un espacio machista y en donde predominan los varones, las mujeres que forjaron la Organización Femenina Popular, OFP, se ganaron un sitio de privilegio en el que se dialoga y discute con ellas con respeto y admirando sus acciones. Es el mejor ejemplo de una agrupación feminista que no solo es femenina.

Nacieron como un Club de Amas de Casa, por allá en los años setenta, con la bendición y auspicio de la pastoral social de la Iglesia Católica. Sus maridos, los “verracos” santandereanos, no les armaron tropel. Con el paso de los años y ya sin la férula de los curas, muchos de los “guapos” esposos elevaron la voz al comienzo, pero por los favores recibidos para todo el núcleo familiar, la bajaron y se convirtieron en cómplices de la Organización Femenina Popular, OFP, ya que socios no pueden ser.

Organización mítica y emblemática dentro de los movimientos sociales de Colombia por haber nacido en el más importante y beligerante puerto petrolero: Barrancabermeja; por haber resistido al embate de grupos de ultraderecha, de extrema izquierda, de sectores institucionales armados y desarmados y, a la toma del paramilitarismo a finales de los años 90 y comienzos de la década del 2000.

Pero, sobre todo, por ser un grupo que reúne mujeres de estratos uno y dos, muchas de las cuales llegan sin saber leer ni escribir, sin tener ninguna idea sobre las agremiaciones y sin que la socialización haya sido una de sus competencias y, con el correr de los años, algunas se hacen liderezas, casi todas adquieren confianza en sí mismas y se vuelven referentes en su comunidad y en su familia. Pasan de la nada al todo.

Hoy, 45 años después de ese recordado 20 de julio de 1972, cuando un grueso porcentaje de sus actuales 1.600 socias, no había siquiera nacido, la totalidad de mujeres entrevistadas, una veintena, declara que su vida cambió gracias a esa Organización que les dio la posibilidad de salir de las cocinas de sus humildes viviendas, traspasar la puerta de su casa para ir a reuniones periódicas en las que siempre aprenden algo.

En donde se conocen mejor y conversan con las vecinas sobre la situación del país y de su comunidad; en las que se ríe un poquito, se sufre otro poco y siempre se canta el himno que escribieron entre todas y al que nunca le pusieron música.

Sin que medie ocasión especial este himno se entona con el ritmo que imponga la que tenga mejor voz y cante más duro. Lo que más se oye es su estribillo que dice: Compañera despierta, despierta compañera a la conquista de tus derechos. Para muchas de ellas tiene el mismo significado que la Internacional Comunista para los obreros de izquierda del mundo entero.

Se hace camino

Los sacerdotes Floresmiro López, Nel Beltrán y Eduardo Díaz, de la parroquia del Señor de los Milagros, comprometidos con la Teología de la Liberación, les propusieron a un grupo de barranqueñas, ante el deterioro de la situación económica, organizarse para aprender algún oficio que pudiera volverse fuente de ingreso para aumentar sus magros presupuestos y, cómo no, para propiciar lugares de encuentros en los que las mujeres, sobre todo casadas y con hijos, pudieran contarse sus problemas, porque carecían de un espacio físico donde compartir con sus vecinas. Ellas, por su puesto, dijeron que sí.

En Barrancabermeja, como en casi todas las poblaciones del país, la gran mayoría de mujeres tenían tres opciones de vida: ser solidarias monjas, abatidas amas de casa o prósperas prostitutas. Para saber más sobre la vida y milagros de las trabajadoras sexuales de Barranca, leer la novela “La Novia Oscura” de Laura Restrepo.

En los Clubes de Amas de Casa la gran mayoría de asociadas confesó que no optaba por ninguna de esas opciones de vida. Sabían que su apuesta era complicada, pero se la jugaron. Muchas ganaron.

El cura Floresmiro López les propuso a algunas, a finales de los años setenta, entre ellas a Yolanda Becerra (ver recuadro), transformar esos Clubes en una organización de base de las tantas que las rodeaban como la Unión Sindicables Obrera, USO, que desde el comienzo fue su espejo, pero también su hermana en tantas y tantas luchas que han librado hombro con hombro.

La USO ha sido uno de los sindicatos más combativos y aunque tiene en sus filas algunas afiliadas mujeres, el grueso de su base son los obreros de Ecopetrol. A diferencia de otras organizaciones sindicales no han tenido nunca una dirección de mujeres o un espacio similar, tal vez por ello, han visto a la OFP como una hermana de sangre a la que cuidan y quieren.

En esas estaban

La OFP centró su trabajo en ofrecerles a las mujeres de Barrancabermeja, Puerto Berrío, San Pablo, Cantagallo y otras poblaciones de Santander del Sur y del Sur de Bolívar la posibilidad de alfabetizarse, de debatir sobre el embarazo de las adolescentes, el machismo y patriarcalismo de la región y sobre la construcción de alternativas laborales diferentes a la prostitución.

Esos temas eran atractivos para decenas de jóvenes y no tan jóvenes que oían a sus liderezas embelesadas. Nadie nunca les había hablado así. Por eso fueron crecieron como la espuma del contaminado río Magdalena y tuvieron que crear en los barrios populares de Barranca y en las poblaciones a donde llegaban, Casas de la Mujer que llenaban de afiches, carteleras con frases alusivas a la situación de las mujeres en la región o de mujeres “bravas” como la comunera Manuela Beltrán.

Estas casas pronto se convirtieron en espacios de encuentro no solo para las mujeres sino para su núcleo familiar porque la mayoría llegaba con sus hijos y hasta con maridos, novios y pretendientes. En los años noventa comenzaron a darse los desplazamientos internos que obligaron a replantear el mandato de la Organización.

Crearon las ollas comunitarias que hoy recuerdan con cariño más de dos generaciones. Eran grandes recipientes en donde se cocinaban sustanciosos sancochos, que quién lo creyera, se consumían bajo los 32 grados, temperatura promedio en esa tierra caliente, sin dejar ni una sola gota.

Para muchas familias ese sancocho era la única comida del día y para todas, el momento y sitio privilegiados para contarse en confianza y sin sospechar del interlocutor, lo que había pasado en su pueblo, en su vereda, las opciones de trabajo que se les presentaban, las diligencias que se tenían que hacer para acceder a servicios de salud, a un cupo en la escuela, en fin, el único lugar seguro para conversar sobre un futuro que se vislumbraba tan azaroso e incierto como su vida.

Fueron años en los que arreció la violencia paramilitar y en Barrancabermeja, como en muchas poblaciones del país, esa presencia se hizo avasalladora.

Crearon esos hombres de negro, armados hasta los dientes, manuales de convivencia: los jóvenes no podían llevar el pelo largo, porque los rapaban; ni aretes en las orejas, porque se las cortaban. Las mujeres acusadas de lesbianas o de organizadoras de las comunidades, eran llamadas y conminadas perentoriamente para que se fueran de la ciudad.

Establecieron muchas reglas que ellos mismos no cumplían, pero que propagaban para que su poder se sintiera hasta en el ámbito familiar y social.

Se tomaron las casas, sobre todo, las del Barrio Néstor Acuña, en Barranca, construido por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, Anuc. Llegaban y les decían a los propietarios: ustedes se tienen que ir. Muchos de ellos entregaron las llaves y fueron a las notarías a pasarles las escrituras.

La OFP instauró, por este despojo, múltiples denuncias ante la Fiscalía, así como por el asesinato de varias personas y la desaparición de otras. No les creían. Las hacían llenar formularios y aportar pruebas para ellas imposible de allegar. Se convirtieron en expertas rescatadoras de los cuerpos sin vida que bajaban por el río. Y las Casas de Mujer en el lugar de refugio y acogida de muchos perseguidos.

La OFP considerada por los paramilitares como una agrupación de peligro, de extrema izquierda, fue atacada. Esperanza Amaris y Yamile Agudelo, dos liderezas sociales y Diafanol Sierra Vargas, uno de los colaboradores más asiduos, fueron asesinados. Una de las Casas de la Mujer fue destruida a punta de porra, pica y pala, por más de cuarenta hombres que no dejaron sino un pedazo de tubo, en una acción que duró más de seis horas, en una noche de ingrata recordación, en la que los vecinos rogaban que amaneciera porque estaba seguros que seguirían con sus viviendas.

A otra de las Casas de la Mujer en Barranca llegaron dos hombres que decían cumplir órdenes de El Gato y les dijeron a las mujeres que volverían en tres horas, necesitaban que se llevaran sus cosas y que les entregaran las llaves: convertirían esa casa en uno de sus comandos.

Las mujeres amenazadas lograron reunir unas veinte familias, alrededor de 80 personas, en esas dos horas que les fijaron para hacer el trasteo. Todo a punta de teléfono. Cuando llegaron los paras les dijeron que de ahí no se movían y que no les iban a entregar las llaves. Los hombres quedaron desconcertados y partieron por donde habían llegado a contarle a su jefe que las mujeres ya no estaban solas sino con todas sus familias y que no se iban a mover de ahí. No volvieron.

Iconos y símbolos

Corría el año de 1998 y estaban cerrando Barranca como si fuera una herradura. Los paras la vigilaban día y noche. Otros llegaron a Puerto Berrio. Se presentaron con la masacre del 16 de mayo. Asesinaron siete personas y desaparecieron veinticinco más.

A esta toma paramilitar, a sangre y fuego, las mujeres de las OFP respondieron con imaginación y echando mano de la simbología para esconder el miedo que se colaba por todas las rendijas de sus casas, de las de la organización y por todo su cuerpo.

Confeccionaron unas batas negras de algodón que hicieron su vestido para las marchas y manifestaciones. También las que utilizaban en los plantones que hicieron muchas veces alrededor de féretros vacíos cada vez que tenían noticia de que una compañera o un compañero había sido asesinado.

Los vecinos les daban a las mujeres de las OFP el pésame como si ellas fueran las madres, esposas, hermanas o parientes del asesinado.

Convirtieron, también, las llaves en el símbolo de la resistencia y se las colgaban alrededor del cuello o del techo de sus casas, con sus nombres, para que quedará muy claro que esos espacios eran propiedad privada y que sus dueñas eran mujeres.

Compraban a diario flores amarillas que oponían a las armas de los agresores, como la señal de su lucha por la vida, por la alegría en medio de la tragedia.

Tejían con cintas de colores cadenas de cuatro a cinco cuadras para demostrar la unidad y para conversar mientras hacían esas figuras diversas, para espantar el terror en que vivían.

Esa simbología aumentó su prestigio y, en muchos casos, impidió la desbandada que se dio en todas las organizaciones. No solo hubo éxodo de personas, porque muchas cambiaron de residencia, sino el que se dio porque las mujeres optaron por abandonar la Organización, considerando que, si se quedaban haciendo parte de ella, su vida corría más peligro. De 7.000 socias quedaron reducidas a setecientas. Hoy ya han recuperado a muchas y son 1.416 las asociadas.

De todos modos, esos años de violencia las resquebrajo al interior de la organización y en su relación con otras organizaciones. Han tenido que probar, comprobar y remarcar que fueron violentadas. Más de un centenar de razones han encontrado, para que las reconozcan como víctimas del conflicto y sujetas a reparación. Condición que para muchas organizaciones de base equivale a claudicación o a entregarse al establecimiento. Ellas acostumbradas a no rendir cuentas han seguido adelante y hoy son emuladas por algunas de las organizaciones que las atacaron.

Su gran proyecto es construir en el segundo piso de su sede principal un Museo de la Memoria para que esos años no se olviden, para que el recuerdo de las víctimas sea permanente y para que se exhiban todos esos símbolos que las hicieron resistentes y visibles, por lo que lograron salvar sus vidas.

El trabajo actual con las mujeres se enfoca en pequeñas unidades productivas, como huertas caseras en los patios de sus casas o pequeños galpones con treinta aves que ocupan ese tiempo muerto, por esas tierras hirvientes, de mujeres y hombres que tienen poquísimas fuentes de trabajo y sirve hasta para que los jóvenes se alejan de los televisores y de toda clase de malos hábitos en lugares donde la sana recreación ha sido desterrada.

No hay una sala de cine ni menos un teatro ni tampoco canchas de fútbol o basquetbol. El tedio asecha y estrecha la vida.

Histórica y resiliente directora

Yolanda Becerra es la mayor de un hogar de siete hijos. Su padre era dueño de unos chircales donde se hacen ladrillos. Con el cura Floresmiro, en la vereda los Comuneros, crearon la primera escuela del lugar. La sede fue su casa. Se la pidieron prestada por tres meses y duraron dos años.

De día de su casa solo quedaban iguales las alcobas. La sala y el comedor desaparecían para darle cabida a niñas y niños que alborotaban y aprendían. Quedo huérfana de papá siendo muy joven.

Al terminar su bachillerato en el colegio público Camilo Torres, le tocó buscar trabajo. Eduardo Díaz, otro sacerdote, la postuló, como a otras compañeras, para ocupar el cargo de secretaria en la Pastoral Social y ella fue la elegida.

En ese tejido social que se urdía entre la iglesia, los sindicatos y la parroquia se plantearon varios proyectos para ayudar a las comunidades campesinas. No duró dos años como secretaria cuando Yolanda pidió que la reemplazarán.

“Me di cuenta que no servía. No me sentía realizada. Me quedaba en la oficina, escribiendo partidas de bautizo, de defunción y actas de matrimonio, mientras todo el mundo se iba a hacer trabajo de campo. Y eso era lo que quería. Me dieron la oportunidad de entrar al área de formación de la OFP. Entré a apoyar grupos juveniles y hasta el día de hoy. No entendía mucho el papel de las mujeres en la organización. Iba a los encuentros femeninos, pero siempre con resistencia, en la medida en que fui entendiendo, mi papel fue más destacado. Me volví feminista de tanto oír y ver lo mal que la pasaban la gran mayoría de las mujeres que llegaban a la OFP”, cuenta.

En 1986, cuando se inicia el proceso de autonomía, promovida por la misma iglesia, para que la OFP se convirtiera en una agremiación independiente, el papel de Yolanda tomó fuerza y su liderazgo se consolidó.Desde esa época ha sido la Directora General, con algunos períodos de receso, aunque no muy largos. “Me di cuenta, en esa oportunidad, que la autonomía no tenía precio. Que no queríamos ser de nadie. No necesitábamos más dueños. Nos coquetearon desde diversos sectores del espectro político. A todos les dijimos que no”, enfatiza Becerra.

Vendrían años de trabajo, de crecimiento, de viajes al exterior contando su experiencia y continuando, de manera simultánea, su labor por llevar un poquito de bienestar para esas mujeres que creyeron y confiaron en ella.

Pero cuando los paramilitares coparon Barrancabermeja, vivieron problemas graves. “Fuimos las mujeres de la OFP las que hicimos más resistencia. Un compañero nos dijo en una reunión que en esos tiempos los hombres nos metíamos debajo de las naguas de las mujeres”.

Las cinco casas de la mujer se volvieron casas de acogidas, en donde se daba comida, ropa, primeros auxilios de salud. Era un ejercicio humanitario las 24 horas. Hicimos parte de una Coordinadora Departamental para hacer acompañamiento con distintas organizaciones, sindicatos, listas de acompañamiento, gracias a las que se salvaron muchas vidas.

Con lágrimas en los ojos y muy perturbada, Becerra habla sobre esa etapa. “Pasamos por la tortura, por la violación, por el destierro, las amenazas, por el desprestigio. Nos señalaron que éramos de las guerrillas. Que nosotras no hacíamos lo que decíamos. Que inflábamos el número de mujeres que atendíamos, los almuerzos que se vendían en las distintas Casas de la Mujer. Que inventábamos las denuncias, las amenazas. Nos preguntaban: ¿Por qué las persiguen? Si ustedes lo que hacían era comida. Si ustedes lo que hacían era la olla comunitaria. Demostramos que el conflicto si nos impactó porque teníamos un proyecto político social. Un proceso muy doloroso. Nos señalaban en las audiencias. Hasta nos acusaron de haber hecho trato con los paramilitares. Acusaciones similares a las que le hicieron al Padre Francisco De Roux, en su trabajo en el Magdalena Medio. En el 2007 entraron a mi apartamento y me conminaron a abandonar la zona. A los tres días estaba organizando una marcha. Entonces, cogieron a una de mis hermanas y le dijeron que si no me iba acabarían con la familia. No fui capaz de seguir. Tampoco de irme en el exilio. A lo más lejos que llegué fue a Bucaramanga. Casi todas las dirigentes nos enfermamos de cáncer. Unos más leves que otros. Nos gastamos en esta lucha todos nuestros cartuchos. La cooperación internacional comenzó a cambiar, a irse del país, acá quedaron solo dos organizaciones internacionales apoyándonos, porque con la desmovilización de los paramilitares y ahora con la firma de los acuerdos con las Farc se supone que ya no tenemos agentes violentos que nos hagan la vida difícil. Hoy sabemos que no nos equivocamos. Que esa acusación de que nos habíamos vendido a la institucionalidad, no tiene sentido. Tomamos una decisión estratégica. Somos víctimas del conflicto armado. Hemos ganado confianza de nuevo. Seguimos proyectando la organización. Así como en la resistencia las mujeres fuimos las más creíbles, hoy venimos trabajando en reconstruir la memoria de unos años duros y violentos”.

No es aventurado afirmar que, en cada ciudad de Colombia, pueblo, vereda, vive una Yolanda Becerra, que se levanta todos los días con el propósito de ayudar a su comunidad o algún miembro de ella en particular porque esa es su razón de ser, de existir. Gracias a esas mujeres valerosas es por las que sobrevive este país tan fracturado y violentado.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta historia fue publicada originalmente en Colombiacheck.
Miércoles, 07 Marzo 2018

Los obstáculos a los que se enfrenta la bancada de mujeres

Por Camila Osorio

La rama legislativa colombiana sigue sin cumplir las cuotas mínimas de participación de las mujeres. Estas elecciones no son la excepción. La agenda de género tampoco ha estado dentro de sus prioridades. Análisis.

El saliente Congreso que se renueva el próximo 11 de marzo sigue en deuda con la inclusión de las mujeres en la política. También con una agenda de equidad. De 268 parlamentarios electos en el 2014, tan solo el 20% fueron mujeres, lejos de cumplir con el 30% al que aspira la ley de Cuotas que rige en el país desde el 2000.

A esta falta de participación de las mujeres, se suma que de las 56 congresistas, al menos 14 no buscarán su reelección para el período 2018-2022. Entre las más conocidas están Claudia López (Alianza Verde) y Viviane Morales (antes partido Liberal, ahora por el partido Somos), que decidieron lanzarse a la vicepresidencia y presidencia, respectivamente, y Thania Vega (Centro Democrático), quien cedió su postulación a su esposo, el coronel Alfonso Plazas Vega, absuelto por la Corte Suprema por la desaparición de dos personas en la retoma del Palacio de Justicia.

Esta investigación revisó lo que hizo el saliente Congreso para tramitar leyes e iniciativas que le dieran un vuelco a la discriminación contra las mujeres y les garantizara un mayor acceso a la política y a cargos públicos. De igual forma, verificó e identificó el rol que tuvieron las congresistas en los debates más álgidos que vivió el país en los últimos cuatro años.

También se revisaron las listas de aspirantes al nuevo Congreso para constatar si los partidos políticos cumplieron con la ley de Cuotas. Este es el resultado.

Las listas, al límite

El panorama de participación de las mujeres en el próximo Congreso no es alentador. Como ha sido la costumbre, la mayoría de partidos tratan de cumplir con el mínimo de cuotas en sus listas, pero no son una prioridad.

Según datos de la Misión de Observación Electoral -MOE- publicados en El Tiempo, de los 2.730 candidatos inscritos, 943 son mujeres, lo que representa un 34.5%. Pero solo el MIRA y el Partido de La U, sobrepasan ese porcentaje cuando se analiza su lista a Senado, mientras que el resto tienen en sus listas el 30% obligatorio de mujeres (Polo, Centro Democrático, Alianza Verde, Farc, Partido Liberal y Conservador).

En su lista al Senado, el partido de La U incluyó mujeres en un 50%, aunque la mayoría de ellas no son cabeza de lista (a excepción de la senadora Maritza Martínez). La lista del MIRA, que ha sido reconocido en elecciones pasadas como el partido más incluyente, este año tiene el 60% de mujeres.

Pocos consensos

Ser mujer no garantiza que se trabaje en una agenda género ni en conjunto con la bancada de mujeres. Al revisar el trabajo de las congresistas en los últimos cuatro años se evidencia que llegaron con propuestas radicalmente distintas y hubo pocos proyectos que lograron unirse. Sin embargo, en lo que sí coinciden es en la necesidad de una mayor participación política para ellas.

La bancada de mujeres defendió de forma conjunta tres propuestas que podrían facilitar el acceso a cargos políticos. La más importante exigía a los partidos que aumentaran el número de mujeres en sus listas: 40% para las elecciones de 2022 y 50% para las de 2026.

Beatriz Quintero, de la Red Nacional de Mujeres, que apoya a la bancada con proyectos de ley relacionados con el tema de género, afirma que, en el papel, todos los congresistas se comprometieron con esta agenda, pero a la hora de las votaciones la realidad fue otra. “Ningún hombre fue capaz de decir no a la paridad, pero luego se ausentaron en la votación”, agregó.

El proyecto arrancó en el Senado con el apoyo de todas las congresistas y logró ser aprobado en primer debate. “Pero en el momento de las votaciones, a algunos hombres les costó apoyarla,” dijo la representante por el Partido Liberal, Clara Rojas.

La iniciativa tuvo otro traspiés cuando se sumó al debate de la reforma política, que terminó hundiéndose en la última legislatura. “Las mujeres del Centro Democrático se oponían a toda la reforma del Gobierno, entonces no votaron,” añadió Rojas.

La bancada de mujeres también apoyó un proyecto para que fueran obligatorias las comisiones especiales para la mujer en concejos y asambleas (aún no aprobado); otro que proponía crear un Ministerio para la Mujer (archivado) y, apoyó la iniciativa para crear la Dirección de Mujer Rural en el Ministerio de Agricultura, aunque el Gobierno se demoró en nombrar a una directora, como lo denunció entonces la senadora Claudia López en audiencias públicas.

Viviane Morales, la polarizadora

A la falta de equidad de género en el poder político, se suma que la bancada de mujeres sufrió de la misma polarización que vive el país por cuenta del proceso de paz con las FARC. En especial, por dos hechos políticos: la campaña por el NO al plebiscito para el acuerdo de paz y la llamada ideología de género, fundamental para que los colombianos no refrendaran el primer acuerdo que firmó la guerrilla y el gobierno de Juan Manuel Santos.

En el centro del debate estuvo la senadora por el partido Liberal, Viviane Morales. Ella fue la creadora del proyecto para realizar un referendo que buscaba impedir la adopción de niños a las parejas homosexuales y a madres solteras. El proyecto, que finalmente se hundió, no sólo dividió al país sino también al grupo de congresistas.

“Morales fue de las mujeres que lideró la iniciativa de Ley de Cuotas al Congreso hace muchos años,” dijo Angélica Bernal, profesora de Ciencia Política en la Universidad Tadeo Lozano. “Incluso cuando llegó a la Fiscalía, fue celebrada por ser la primera mujer”. Las organizaciones de mujeres también celebraron sus esfuerzos por investigar crímenes sexuales; así como cuando, en 2011, se opuso a lo que se denominó “populismo punitivo” en el proyecto de la senadora Gilma Jiménez, que proponía cadena perpetua a violadores de niños. “Era vista como una política progresista, hasta que llegó el referendo de adopción,” dijo Bernal.

Esta propuesta no sólo dividió a la bancada de mujeres, sino que alejó a las organizaciones de mujeres que trabajan con las congresistas y que han sido fundamentales para crear proyectos a favor de la equidad de género. “Indudablemente, sus posiciones sobre las parejas del mismo sexo y la ideología de género alejaron a las activistas,” dijo Beatriz Quintero, de la Red Nacional de Mujeres.

El proyecto logró llegar a la Cámara para su tercer debate, pero finalmente se hundió cuando la representante Angélica Lozano logró el apoyo de sus colegas. “Por muchos meses hice sondeos a la posición de cada uno en mi comisión y fortalecí mi relación con ellos discutiendo otros proyectos. En esto funciona mucho el colegaje”, dijo Lozano.

Todo este debate dejó al descubierto las distintas posiciones de género en la bancada de parlamentarias y en el Congreso. Cuando se trata de temas LGBTI, “hubo muy poca iniciativa,” dijo Marcela Sánchez, directora de Colombia Diversa. Sánchez calificó el Congreso como un espacio que “no es seguro” para este tipo de iniciativas que confrontan al país conservador con las minorías.

“En el Congreso, si se trata de iniciativas sobre mujeres que no reten la idea de familia tradicional de papá y mamá, se pueden pasar. Pero si lo enfrentan, no pasa. El Congreso es conservador y dogmático,” dijo la representante de la Alianza Verde, Ángela María Robledo.

Una agenda tradicional

Otros proyectos que fueron presentados al Congreso y que proponían mejorar las condiciones y derechos de las madres colombianas consiguieron más fácilmente el apoyo de la mayoría de las bancadas.

La senadora Clara Rojas, del Partido Liberal, logró que se aprobara la creación de salas amigas para las mujeres lactantes en entidades privadas y públicas. Ahora quiere que se apruebe otra iniciativa que refuerce los derechos de las mujeres durante el parto.

“Espero que ayude a las mujeres en zonas apartadas que rechazan la medicina como la conocemos nosotros, y puedan ser acompañadas por parteras si lo desean. Eso ayuda a que las mujeres accedan al sistema”, explicó Rojas. “Yo tuve mi hijo en la selva y por eso soy sensible a este tema”, agregó.

El Congreso también aprobó la iniciativa para aumentar cuatro semanas la licencia de maternidad, presentada por la representante del CD, Tatiana Cabello, y un proyecto que establece nuevos lineamientos laborales para las madres comunitarias que trabajan con el ICBF, presentado por el MIRA, pero que fue objetado por la Presidencia.

Otras propuestas que tuvieron apoyo tienen que ver con los derechos económicos de las mujeres. El congresista Mauricio Lizcano y el partido de La U impulsaron la reducción del número de semanas a cotizar para que las mujeres se pensionen más rápido (luego objetado por Presidencia argumentando una falta de sostenibilidad financiera), y las representantes del Partido Verde Angélica Lozano y Ángela María Robledo lograron que se aprobara el proyecto que reconoce el derecho de las trabajadoras domésticas a una prima de servicios.

El partido MIRA, por su parte, propuso prohibir las pruebas de embarazo como requisito para una entrevista laboral, y estabilidad laboral para las mujeres embarazadas con contratos de prestación de servicios. Y, la senadora de La U, Maritza Martínez, logró evitar que en la reforma tributaria se grabaran las toallas higiénicas y tampones con un 19 por ciento (quedó en 5 por ciento). “Todas las mujeres de la bancada me acompañaron,” aseguró Martínez.

Más populismo punitivo y menos política educativa

La senadora del Partido Verde, Gilma Jiménez, quien llegó al Senado en 2010 con una de las mayores votaciones que ha tenido una mujer, contaba con el apoyo de miles de personas que respaldaron su propuesta de hacer un referendo para imponer cadena perpetua a violadores de niños.

Jiménez no logró que se aprobara su iniciativa (falleció en 2013) pero dejó en el Congreso lo que se conoce como ´populismo punitivo´, el cual privilegia el castigo sobre otras formas de prevención del delito. Este enfoque sigue ganando adeptos cuando se trata de violencia sexual, incluyendo en la bancada actual de mujeres.

La senadora de La U, Maritza Martínez, por ejemplo, propuso la castración química para los violadores de menores. “Presenté ese proyecto escéptica, pero fue aprobado en la Comisión Primera de Senado rápidamente,” contó. Otro proyecto de su autoría, que buscaba imponer sanciones no penales a padres que no cumplan a tiempo con las cuotas alimentarias, avanzó pero con mayor lentitud.

Los ejemplos de proyectos que privilegian la mano dura son múltiples. Desde el partido Conservador, la senadora Nadya Blel propuso inhabilitar políticamente a quienes hayan cometido delitos sexuales contra menores. Un proyecto que impulsó el MIRA aumentó las penas a aquellos que atacan a las mujeres con ácido. La senadora del Centro Democrático, María del Rosario Guerra, intentó que se prohibiera la maternidad subrogada con fines de lucro. Y, finalmente, desde el Partido Liberal, la representante Clara Rojas buscó penalizar a los hombres que pagan por prostitución.

En el tema de violencia sexual, que es un problema recurrente que enfrentan las mujeres, las soluciones son difíciles de aplicar y por eso no es fácil conseguir un apoyo diferente al de la línea dura. Pero más penas no implica, necesariamente, menos crímenes, coinciden los expertos en seguridad, sobre todo si no hay institucionalidad que haga cumplir nuevas normas.

La bancada de mujeres que llegue al Congreso este año traerá caras conocidas y otras nuevas. Pero tanto las primíparas como las que repitan, ya sea que busquen más poder político o repensar el rol de la mujer en la sociedad colombiana, se encontrarán con un muro.

* Camila Osorio: Politóloga, periodista y miembro del equipo editorial de la revista The New Yorker.