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Viernes, 11 Agosto 2017

Maternidad condicionada

Por Alexandra Gómez

Si bien la Ley de Amnistía se aplica por igual a hombres y mujeres, no fue pensada desde el enfoque de género, razón por la cual las madres exguerrilleras privadas de la libertad y sus hijos pequeños, sufren las consecuencias.

Farley y Carmelita llegaron al mundo abrigados por arrullos, caricias, besos dulces y melosos que irrumpieron en la hostilidad de las cárceles, donde sus madres, Deisy y Mayerly, pagaban condenas por pertenecer a las Farc.

Ellas decidieron entrar a la guerra siendo aún adolescentes y, al igual que Edna, por años resistieron y sobrevivieron a los ataques “enemigos”. Aprendieron a ser madres mientras estaban privadas de la libertad y ahora, tras la implementación de la Ley de Amnistía, gozan del beneficio de libertad condicionada. Hoy sus bebés, junto a la recién nacida Salomé, pasarán sus primeros años de vida en el campamento Libertad Simón Trinidad, entre las montañas de Mesetas en el departamento del Meta.

El campamento Libertad Simón Trinidad fue diseñado para albergar a 700 excombatientes de las Farc excarcelados y beneficiados con libertad condicionada. A la fecha, hay 417 hombres y 32 mujeres que cometieron delitos de guerra o de lesa humanidad y que no han cumplido cinco años de privación efectiva de la libertad.

Para permanecer en este lugar debieron suscribir un compromiso de presentarse ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) que empezará a operar el año entrante. Así podrán resolver su situación jurídica y aportar al Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición, previsto en el Acuerdo de La Habana.

Aunque el Acuerdo Final de Paz tuvo la histórica participación de una subcomisión de género, integrada por mujeres del Gobierno y Farc, que incluyó la perspectiva de género en los seis puntos del documento, esta Ley de Amnistía que debía garantizar la libertad inmediata de todos los excombatientes, no tuvo en cuenta las particularidades de la situación de las mujeres con hijos que están privadas de la libertad.

Las historias de estas tres mujeres, las únicas con hijos menores de edad que pasan sus días en este campamento transitorio, retratan cómo “las decisiones judiciales reproducen las situaciones históricas de desigualdad de las mujeres, bajo el presupuesto básico de que el derecho es neutral, tiene respuesta para todo y es completo”, según llama la atención la abogada, Isabel Agatón Santander, promotora de la Ley Rosa Elvira Cely contra el feminicidio.

El camino hacia el campamento Libertad

A seis horas de Bogotá, pasando por Villavicencio, se llega a Mesetas. Es un pequeño y cálido pueblo de 3.500 habitantes en la cabecera municipal; su calle principal está inundada por la venta de arepas, papas rellenas, empanadas y chorizos; y los domingos por la noche, las discotecas encienden las luces de neón y compiten con el volumen de los equipos para atraer a los clientes.

Desde marzo, un bus del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, Inpec, hace parte de la vida cotidiana del parque principal. Allí se le ve parqueado, a la espera de los miembros de las Farc que llegan de todo el país beneficiados por la Ley de Amnistía. Desde el parque deberán recorrer algo más de una hora por trocha para encontrar la Zona Veredal Mariana Páez, la más grande del país que alberga cerca de 500 excombatientes. Un kilómetro más allá está el Campamento Libertad.

Mientras el sol se esconde sólo queda la lluvia y el barro. Los lugareños insisten “en que dejará de llover por ahí en noviembre”. La carretera que conduce del casco urbano hacia la zona veredal, empieza en una trocha empedrada en mal estado. Cada tanto se observan cantinas de leche en las puertas de las fincas y el intenso olor de urea del ganado se disuelve en el húmedo ambiente.

Después de media hora por el camino pedregoso, la carretera cambia poco antes de llegar a la Vereda La Florida. La capa de tierra aparece desnuda, gredosa, es como un retén natural para impedir el tránsito. A medida que se avanza, los motores de los carros aumentan su potencia para no quedarse enterrados.

En el caserío La Florida aparecen vehículos distintivos del Inpec, de la ONU, del Mecanismo de Monitoreo y Verificación y una ambulancia. Es el aviso de que la zona veredal está cerca, faltan quince minutos, pero el barro no da paso, hay que llegar caminando.

Con el acto protocolario de la dejación de armas del 27 de junio pasado y la llegada de más de 300 invitados, la carretera empeoró y los campesinos de la zona se quejan porque el carro lechero ya no sube y ellos dependen económicamente de la venta de ese producto.

La zona veredal Mariana Páez es aún un punto de preagrupamiento, en ocho hectáreas se ven las viviendas de los excombatientes en plásticos y lona verde. La construcción de los campamentos, a julio, solo había avanzado el 5%.

Después de varias curvas se llega al campamento Libertad, donde viven Deisy, Edna y esperan a Mayerly. De este difícil camino depende que Salomé, Farley y Carmencita puedan recibir atención médica y sus kits de aseo, de manera adecuada.

La niña rubia del campamento

“Cuando nació y me la mostraron y yo vi a Carmencita ¡eso fue muy lindo! Que mire que es una niña, ver la carita y esos cacheticos todos rosaditos. Yo les decía, muéstrenme bien la vaginita para saber si es una niña, y se me salieron las lágrimas. ¡Es una experiencia bien bonita! pero también quedé con un frío horrible del hospital. Dormí esa noche y al otro día regresé a la cárcel”. Así recuerda Deisy la llegada de su hija.

Ella logró recibir atención prenatal en la cárcel de Montería gracias a una visita de la Personería al centro carcelario, porque allí sólo tienen acceso a un médico general. Faltando apenas cinco días para el parto fue trasladada a un patio especial donde convivía con otras madres en cuatro cuartos. Por ocho días soportó los dolores de parto y tuvo que ser sometida a una cesárea: la bebé estaba envuelta en el cordón umbilical.

“La detención domiciliaria la pedí cuando la bebé tenía cinco meses de nacida, el juez me la denegó diciendo que yo era un peligro bien berraco para la sociedad, que era reincidente, que ya había violado una detención domiciliaria. Ese juez era Fredy Padilla, del Bagre Antioquia. Me cuentan que, con el tiempo, fue condenado a siete años de cárcel por corrupción”, exclama indignada Deisy.

Deisy inició los trámites para ser beneficiada por la Ley de Amnistía en febrero, y en mayo Carmencita cumplió tres años, la edad límite permitida para la permanencia de los niños en la cárcel. Pese a que su libertad condicionada ya estaba en trámite en el Juzgado de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad de Montería, el Inpec, a través del Instituto de Bienestar Familiar empezó a gestionar para que la niña saliera de la cárcel.

Deisy soportó la presión durante varias semanas hasta junio, cuando recibió la libertad condicionada. El Inpec se opuso a garantizar el traslado de la niña hasta la zona veredal y Carmencita tuvo que ser llevada hasta el campamento Libertad por un familiar.

“¡Carmencita tiene unos crespos más lindos y es terrible!”. Así la describe su familia ampliada en el campamento, por lo inquieta y audaz. Su presencia ha cambiado la vida en este lugar, acompaña a su mamá a las reuniones y cada tanto interrumpe la solemnidad de las discusiones. Mientras intento entrevistar a Deisy, Carmencita le insiste a su mamá: “ponme la canción aquí en el celular”, y tararea el himno de las Farc, como si fuera una ronda infantil. El pasatiempo para ellas en las tardes, es visitar a “la vaca lola”, como bautizó Carmencita a la vaca del campamento. Si no hace caso, no irán a verla, sentencia su mamá con autoridad.

El cuarto está lleno de juguetes, Carmencita tiene sus botas pantaneras, pero las deja fuera del cuarto de 6X5 metros donde duermen, para no embarrarlo. “De las condiciones en las que vivíamos en la cárcel cambió todo, ahora Carmencita tiene donde correr, puede jugar con los animales, puedo verla crecer porque antes nos querían separar, mis compañeros me ayudan a cuidarla”, reconoce Deisy sobre su nueva vida en la zona veredal.

Deisy ingresó a las Farc en el Magdalena Medio, a los 14 años, tras quedar huérfana de madre. Pasó por el Bloque Caribe, en el frente 37, que operaba en los Montes de María. En el 2009 fue capturada en Bucaramanga por el delito de rebelión y cumpliendo la pena nació su primer hijo.

“Recibí la detención domiciliaria por el período de lactancia, yo aproveché para dejar el niño con mi familia y regresé a las Farc”, explica Deisy. La última captura fue en el 2013 durante un asalto al Ejército en la zona rural del Bagre, Antioquia. Estuvo condenada a 96 meses por rebelión y tiene otro proceso penal en curso sindicada por otros delitos.

Deisy todavía le da pecho a Carmelita, le consiente los crespos rubios, prepara su desayuno en la estufa de un solo puesto que tiene en la habitación. “Mi hija representa una parte primordial en mi vida. La continuidad del proyecto político de las Farc es otra de mis responsabilidades”, dice.

Los primeros pasitos en Libertad

Hay septiembres de amor y otros de guerra. En septiembre de 2011, durante un ataque del Ejército al Frente Urías Rendón, del Bloque Oriental, Edna fue capturada y condenada a seis años de prisión por rebelión. Desde los 14 años ingresó a las Farc, fue caminante del piedemonte llanero y testigo de los ocasos en las sabanas. Mientras la densidad de las nubes atrapa los árboles en las alturas de Mesetas, ella mece a Salomé, una bebé de cuatro meses de nacida.

Edna obtuvo redención de pena por trabajos sociales y, en 2014, le otorgaron la detención domiciliaria y, luego, la libertad condicionada. Desde enero del 2017 solicitó la libertad definitiva por cumplimiento de pena, pero aún no ha recibido la boleta que le garantice la tranquilidad de estar a paz y salvo con la justicia.

Salomé nació en el hospital de Granada-Meta, pero a los pocos días Edna se fue a la casa de una familia desconocida, por recomendación de uno de sus “camaradas”. No se sintió cómoda en una casa extraña y decidió devolverse para el campamento. “Decidí incorporarme en enero a la zona veredal porque todavía me aparecen antecedentes judiciales y mi vida han sido las Farc”, afirma mientras vigila el sueño de Salomé que duerme en una sencilla hamaca militar que se utiliza para acampar.

En los primeros días una de sus compañeras le ayudaba con la preparación de algunos alimentos y la lavada de la ropa, pero después ella decidió asumir esas labores, sin cuidar mucho su salud y la “dieta” que suelen guardar las mujeres durante el puerperio. “Ahora tengo como unos dolores internos y la bebé está con diarrea, sólo hay un médico general y para atención de pediatría toca ir hasta Granada”, cuenta. Además, explica, no hay presupuesto de transportes contemplado para estos casos. “Estoy pidiendo que me bajen a la zona veredal Mariana Páez, donde está el médico”, dice Edna preocupada.

En una hoja pegada en el exterior de la habitación, un letrero anuncia: “Salome Nagive”. Adentro hay dos camas, un corral y una cuerdita en la que cuelga ropa de bebé. “La mayoría de las cositas de la niña han sido donaciones, nos llegan pañales del gobierno pero son etapa 5 y la bebé queda envuelta en el pañal. A veces logro intercambiar y conseguir con otras compañeras tallas más pequeñas”, narra Edna.

“A mí me gustaría participar de las capacitaciones que organizan algunos camaradas o cuando viene gente de las universidades pero ¿quién se queda con Salomé? Queremos organizar una guardería para el cuidado de los niños porque varias tenemos la intención de terminar el bachillerato y emprender un proyecto productivo. La mayoría de las que estamos aquí somos madres solteras”, explica Edna. Ella tiene además un hijo adolescente, que dejó al cuidado de su familia y después de ocho años, logró verlo.

Salomé sólo ha visto a su papá (también integrante de las Farc) una vez y fue al interior de la cárcel, Edna ansía el reencuentro para que juntos vean los primeros pasos que seguramente dará la niña en el campamento Libertad.

Farley espera la Libertad

En junio, Mayerly cumplió tres años de estar privada de la libertad. Está condenada a 38 años de cárcel. Detrás de la reja de visitas del complejo carcelario de Cúcuta aparece con un cochecito, donde duerme Farley, de 6 meses. Desde febrero esta exguerrillera está tramitando el beneficio de libertad condicionada por la Ley de Amnistía. El proceso avanza con lentitud y, cada tanto, el Juez Quinto de Ejecución de Penas de Cúcuta, que lleva su caso, pone una nueva traba que ha impedido su traslado a la zona veredal. El papá del bebé, en cambio, ya se encuentra en el campamento Libertad.

En mayo, el juez le negó la libertad condicionada asegurando que “el acta de compromiso entregada no corresponde al modelo del formato establecido”. En junio, Mayerly entregó nuevamente los documentos y el 6 de julio le concedieron la libertad condicionada, pero lleva un mes a la espera de ser trasladada a la zona veredal.

“El INPEC le exige viajar sola y que otra persona sea responsable del traslado del bebé. Mayerly no tiene un familiar cercano que le colabore, porque ella es de Arauca y esto ha demorado su salida de la cárcel”, explica la abogada de la Corporación Solidaridad Jurídica que acompaña el caso.

Esta angustiosa espera es apenas el colofón de una cadena de injusticias que ha rodeado su maternidad. Mayerly recuerda, por ejemplo, que sólo pudo obtener un control prenatal cuando ya completaba el octavo mes de gestación. A los tres meses de nacido, Farley fue trasladado de urgencias al hospital por una otitis. El INPEC le permitía apenas una hora de lactancia en la mañana y otra en la tarde. El ICBF le asignó una madre sustituta para el cuidado permanente del bebé, “pero cuando yo llegaba el niño estaba quemado en sus partes íntimas y las mamás de la sala me contaban que vomitaba en la noche”, cuenta tras la reja de la cárcel.

Mientras transcurrían los días de hospitalización del bebé, el INPEC inició, ante un defensor de familia, el trámite para trasladar al niño a un hogar sustituto, sin el consentimiento informado a Mayerly. Gracias a la intervención de una ONG lograron detener el proceso, que iba en contravención de los derechos del bebé.

Mayerly tiene 29 años y desde los 14 se integró a las Farc, al Bloque Oriental. Sus primeros meses de maternidad transcurrieron en la Unidad de Medidas Especiales de la cárcel de Cúcuta junto a un grupo de mujeres excombatientes que espera la libertad por la Ley de Amnistía. Faltan tres. Mientras tanto, Farley sigue creciendo en la incertidumbre, mientras espera llegar al campamento Libertad.

Una ley desenfocada

La Ley de Amnistía fue el primer acto legislativo que se expidió en el largo camino de la implementación del Acuerdo de Paz. Su diseño estuvo a cargo de un grupo de seis juristas hombres que discutió el punto 5, de manera hermética y paralela a otros temas de la agenda. El resultado fue un texto que incluía la Ley de Amnistía y que se anexó al Acuerdo. La ley fue tramitada en el Congreso y sancionada por el presidente Juan Manuel Santos el 30 de diciembre del 2016.

“La discusión estuvo centrada en defender la existencia del delito político, en establecer qué se incluye y qué no, pero no les interesó distinguir entre hombres y mujeres, por eso muchas de las disposiciones de la ley son tradicionales, se crea un procedimiento común de indultos, amnistías, liberaciones y ya”, sostiene Camilo Sánchez, director de investigaciones en Justicia Transicional de Dejusticia.

A pesar de que la negociación con las Farc y el Acuerdo final significaron un importante avance en la participación de las mujeres y en la inclusión del enfoque de género en el texto, la implementación de la Ley de Amnistía no tuvo en cuenta las condiciones especiales, como madres lactantes, de Deisy y Mayerly.

“Se supone que todos los guerrilleros salían de inmediato (…) la ley no fue hecha para que salieran primero las mujeres y después los hombres, pero las decisiones de los jueces nos han enredado la pita”, dice Victoria Sandino, dirigente de las Farc, quien integró la subcomisión de género en los diálogos de la Habana y hoy es la única mujer en la Comisión de Seguimiento Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final, Csivi.

Con la llegada de Mayerly, Deisy y Edna, contarán con una madre más y serán tres lactantes las que habiten el Campamento Libertad, que en su diseño no tuvo en cuenta que llegarían allí mujeres con sus bebés. Cada habitación tiene aproximadamente 6 X 4 metros y cuenta con dos camarotes para acomodar a cuatro personas. Para el caso de las mujeres lactantes ellas deciden con quién comparten el cuarto.

Mientras estas mujeres esperan junto a sus bebés que la Justicia Especial para la Paz, les defina su futuro, es importante llamar la atención sobre la necesidad de que este sistema de justicia transicional implemente efectivamente el enfoque de género.

Así lo advierte la abogada Isabel Agatón: “Pensar en las magistradas que ocuparán la JEP no es sólo una discusión de paridad entre hombres y mujeres. El hecho de ser mujer no garantiza una decisión comprometida con la justicia de género. Se requiere de juristas con conciencia de género, que hayan cuestionado el estatus clásico del derecho, que apliquen estándares internacionales y se preocupen por adoptar medidas efectivas para la protección de los derechos de las mujeres”.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta historia fue publicada originalmente en Colombia 2020 / El Espectador.
Viernes, 11 Agosto 2017

La lucha inconclusa de las mujeres de las Farc

Por Sania Salazar

La lucha de las mujeres de las Farc por ocupar puestos de poder en la organización, no solo ha sido contra un machismo generalizado, sino contra el machismo que llevan dentro.

Sandra Ramírez mueve la pantalla de su computador portátil para que el sol que entra por la ventana de su oficina en Bogotá permita ver claramente la foto de Eliana, la comandante de las Farc que la inspiró para entrar a esa guerrilla en 1982. Sandra tuvo que dejar la escuela para cuidar de sus hermanos en la finca en la que vivían en Sabana de Torres, Santander, por donde pasaba la guerrillera. Le sorprendió que Eliana fuera comandante. Le sorprendió que mandara. Le sorprendió que le obedecieran.

El verdadero nombre de Sandra es Giselda Lobo Silva, la mujer que compartió 24 años de su vida con Manuel Marulanda Vélez, el cofundador y líder de las que hasta hace poco fueron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de las Farc EP. A los 16 años Sandra vio en Eliana a una mujer opuesta a su madre. Vio la oportunidad de seguir un destino distinto al de estar encerrada en una casa teniendo hijos y sometida a un esposo borracho que la maltratara.

“Eliana era bajita, gordita, morena, de labios gruesos, ojitos pequeños, cabello ondulado”, recuerda Sandra. “Fue una combatiente aguerrida, se defendió hombro a hombro con el Ejército, pero también políticamente. Tenía solo primaria, pero era preparada, leída, destacada. Esa firmeza y lealtad le dio estatus para ascender”. Sandra la recuerda tal cual como la conoció. Eliana aún está viva aunque Sandra no sepa dónde ni cómo está.

En 1982 las mujeres comandantes eran la excepción en una organización en la que las labores cotidianas se repartían por igual, pero en la que para ellas no ha sido fácil llegar a instancias de poder político y militar. Es una pelea que no han terminado de dar, incluso tras el fin de la guerra.

Pocas desde el comienzo

Las Farc nacieron en 1964. En la historia que cuentan los libros sobre su origen se dice que inicialmente mujeres y niños acompañaban a los hombres en sus recorridos por el monte, pero que ellas cumplían labores propias del hogar como cocinar, o atender heridos. La primera declaración política de las Farc es el Programa agrario de los guerrilleros, documento que está en la página web de la organización y que firman, el 20 de julio de ese año, al menos 33 hombres y solo dos mujeres: Miryam Narváez y Judith Grisales.

Solo hasta los años 70 las mujeres fueron consideradas combatientes. “Inicialmente había un puñado de compañeras que estaban en todo, pero casi que no eran consideradas guerrilleras por el machismo de la sociedad, pero a finales de los 70, comienzos de los 80 entraron una cantidad de mujeres con mucha capacidad de desarrollar las tareas propias de la guerrilla”, cuenta Luis Alberto Albán, cuyo alias en la organización es Marco Calarcá, uno de los voceros internacionales de las Farc.

“La escasa visibilidad de las mujeres guerrilleras antes de las negociaciones de paz con el gobierno Pastrana y Santos, contrasta con el alto porcentaje de su participación como combatientes: las Farc son el único grupo armado colombiano que cuenta con tal nivel de participación cuantitativa. En la guerrilla del ELN y en los grupos paramilitares (actuales Bandas Criminales), el porcentaje de combatientes mujeres no alcanza el 20% frente al más del 40% de las Farc”, asegura el trabajo Mujeres “guerrilleras”: La participación de las mujeres en las Farc y el PCP-Sendero Luminoso, los casos de Colombia y Perú, de Johanna González y Rocío Maldonado.

La información más reciente sobre la conformación de las Farc la arrojó el censo socio económico que realizó la Universidad Nacional cuyos resultados se conocieron el 6 de julio de este año. Según esas cifras, las mujeres son el 23%. Lo que hay que tener en cuenta es que como no es un censo poblacional los resultados no dan cuenta del total de miembros de esa organización.

Sandra no tuvo mando mientras estuvo con Marulanda. No porque no lo quisiera. Eligió quedarse al lado de él. En su momento fue una decisión de pareja. No se arrepiente porque hizo un trabajo que considera importante: transcribió sus archivos personales y ayudó con las comunicaciones. Pero ahora es consciente de que no solo el sentimiento, sino la inexperiencia de la juventud y el contexto rural y machista del que venían ambos la llevó a tomar ese camino.

“Nunca he exigido un trato especial, pero haber convivido ese tiempo con él da reconocimiento porque donde quiera que iba el camarada Marulanda, yo siempre iba al lado, siempre al pie. Él me permitió hacer un trabajo de fotografía, no como yo quisiera porque había que dedicar tiempo a la actividad de él. Pero también sacaba ratos para mí, para no quedarme solamente como compañera de luchas, sino para trabajar por ese reconocimiento”.

Que Sandra no diga que estaba detrás de Marulanda, sino siempre al lado, pero al tiempo diga que él le “permitió” hacer fotografía, refleja esa lucha interna por superar un machismo arraigado en la sociedad.

Para él era difícil aceptar que las mujeres participaran en el combate y lo justifica en esa acostumbrada protección masculina sobre la mujer. “Nos decía que la mujer se podía desempeñar como enfermera, como secretaria, pero que hasta ahí. Pero si hacemos esas actividades ¿por qué no podemos realizar otras?”, lo cuestionaba.

“No voy a decir que fui la autora (de la apertura a la participación femenina en el poder), pero incidí en decirle que a las mujeres había que darles la oportunidad de que ejercieran, así se equivocaran, como los hombres se habían equivocado. Inicialmente era muy reacio, eso fue en el 83, 84”.

Poco a poco lograron que Marulanda cediera y las mujeres de su unidad empezaron a ser comandantes.

Abriendo la trocha

Con el rostro de Marulanda estampado en su camiseta, Olga Marín, quien se encargó del trabajo internacional de las Farc, reconoce, sin prevenciones, que los hombres surgían mucho más rápido. “La gente le cumplía, sin pensarlo mucho, al compañero; la mujer, en cambio, tenía que demostrarle a la tropa que era capaz”.

Quindiana. Ingresó a las Farc en 1981 proveniente de Bogotá. Hizo su vida guerrillera de base. Fue comandante de escuadra (12 guerrilleros), pero centró su labor en lo político.

Ahora que tiene formación en enfoque de género, pues desde 1998 se interesó por leer y ser autodidacta en el asunto, Olga entiende que llegó a las Farc buscando un espacio como mujer. Y lo encontró porque, por ejemplo, allí las relaciones amorosas no se basan en la dependencia económica, aunque eso contrasta con la creencia según la cual una vía para obtener poder femenino era tener una relación sentimental con un hombre de alto rango.

En el libro Las mujeres en la guerra, de Patricia Lara, Olga cuenta que conoció a Raúl Reyes en 1983. “Quería establecer la relación con Raúl, pero no deseaba quedarme como la compañera de él, simplemente. Hubo un pleno, entonces le dije a la dirección que el hecho de que fuera la compañera de Raúl, un miembro del secretariado de las Farc, no implicaba que me fuera a estar ahí, a su lado porque sí… Yo quería que el secretariado supiera que contaba conmigo como una integrante más, que yo podía aportar”.

No quería cocinarle, tal y como ocurría con las compañeras de los comandantes.

“Unas compañeras me preguntaron: ‘¿qué hacemos para salirnos de la rancha (la cocina)?’. Y les digo: ‘vuélvanse indispensables; lo primero que pueden hacer es administrarle los papeles a los jefes’”. En esa época se escribía a máquina, así que Olga les aconsejó aprender a hacerlo y estudiar ortografía y redacción, en lo que les ayudó. “¿Quién es la persona de mayor confianza al lado de una jefe? Pues la compañera. Si ustedes van a ser indispensables en eso, van a ser las personas que hagan ese trabajo. Y además, ¿se imaginan la cantidad de información que uno tiene en sus manos? Eso es formación”.

Las guerrilleras empezaron a coincidir en que debían presionar para que no las marginaran, pues en la guerrilla se consideraba que el hombre, por su naturaleza, sabía disparar, pero sin siquiera preguntar, partían de que las mujeres no. “¿Por qué nosotras no y por qué nosotras no y por qué nosotras no?”, insistían.

Olga era consciente de que no tenía las capacidades físicas para competir como lo hacían las demás guerrilleras, que con tal de demostrar que eran más berracas, se echaban al hombro dos arrobas y media (de mercado, por ejemplo), mientras los hombres llevaban dos. Sabía que su fuerza estaba en sus conocimientos, en su capacidad, por ejemplo, para enseñar a leer y escribir.

Cierta vez un guerrillero prestó guardia con ella obligado, ¡bravísimo!, acentúa Olga. Estaba indignado de tener que compartir la tarea con una mujer.

“Me di cuenta de que ese muchacho tenía problemas para hablar bien. Mandé a formar a la gente. Empecé a dar voces de mando y dije: ‘las voces se dan así’, entonces venga fulanito dirija. Lo hice adrede. Sabía que él no iba a poder. Y no pudo. Ahí está: tú sabes esto, yo sé esto. Entonces te enseño y me enseñas, con eso me lo gané”, recuerda Olga.

Esa anécdota refleja claramente las tensiones cotidianas que había entre hombres y mujeres.

Durante la Octava Conferencia de las Farc, en 1993, Hernán Darío Velásquez, mucho más conocido como El Paisa, comandante de la Columna Teófilo Forero, escuchó a un grupo de mujeres quejándose de que no las dejaban comandar tropas. “Es que ustedes no lo piden”, les respondió. “Paisa, yo nunca pido que me lleven porque si no soy capaz ¿quién se los aguanta a ustedes burlándose?”, recuerda Olga que contestó una guerrillera.

Un reproche directo a que juzgaran de manera distinta algo tan humano como equivocarse dependiendo de si el error lo cometía un hombre o una mujer.

Según Olga, El Paisa empezó a incluir más a las mujeres en combates, en compañías de inteligencia, en labores relacionadas con explosivos. Resulta paradójico que precisamente uno de los comandantes más temidos y considerado de los más radicales de la organización fuera quien impulsara a las mujeres. A la columna comandada por El Paisa se le atribuyen hechos como el atentado al Club El Nogal, en Bogotá, y el secuestro de los diputados del Valle del Cauca.

Hasta ese momento el cargo más alto al que les permitían llegar a las mujeres era comandante de escuadra (12 guerrilleros), que es la estructura más pequeña de la guerrilla. A ese grupo le sigue en tamaño la guerrilla (24 personas). Una compañía (54). Una columna (alrededor de 110 guerrilleros). Un frente (entre 100 y 300 hombres). Bloque (mínimo cinco frentes y varias columnas móviles). La Conferencia nacional guerrillera es la máxima instancia de reunión, allí se elige al Estado Mayor Central y el Secretariado, los más altos niveles de mando.

Carlarcá dice que ante el poder femenino en las Farc había dos reacciones masculinas, la de aquellos que lo valoraban y trataban de impulsar esa participación. “Otra la de un sector machista, no se puede negar que el machismo es un problema de la sociedad de la que hacemos parte, al que no le gustaba que una mujer los mandara, pero para eso estaba la disciplina militar que se imponía”.

Pero los obstáculos para obtener mando militar o político no solo eran externos, estaban también en la cabeza de las guerrilleras, que tenían que vencer sus miedos, sus inseguridades.

Mariluz Beltrán estuvo 18 años en las Farc. La capturaron en 2013. Relata que aunque tuvo una comandante de compañía (54 hombres) llamada Otilia en el frente Aurelio Rodríguez, que operaba en el Chocó, no eran muchas las guerrilleras en esos cargos y que aunque algunas manifestaban el deseo de ser comandantes, se quedaban en los roles asignados a las mujeres: enfermeras, explosivistas o cocineras, pues temían enfrentar las responsabilidades que implicaba tener mando.

El amor era motivo para renunciar a un cargo de mando. Si eso implicaba estar lejos de la pareja, ellas preferían su relación; o los hombres pedían que las trasladaran junto a ellos y eso era normal. “Los mandos ceden más a que la mujer vaya con él a que él vaya con ella. Conocí un caso y a ese hombre se la montaron toda la vida”, rememora Olga.

En el libro Confesiones de una guerrillera, de Zenaida Rueda, una combatiente que se fugó con un secuestrado, escribe esta frase reveladora “en la guerrilla, cuando la mujer manda al hombre, lo dejan relegado”.

Entre las peleas que Olga libró fue la de cambiar la concepción de las relaciones amorosas. En esa lucha coincidió con Victoria Sandino, tal vez la mujer de las Farc que más ha ganado visibilidad desde que empezó el proceso de paz.

Victoria trataba de que las mujeres que tenía a su cargo entendieran que los hombres también podían ceder y quedarse con ellas, apoyarlas en su cargo de mando.

Mientras Olga y Victoria luchaban con el machismo implícito por años en las relaciones de pareja, había un obstáculo más, los embarazos, pues si la guerrillera tenía mando y la dejaban salir a tener a su hijo, cuando regresaba era muy probable que encontrara a otro en su lugar.

Con tantos peros ¿qué tan cierta era la igualdad que orgullosamente promulgaban en la organización?

“La insistencia de las guerrilleras en el sentido de que hay “igualdad” porque todos cumplen las mismas funciones, solo deja ver que en el fondo existe una distribución de funciones basada en estereotipos que disimula la preponderancia del poder masculino. Aunque, en teoría, las tareas se reparten con base en las habilidades de los combatientes, los varones creen que ser radista (el que maneja el radio de comunicaciones), enfermero o secretario no es para ellos. Las mujeres, respondiendo a esos códigos implícitos, suelen inclinarse por estas actividades”, explica la periodista Gloria Castrillón en el artículo ¿Víctimas o victimarias? El rol de las mujeres en las Farc. Una aproximación desde la teoría de género publicado en 2015 en la revista Opera, de la Universidad Externado.

Las comandantes

Victoria es una cordobesa de voz recia, directa y de risa contundente. En realidad, se llama Judith Simanca Herrera y entró a las Farc en 1993, en donde tuvo mando. Se desempeñó más en el área política que en la militar.

Participó en la Subcomisión de género durante las conversaciones en La Habana. Fue la única mujer plenipotenciaria en el grupo negociador de las Farc compuesto por nueve personas.

Pero ella insiste en que no fue la única. Sandra participó en la etapa exploratoria, pero no fue visible porque la etapa no fue pública, explica Victoria. También resalta la participación de Alexandra Nariño, la holandesa que en realidad se llama Tanja Nijmeijer y de una guerrillera conocida como Laura Villa, del Bloque Comandante Jorge Briceño.

“Llegamos a un nivel de direcciones de frente o de direcciones de bloques, pero eso no nos hacía ser del Estado Mayor Central, ese es el techo de cristal interno que teníamos nosotras, de ahí para arriba no pasábamos”, reconoce Victoria.

Antes de las negociaciones de la Habana entre Gobierno y Farc solo una mujer había llegado hasta ese nivel, Erika Montero. Solo una mujer entre 31 miembros. Ninguna en el secretariado, que tiene nueve integrantes.

El nombre de Erika lo pronuncian casi todos a los que se les pregunta por las mujeres que tuvieron mando en la organización. Sandra dice que se destacó por sus habilidades en lo político como en lo militar.

A Victoria le cambia el semblante cuando se le pregunta por ella, sonríe y le brillan los ojos.

“Erika es una mujer humilde. En el 80 y tanto fue de las primeras mujeres comandante y lo hizo en el orden público, siempre estuvo con la tropa y eso le ganó mucho respeto. Es increíble como ella se ganó la admiración de la tropa, esa autoridad, porque es una mujer tierna, sencilla. Cuando está delante de la tropa es muy crecida, es excepcional y no había ninguna excusa para no tenerla en el Estado Mayor Central”.

Érika es en realidad Fancy María Orrego Medina, una antioqueña de hablar pausado que ingresó a las Farc en 1978 y es a esa antigüedad a la que atribuye que la hayan incluido en el Estado Mayor Central en 2015. “No por tener más méritos, eso debe quedar muy claro”, acentúa.

A Erika, cuya pareja es alias Isaías Trujillo, Luis Óscar Úsuga, (Integrante del Estado Mayor Central) le parece injusto y falso ese rumor que indica que uno de los caminos para alcanzar poder femenino en las Farc es tener una relación con un comandante. Siente que esos son especulaciones malintencionadas. Le da risa. No ve mayores ambiciones en las compañeras de los líderes de las Farc. Ella se ve más en labores con las comunidades, en las regiones, no se le notan aspiraciones políticas.

Aclara que nunca fue comandante de frente ni de bloque, hizo parte de las direcciones en esos niveles, pero hasta ahí, dice.

“Nuestro partido será antipatriarcal”, dijo en una rueda de prensa Erika, la misma que cuenta que cuando entró al grupo no se concebía que una mujer diera órdenes y que fue en la séptima conferencia, en 1982 cuando empezaron a proponer nombres de mujeres para cargos de mando. Ahora trabajan en una tesis de mujer y género para el nuevo partido.

Sobre las comandantes mujeres destacadas hay consenso en varios nombres: Mireya, del Bloque occidental; Yaritza, que ahora hace parte de la Unidad de personas dadas por desaparecidas; Sonia la pilosa, de la columna Teófilo Forero, quien fue la pareja de El Paisa. Calarcá mencionó también a Lucía, que firmó en las negociaciones de paz de 1984 conocidas como Acuerdo de La Uribe, época en la que era jefe del trabajo urbano.

Nadie menciona a Elda Neyis Mosquera, alias Karina, comandante del frente 47 de las Farc, tristemente famosa por sus capacidades en el campo militar de las cuales dio muestra más que suficiente en los límites de Caldas y Antioquia, donde operaba ese frente.

Que el nombre de Karina no salga a relucir habiendo sido tan difundido su accionar militar hace pensar que, como lo han manifestado algunos miembros de las Farc, la consideran, en general, una traidora por haberse entregado a las Fuerzas Armadas en 2008. Poco después de su desmovilización Karina le contó a la periodista Gloria Castrillón (en el artículo ya citado) que su poder militar en las Farc lo logró por su obediencia y capacidad de trabajo.

“Las mujeres somos fieras en el combate para no quedarnos atrás de los hombres. Un hombre flojo no se nota, pero una mujer floja todos la ven. Si uno tiene mando no puede demostrar miedo, si le hieren o le matan gente, lo juzgan a uno más duro que a los varones”, aseguró Karina.

Testimonio que deja entrever los motivos de la conducta de esta guerrillera.

“Cuando llegué al mando del frente 47 tuve dificultades con los miembros de la dirección y comandantes de rango medio. Ellos no querían que yo los mandara. Me hicieron quedar mal con el mando superior, eso me hizo renunciar a la dirección. Al final ese fue un detalle para que decidiera mi desmovilización”, remató Karina.

Para ser comandante en la guerrilla, hombre o mujer, se requería tener mínimo dos años en la organización, saber leer y escribir, tener capacidad o don de mando, como lo llaman en la organización, haber hecho el curso militar y tener las capacidades militares.

Pero eso era tan solo el comienzo, para ser mujer y comandante había que ser la más fuerte, la más serena, la más resistente, “la que no tuviera sino un solo compañero, la que nunca se equivocara y eso era muy difícil encontrarlo”, Olga se ríe irónicamente y agrega “eso no está escrito en ningún lado, está en el imaginario”. Un imaginario demasiado exigente, casi imposible de cumplir.

“Fortaleza a prueba de todo. Resistencia de hierro, física y mental. Disposición de sacrificio, mucha entrega, porque esto es total. Mucha inteligencia. Iniciativa. Creatividad” y podría decir muchos requisitos más, dice Victoria, como si ya fuera poco.

Para Calarcá la exigencia era la misma, se necesitaba fundamentalmente conciencia y convicción de que la lucha era el camino, ningún otro ingrediente especial.

Pero esa exigencia las llevaba a ser rudas con sus compañeras. En el documental Las mujeres de las Farc Lorena Murcia, desmovilizada, confiesa que prefería tener comandantes hombres. “El hombre es más neutro y busca que todos hagan lo mismo, en cambio la mujer busca que la guerrillera demuestre que es más valiente que los hombres, por eso a veces le tiran más duro a la mujer”.

La lucha que no acaba

En la Décima conferencia de las Farc, realizada en septiembre de 2016, se amplió el número de integrantes del Estado Mayor Central, pasó de 31 a 61 miembros, entre los que ya hay 11 mujeres. Todavía ninguna en el secretariado.

“No porque no fuimos visibles no estuvimos y no porque no fuimos visibles no fuimos mandos, ¿porque ahora sí? es un propósito mostrarnos, vimos que era necesario porque a la insurgencia se le ha estigmatizado por esto y porque nosotras hemos hecho un trabajo, no nos vamos a dejar seguir ninguneando. Ahora somos conscientes de ese trabajo que hay que hacer de la igualdad de género”, resalta Victoria.

¿Por qué ninguna mujer ha llegado al secretariado? “Porque hasta ahí nos alcanzó”, admite Sandra. A ella, que lucha por hacerse a un nombre propio, a un reconocimiento por su trabajo, se le vio recientemente en imágenes del denominado pleno ampliado del Estado Mayor, compartiendo mesa principal con los demás voceros de las Farc. De fondo, en pantalla gigante, una imagen de Marulanda.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.

**Esta historia fue publicada originalmente en Colombiacheck.