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Sábado, 12 Agosto 2017

Mujeres que sanan las heridas que en otras dejó la guerra

Por Paola Andrea Gómez Perafán

Ángela Tovar y Cristina Quintero abrigan con su oficio a quienes sufrieron los abusos sexuales de los grupos armados en el valle del Cauca. Las apoyan para que no sientan culpa, para que quieran su cuerpo. Historias de reparación.

Cristina: “Lograste sobrevivir y estás aquí. Sobreviviste a cien guerrilleros que llegaron a tu casa a comerse todo y a decirte que te largaras. Pudiste morir de un infarto, pero sobreviviste, tu cuerpo fue capaz de salir adelante. De resistir tres días de caminata sin comer. ¿Eso no es fortaleza, acaso? Tenemos que empezar a transformar a través de la palabra. Si te dicen víctima, la palabra te pone chiquita, pero cuando se habla de sobreviviente, se piensa “fue superior a qué”, “fue capaz de salir de”. Es diferente decir “sobreviví a 10 hombres que abusaron de mí y aquí estoy”. Sobreviviente es una palabra formativa, la mujer cambian su postura, se empodera”.

Ángela: “Somos destinatarias del dolor. Las recibimos con esos brazos de protección, porque muchos aspectos de su vida han sido desajustados y es nuestra responsabilidad llevarlas otra vez a esa seguridad. Y estoy aquí como mujer, como profesional, para escucharlas y me doy a eso, al cuidado. Es un paso a paso, y que ese dolor oculto en su corazón pueda ser de cierta forma recibido con respeto y responsabilidad. Sentimos una admiración profunda por ellas. A veces les digo, “Pero por Dios, mujer ¡cómo has hecho!”. El componente fundamental es el amor. Encontrarme con la otra persona desde la humanidad. Para mí estar aquí, con ellas, es una opción de vida”.

Cristina y Ángela están unidas por algo más fuerte que un lazo de consanguinidad; están unidas por un oficio que las tiene reconstruyendo lo que es tan difícil de reconstruir: el espíritu. Y ese sentimiento de humanidad que aflora en cada una de sus palabras funciona como un engrudo que les permite unir los pedazos resquebrajados en que muchas mujeres quedaron convertidas, después de que su cuerpo fuera violentado con la sevicia de la guerra. Como cuando se quiebra un espejo y los trozos de vidrio quedan sobre el suelo, afilados y dispersos. Como cuando pasa el tiempo y el espejo sigue ahí, en el suelo, en mil partes, sin reflejo, sin brillo. Y luego alguien trata de juntar las piezas y repararlo, con un cuidado inmenso. Hay señales que no desaparecerán, que se quedan ahí para hacer memoria. Pero el espejo reconstruido habla de una resistencia, que solo es explicable por el milagro de la resiliencia.

Cristina y Ángela fueron a la universidad para aprender a sanar las heridas de la mente. Y con el tiempo terminaron abrigadas bajo el mismo rótulo que en la posguerra de una Colombia con más de ocho millones de víctimas se conoce como reparación. Ellas son mujeres que reparan mujeres, y su función es atender a quienes fueron víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual. Su trabajo no aparece en las noticias, es anónimo, pero sí su rastro en decenas de relatos que dan cuenta de que en Colombia la guerra sí tuvo rostro de mujer.

Cuestión de humanidad

Ángela decidió el rumbo de su carrera cuando cursaba el último año de sicología. Entonces, en el 2003, el país vivía la crudeza del paramilitarismo y la guerrilla, que en muchos casos confinaba a comunidades enteras a vivir aisladas y enmudecidas. A padecer la guerra que en el campo se sintió de manera distinta a la ciudad. La joven caleña, de 21 años, se enrutó hacia el Magdalena Medio para trabajar allí seis meses de sicología social. Luego estuvo dos años en una vereda de Tumaco, azotada por el conflicto. Siguió el camino a Tierra Alta, Córdoba, pasó por Arauca, por Acacías y se estacionó un buen tiempo en el Cauca, en Jambaló, Toribío, Corinto y el Naya.

“¿Por qué decidí hacerlo? Mis papás me hablaban del servicio, también nos hacíamos cuestionamientos sobre cómo hacer algo y no quedarse en el discurso… ellos son muy humanos, creo que esa también era la apuesta”.

Cristina es sicóloga de la Universidad de Manizales. Durante cuatro años trabajó en Buenaventura con la Cruz Roja Internacional y con la Colombiana, atendiendo a las familias afectadas por la desaparición forzada. Era justo la época en que estallaron los problemas sociales más complejos del Puerto. Y para ella fue una dura escuela que afianzó su compromiso con quienes han padecido el conflicto. Hace tres años trabaja en la Unidad para las Víctimas del Valle del Cauca.

En este departamento, por ejemplo, de las 557.583 personas que declararon haber sido víctimas en hechos registrados en el Valle, 288.261 fueron mujeres. 196.873 de ellas fueron amenazadas; 4.132, torturadas; 18.368, abusadas sexualmente según el registro nacional de información de la Unidad de Víctimas.

“Muchas mujeres llevan 5, 6 y 7 años de haber vivido esa situación (abuso sexual) y han hecho lo que han podido para sobrellevarla. Uno de los mecanismos de defensa del ser humano es olvidar. Que no se enteren, callar. La violencia sexual ha sido sufrida en silencio en Colombia y estamos seguras de que las estadísticas son mucho más bajas de lo que en realidad pasó”.

Huellas en la piel

Perder el dominio de su cuerpo las hizo también perder el valor. Sentirse pequeñitas. Como si lo único sobre lo que se tiene pertenencia absoluta en la vida ya no fuera de ellas. Y con ganas de arrancar las huellas que el abuso dejó marcadas en su piel. Por eso, con el cuerpo empieza esa reparación.

Cristina relata que en esas primeras sesiones se ve mucho dolor, que se ha quedado enclaustrado en el cuerpo. Incluso, somatizan dolores en el útero, en la cabeza, en los senos. Dolores que se combinan con el pensar cómo hacer para no volver a sufrir lo innenarrable.

“Hay una sesión de autorreconocimiento. Cómo percibo mi cuerpo. Ese fue el territorio vulnerado. Ellos me accedieron, entonces cualquiera puede hacer lo que quiera conmigo. Rechazan su cuerpo. No lo quieren porque fue usado como un objeto. Muchas mujeres quedan marcadas. Todos los días se acuerdan de esa situación”.

Ángela define lo que le pasa a estas mujeres como un flash back, porque el cuerpo les recuerda lo que sucedió. Tabiques lastimados, quemaduras, problemas de matriz, recto lastimado, aparato reproductor destrozado.

“La mente evoca lo que ocurrió mientras te estas bañando y sientes la cicatriz. Entonces hacemos esos acompañamientos de escuela del cuerpo con mucho amor. Los acompañamos con instrumentos y tamboras, con recorridos del espacio físico, relajación y una toma consciente del cuerpo. Puede pasar que estemos hablando del espacio inicial, de quiénes somos, de nuestros nombres y de repente algunas se conectaron y sin preguntar abren su corazón y cuentan su historia. Ya con la voz de la primera se abren las voces de las demás. A través de alguien, también podemos estar hablando nosotras”.

¡No fue tu culpa!

La terapia continúa. Ellas se van reconociendo, abren su corazón, recobran la dignidad, la confianza. Pero hay algo que quizás es más difícil de desaparecer que las mismas cicatrices grabadas en su cuerpo: la culpa. Para Ángela, el trabajo empieza por ser conscientes de que no fueron culpables, volverlo pensamiento. Y esa resignificación de lo ocurrido lo elabora cada mujer, en su intimidad.

“No fue tu culpa. La culpa fue del agresor. Eso hay que repetirlo: no fue mi culpa ni antes, ni durante, ni después. No fue mi culpa si estaba en el río sola, si le di un vaso de café, si quedé en embarazo y decidí no tenerlo. Sin juicios, todo eso permite la recuperación”.

Cristina enfatiza que es un tema que se trabaja con mucho diálogo.

“Muchas piensan: me debí haber ido, no debí pasar por esa carretera. Hablamos de la violencia sexual como una estrategia de guerra, que se usó para levantar la moral de las tropas. Les daban la orden: “coja la mujer que le gusta y hágale”. Como un premio. Empezamos a desmitificar el asunto de “no debí estar allá” y a ver que la guerra me puso en ese lugar que no pedí. Cuando hablan se genera una sanación”.

¿Y cómo no afectarse?

La reparación de una mujer que ha sido abusada no se da de la noche a la mañana. No es como repararle el motor a un vehículo. Se necesitan horas, días, meses. Porque el cuerpo humano no funciona con pistones y la mente no es un chasis que se repone y sigue andando. Y después de tantas consultas donde el horror se sienta en el diván y transmuta de mujer a mujer, como si hubiese sido una violación en serie, las huellas van quedando también en quien se sienta a escucharlas.

Le pasó a Cristina, la sicóloga. Ella también sintió la desprotección. El año pasado abordó de noche una guala que la llevara a su casa en la zona rural y cuando iban en medio de una carretera solitaria se dio cuenta de que era la única mujer que iba en el vehículo, con el conductor y varios hombres más.

“Me entró el pánico y le dije al conductor: pare que me voy a bajar. Empecé a caminar y me di cuenta que así me estaba exponiendo más. Entonces supe que un relato de una señora a la que abusaron diez paramilitares había quedado, entró a mi consciencia sin filtro y esa angustia me llegó. A los días fui con un terapeuta”.

“Ahora, cuando escucho los relatos, abro las manos, respiro, dejo que ellas hablen, que lloren y pienso que va fluyendo, que soy como un colador y me imagino que va saliendo por las manos, transformado. Intenciono la respiración, pensando que ese relato y las lágrimas son de sanación”.

Y hay que encontrar maneras para sanarse. Ángela, por ejemplo, cuenta que últimamente está llorando más.

“Lloro hasta aquí (se queda en silencio y sus ojos lo dicen todo). Ahora me lo permito. En mi intimidad o con mis colegas, lloro. Y creo que ese es un mecanismo que me permite manejarlo. Cuando no es a través de la palabra, procuro moverme. La música para mí es esencial. Correr, trotar y salir a bailar salsa, como terapia. Caminar descalza sobre el prado, abrazar árboles”.

“Tengo una energía fuerte y optimista siempre. Me gusta el contacto físico, me agarro a la persona, doy un abrazo sincero y sin pena”.

En sicología hay algo que llaman enfoque de daños que trata de explicar ¿qué se hizo con la vivencia de la violencia? Cristina explica que después de la atención, del medicamento siquiátrico, hay un proceso necesario para que el ser humano resignifique esa historia y se dé cuenta que ha desarrollado recursos para salir adelante. Y que cuando las ve muy tristes les habla de las dos opciones: o sobrevive, o se enferma y se muere, o se suicida. Hablan de eso. ¿Por qué han sobrevivido? ¿Cómo lo lograron?

Hay una historia que Cristina recordará siempre. Ocurrió cuando acompañó una entrega digna de cadáveres. Allí conoció a una señora que fue testigo y vio cuando los paramilitares cogieron a un grupo de jóvenes, entre ellos a su hijo, los llevaron al cementerio, los pusieron a cavar su propia tumba y luego los mataron.

La señora se subió a un árbol, vio cuando mataron a su hijo y en qué fosa quedó. Se fue con todo el dolor y después de unos años fue a la Fiscalía y pidió que fueran por el cuerpo de su hijo. Pero le dijeron que no se podía, por seguridad.

Pasaron los años y ella ingresó a un instituto y estudio criminalística. Tan pronto tuvo su tarjeta profesional se fue a ese cementerio le mostró al sepulturero una resolución que se inventó y le dijo que iba a exhumar a una persona. Contó los huesos de su hijo, los reconoció y se los llevó. Se fue a la casa, armó el esqueleto y revisó que no le faltara ningún hueso; lo guardó en una caja y lo llevó a la Fiscalía. “Aquí está mi hijo para que me lo entreguen oficialmente”, les dijo. La Fiscalía se demoró tres años con el cuerpo, le hicieron la prueba genética y se lo devolvieron para darle sepultura.

“Esa historia me marcó la vida, el amor de una mamá. Logró aguantar, esperó el proceso, el temor que tenía, maquinó todo. Ella ahora está bien porque decía que había recuperado a su hijo y ese era su objetivo. Lo que nos queda es precisamente visibilizar esas historias y dignificarnos como sociedad. Nos hicimos daño, mucho daño, pero ¿qué fue lo que hicimos con ese daño? Este conflicto ha sacado lo peor y lo mejor del ser humano, que no tiene límites cuando se propone sobrevivir”, dice la terapeuta.

Cristina cuenta que su familia está orgullosa de ella. Que el año pasado en un encuentro en Bogotá llamaron a sus familiares para que grabaran un video. Y en el suyo, su esposo y su hija le decían que la admiraban.

“A mi esposo hace seis años lo secuestraron en la vía a Dapa. Fue un secuestro extorsivo, cuando lo soltaron, toda la familia que vive afuera nos dijo: “vénganse”. ¿Yo por qué me tengo que ir de mi país? ¡No me quiero ir porque este es mi país! Aquí tenemos que saber vivir como sociedad y le apuesto a este país. Este año estando en el barrio Guayaquil, saliendo con mi carro me pusieron una pistola, me robaron la luna del carro. Me fui en pura y sentía un quemón como si me hubieran disparado. A pesar de eso pensaba en las víctimas, las abusaron y sobrevivieron. Yo tengo que seguir. Es lo que más me ha enseñado este trabajo. La fortaleza. Me pueden dar un diagnóstico de cáncer y pienso que tengo que ser capaz, porque he aprendido la fortaleza que hay que tener. Eso no me lo hubiera dado ningún trabajo en el mundo”.

Para Ángela hay muchas tareas que tenemos como sociedad, en el reconocimiento de la mujer, “es que en la sociedad patriarcal en que vivimos siempre ha puesto a la mujer en lo privado y al hombre en lo público y así se han construido los roles”.

Su tesis de maestría se titula “Arreglos de género, en la comunidad de El Arenillo, Palmira”, donde la comunidad soportó años de violencia y presencia guerrillera y paramilitar. Esos arreglos de género son un concepto del Centro Nacional de Memoria Histórica, donde se explican las relaciones entre los hombres y mujeres.

“Hay unos arreglos que son patriarcales, totalitarios, donde las decisiones las toma el hombre y son impuestas a través de la violencia. Comunitarios, donde también el hombre toma la decisión. Y los democráticos, donde ambos conversan y toman decisiones en conjunto. A eso es a lo que se debe apuntar”, dice.

“Las personas que son contemporáneas tienen su trabajo, su hijo su matrimonio tradicional, yo no. ¿Y usted qué? me preguntan. Sin ser activista como tal, pienso que nosotras como mujeres tenemos derecho a la elección. ¿Por qué las lágrimas o sentirte triste es sinónimo de que eres mujer o eres débil? Hay que comprender que eso es humano y hace parte de tu fortaleza. Soy Angela María, mujer, crítica, perfeccionista, intensa, sonriente, utópica, ‘nubeluz’, lloro y siento tristeza”.

Hay que tener sensibilidad humana. Si hacemos memoria, que sea con sentido transformador, no solo dolor. Y simultáneamente, reconocer la verraquera de estas mujeres. El conflicto ha permeado todas las esferas de una forma increíble. Hasta que nos acostumbremos algún día a la igualdad.

Esperanza y su paso del dolor a la valentía

Esperanza es una de esas sobrevivientes que se repusieron a la guerra. Fue secuestrada, abusada sexualmente, desplazada y amenazada de muerte. Tuvo que salir huyendo de la vereda La Palma del municipio Roberto Payán en Nariño, a orillas del río Patía. Ahora vive en el centro del Valle del Cauca y por un buen tiempo ayudó a otras mujeres que como ella sufrieron la sevicia del conflicto en el Suroccidente.

“Ángela (la sicóloga) fue la primera persona con quien hablé de mi historia, después de doce años de guardarla en silencio. Ella se convirtió en esa amiga, en la mujer que me escuchó. Tiene una luz grande, de entrada te acoge y no te ve como pobrecita”, explica Esperanza.

“Tuvo mucho tacto, las palabras adecuadas, respetó el momento de silencio. Sabe cómo sacarte de ahí. Hubo mucho dolor y llanto, pero también hubo risa”, agrega.

“Después de haberse uno denigrado como mujer, de sentir que tuve que haber hecho esto o lo otro para evitarlo, entendí que me debía amor, que no era culpable. Y vi cosas que antes no veía en mí. Como ser valiente. Ese era un valor que no me conocía. Ella me decía: tú eres una mujer valiente y te tienes que querer. Yo la quiero mucho y tengo tanto que agradecerle...”.

“Son un ejemplo”

“Con las mujeres víctimas de delitos contra la integridad sexual se viene haciendo un trabajo muy sentido, que ha dejado profunda huella en todos los que hemos tenido la oportunidad de conocerlas. En estas mujeres valientes y valerosas hemos visto ejemplos admirables de resiliencia y perdón. Con algunas el trabajo comienza por poder tan siquiera hablar sobre lo que pasó, por encontrarse con otras mujeres que vivieron cosas similares, generando lazos de solidaridad que las ayudan también a sanar”, Fabiola Perdomo, Directora Territorial Unidad para las Víctimas Valle del Cauca.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta investigación fue publicada originalmente en El País.
Viernes, 28 Octubre 2016

Estos son los municipios más afectados por el conflicto

Por Miriam Forero

Colombiacheck pone a disposición de su audiencia una herramienta que visualiza los datos de víctimas que se han registrado como tales, en cada uno de los 1.102 municipios del país por cada uno de los doce tipos de delito que maneja el Registro Único de Víctimas.

Las víctimas que ha dejado el conflicto armado en Colombia desde 1985 superan el número de habitantes de Antioquia e igualan al de Bogotá. Según el Registro de la Unidad para las Víctimas, el conteo, a septiembre de 2016, llega a 7.936.566 personas afectadas por la violencia guerrillera o paramilitar de los últimos 31 años.

Si se suman las víctimas de la delincuencia organizada -es decir, las llamadas Bacrim o Grupos Armados Organizados (GAO), que no se consideran parte del conflicto, pero que también generan mucha victimización con sus acciones-, la cifra llega a 8.2 millones.

En su segunda entrega de datos abiertos, Colombiacheck depuró, organizó y analizó la información del Registro Único de Víctimas, para elaborar un mapa* en el que los usuarios pueden ver cuántas víctimas produjo cada suceso -secuestros, desplazamientos, homicidios, desapariciones, agresiones sexuales, etc.- en cada municipio del país, entre 1985 y 2016.

De este modo, los datos muestran que los municipios con más personas afectadas por cada tipo de acción dentro del conflicto están en Córdoba, Antioquia, Putumayo, Valle del Cauca, Arauca y Nariño. El siguiente gráfico muestra los rankings de los cinco municipios con mayor número de personas afectadas, según cada delito:

 

 

De 12 delitos que reconoce la ley como formas de victimización, Medellín (Antioquia) se encuentra en nueve escalafones. Policarpa (Nariño) y Buenaventura (Valle del Cauca) aparecen en cuatro de esos rankings de hechos victimizantes.

En el ámbito nacional, el desplazamiento es el delito que más hogares ha tocado, con casi siete millones de desarraigados. Le siguen el homicidio, que ha generado 267.633 fallecidos por el conflicto, más 713.846 familiares enlutados; y la amenaza, por la cual se han registrado 321.505 víctimas.

Los datos muestran un repunte en el año 2000, en plena negociación del gobierno de Andrés Pastrana con las Farc, en lo que se llamó “zona de distensión” en San Vicente del Caguán. El número de víctimas por hechos ocurridos ese año llegó a 613.000, cifra que duplicó la del año anterior. Los afectados continuaron aumentando hasta el pico máximo, que se dio en 2002, cuando los flagelados por el conflicto fueron 834.000. Sólo hasta 2009 empezó un descenso, con promedios de 200.000 afectados por el conflicto cada año y en 2015 los registrados bajaron hasta las 150.000 víctimas.

Por el contrario, las víctimas de bandas criminales han ido aumentando considerablemente desde 2010, momento en el que llegaron a ser 35.000, y en esa cifra se mantuvo el reporte del año pasado.

Para ver el detalle de cada municipio, los invitamos a navegar el siguiente mapa:

Nota: el mapa incluye tanto a víctimas del conflicto armado como a las de Bacrim. Por razones técnicas, las víctimas de sucesos ocurridos antes de 1985 quedaron registradas con fecha 1984.

¿Cómo se construye la base de datos?

El registro que maneja la Unidad para las Víctimas, con el fin de reunir la información de quienes han sido víctimas del conflicto y de las bandas criminales, surgió en 2012 con la Ley 1448 del año anterior, la misma por la que se creó la Unidad.

El primer insumo fue el Sipod, el Sistema de Información de Población Desplazada, que hasta aquel momento manejaba Acción Social y que se alimentaba por un mecanismo menos completo que el actual. Hoy en día, la ley incluye 12 tipos de delito por los que las víctimas del conflicto pueden solicitar atención y reparación.

Para esto, deben dirigirse al ministerio público de su zona -personerías y defensorías del pueblo- donde hay funcionarios capacitados por la Unidad para las Víctimas para tomar las declaraciones de los afectados y diligenciar los formularios correspondientes, sea en formato físico o digital.

Luego empieza un proceso de validación de la información que según le explicaron a Colombiacheck, Nelly Moreno y Juan Carlos Ricaurte de la oficina de planeación de la Unidad de Víctimas, involucra alrededor de 33 cruces con más de 400 bases de datos de distinta índole para confirmar aspectos como número de identificación, nombre, ubicación, fechas, tipo de eventos declarados, etc.

Según el resultado de esta verificación la persona puede ser incluida o no en el Registro de Víctimas y debe ser informada máximo 60 días después de su solicitud. Pero, de acuerdo con lo que narra Moreno, hay casos en los que las defensorías prefieren acumular varias solicitudes para después hacerlas llegar a la Unidad; esto hace que el proceso de verificación empiece tarde y por ende se retrase la respuesta.

De hecho, una de esas resoluciones negativas casi lleva a la cárcel a la anterior directora de la Unidad de Víctimas, Paula Gaviria, por una tutela que interpuso la persona que se declaró víctima de desplazamiento.

Existe, además, una depuración de los datos agrupados, en la que se diferencian las personas que pueden recibir atención y reparación -en la actualidad, 6.277.107 por el conflicto y 224.108 por las Bacrim-, de las que no porque están desaparecidas, fallecieron o han sido imposibles de localizar por inconsistencias en la información reportada.

En el sitio web del Registro Único de Víctimas se puede consultar la información consolidada, que se actualiza cada mes. Estos datos son la base del trabajo que realizan las 51 entidades -32 de ellas públicas- que conforman el Sistema Nacional de Atención y Reparación integral a las Víctimas, donde éstas reciben atención inmediata, prevención, asistencia humanitaria y reparación.

“Colombia tiene el programa de reparación con más alto puntaje en el mundo porque reconoce un mayor número de daños, los criterios de selección de las víctimas son muy amplios, las formas de reparación son variadas e identifica diferentes beneficios de acuerdo al tipo de víctima”, reportó Semana, según lo que halló en un informe de la Universidad de Harvard que evaluó el programa. La auditoría encontró también retos enormes en términos de los esfuerzos que tendrá que hacer el país para lograr atender y reparar a todas las víctimas que pretende cobijar.

Descargue aquí las cifras actualizadas de víctimas del conflicto.


*Procesamiento de datos y mapa: Esteban Ponce de León