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Sábado, 12 Agosto 2017

Mujeres que sanan las heridas que en otras dejó la guerra

Por Paola Andrea Gómez Perafán

Ángela Tovar y Cristina Quintero abrigan con su oficio a quienes sufrieron los abusos sexuales de los grupos armados en el valle del Cauca. Las apoyan para que no sientan culpa, para que quieran su cuerpo. Historias de reparación.

Cristina: “Lograste sobrevivir y estás aquí. Sobreviviste a cien guerrilleros que llegaron a tu casa a comerse todo y a decirte que te largaras. Pudiste morir de un infarto, pero sobreviviste, tu cuerpo fue capaz de salir adelante. De resistir tres días de caminata sin comer. ¿Eso no es fortaleza, acaso? Tenemos que empezar a transformar a través de la palabra. Si te dicen víctima, la palabra te pone chiquita, pero cuando se habla de sobreviviente, se piensa “fue superior a qué”, “fue capaz de salir de”. Es diferente decir “sobreviví a 10 hombres que abusaron de mí y aquí estoy”. Sobreviviente es una palabra formativa, la mujer cambian su postura, se empodera”.

Ángela: “Somos destinatarias del dolor. Las recibimos con esos brazos de protección, porque muchos aspectos de su vida han sido desajustados y es nuestra responsabilidad llevarlas otra vez a esa seguridad. Y estoy aquí como mujer, como profesional, para escucharlas y me doy a eso, al cuidado. Es un paso a paso, y que ese dolor oculto en su corazón pueda ser de cierta forma recibido con respeto y responsabilidad. Sentimos una admiración profunda por ellas. A veces les digo, “Pero por Dios, mujer ¡cómo has hecho!”. El componente fundamental es el amor. Encontrarme con la otra persona desde la humanidad. Para mí estar aquí, con ellas, es una opción de vida”.

Cristina y Ángela están unidas por algo más fuerte que un lazo de consanguinidad; están unidas por un oficio que las tiene reconstruyendo lo que es tan difícil de reconstruir: el espíritu. Y ese sentimiento de humanidad que aflora en cada una de sus palabras funciona como un engrudo que les permite unir los pedazos resquebrajados en que muchas mujeres quedaron convertidas, después de que su cuerpo fuera violentado con la sevicia de la guerra. Como cuando se quiebra un espejo y los trozos de vidrio quedan sobre el suelo, afilados y dispersos. Como cuando pasa el tiempo y el espejo sigue ahí, en el suelo, en mil partes, sin reflejo, sin brillo. Y luego alguien trata de juntar las piezas y repararlo, con un cuidado inmenso. Hay señales que no desaparecerán, que se quedan ahí para hacer memoria. Pero el espejo reconstruido habla de una resistencia, que solo es explicable por el milagro de la resiliencia.

Cristina y Ángela fueron a la universidad para aprender a sanar las heridas de la mente. Y con el tiempo terminaron abrigadas bajo el mismo rótulo que en la posguerra de una Colombia con más de ocho millones de víctimas se conoce como reparación. Ellas son mujeres que reparan mujeres, y su función es atender a quienes fueron víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual. Su trabajo no aparece en las noticias, es anónimo, pero sí su rastro en decenas de relatos que dan cuenta de que en Colombia la guerra sí tuvo rostro de mujer.

Cuestión de humanidad

Ángela decidió el rumbo de su carrera cuando cursaba el último año de sicología. Entonces, en el 2003, el país vivía la crudeza del paramilitarismo y la guerrilla, que en muchos casos confinaba a comunidades enteras a vivir aisladas y enmudecidas. A padecer la guerra que en el campo se sintió de manera distinta a la ciudad. La joven caleña, de 21 años, se enrutó hacia el Magdalena Medio para trabajar allí seis meses de sicología social. Luego estuvo dos años en una vereda de Tumaco, azotada por el conflicto. Siguió el camino a Tierra Alta, Córdoba, pasó por Arauca, por Acacías y se estacionó un buen tiempo en el Cauca, en Jambaló, Toribío, Corinto y el Naya.

“¿Por qué decidí hacerlo? Mis papás me hablaban del servicio, también nos hacíamos cuestionamientos sobre cómo hacer algo y no quedarse en el discurso… ellos son muy humanos, creo que esa también era la apuesta”.

Cristina es sicóloga de la Universidad de Manizales. Durante cuatro años trabajó en Buenaventura con la Cruz Roja Internacional y con la Colombiana, atendiendo a las familias afectadas por la desaparición forzada. Era justo la época en que estallaron los problemas sociales más complejos del Puerto. Y para ella fue una dura escuela que afianzó su compromiso con quienes han padecido el conflicto. Hace tres años trabaja en la Unidad para las Víctimas del Valle del Cauca.

En este departamento, por ejemplo, de las 557.583 personas que declararon haber sido víctimas en hechos registrados en el Valle, 288.261 fueron mujeres. 196.873 de ellas fueron amenazadas; 4.132, torturadas; 18.368, abusadas sexualmente según el registro nacional de información de la Unidad de Víctimas.

“Muchas mujeres llevan 5, 6 y 7 años de haber vivido esa situación (abuso sexual) y han hecho lo que han podido para sobrellevarla. Uno de los mecanismos de defensa del ser humano es olvidar. Que no se enteren, callar. La violencia sexual ha sido sufrida en silencio en Colombia y estamos seguras de que las estadísticas son mucho más bajas de lo que en realidad pasó”.

Huellas en la piel

Perder el dominio de su cuerpo las hizo también perder el valor. Sentirse pequeñitas. Como si lo único sobre lo que se tiene pertenencia absoluta en la vida ya no fuera de ellas. Y con ganas de arrancar las huellas que el abuso dejó marcadas en su piel. Por eso, con el cuerpo empieza esa reparación.

Cristina relata que en esas primeras sesiones se ve mucho dolor, que se ha quedado enclaustrado en el cuerpo. Incluso, somatizan dolores en el útero, en la cabeza, en los senos. Dolores que se combinan con el pensar cómo hacer para no volver a sufrir lo innenarrable.

“Hay una sesión de autorreconocimiento. Cómo percibo mi cuerpo. Ese fue el territorio vulnerado. Ellos me accedieron, entonces cualquiera puede hacer lo que quiera conmigo. Rechazan su cuerpo. No lo quieren porque fue usado como un objeto. Muchas mujeres quedan marcadas. Todos los días se acuerdan de esa situación”.

Ángela define lo que le pasa a estas mujeres como un flash back, porque el cuerpo les recuerda lo que sucedió. Tabiques lastimados, quemaduras, problemas de matriz, recto lastimado, aparato reproductor destrozado.

“La mente evoca lo que ocurrió mientras te estas bañando y sientes la cicatriz. Entonces hacemos esos acompañamientos de escuela del cuerpo con mucho amor. Los acompañamos con instrumentos y tamboras, con recorridos del espacio físico, relajación y una toma consciente del cuerpo. Puede pasar que estemos hablando del espacio inicial, de quiénes somos, de nuestros nombres y de repente algunas se conectaron y sin preguntar abren su corazón y cuentan su historia. Ya con la voz de la primera se abren las voces de las demás. A través de alguien, también podemos estar hablando nosotras”.

¡No fue tu culpa!

La terapia continúa. Ellas se van reconociendo, abren su corazón, recobran la dignidad, la confianza. Pero hay algo que quizás es más difícil de desaparecer que las mismas cicatrices grabadas en su cuerpo: la culpa. Para Ángela, el trabajo empieza por ser conscientes de que no fueron culpables, volverlo pensamiento. Y esa resignificación de lo ocurrido lo elabora cada mujer, en su intimidad.

“No fue tu culpa. La culpa fue del agresor. Eso hay que repetirlo: no fue mi culpa ni antes, ni durante, ni después. No fue mi culpa si estaba en el río sola, si le di un vaso de café, si quedé en embarazo y decidí no tenerlo. Sin juicios, todo eso permite la recuperación”.

Cristina enfatiza que es un tema que se trabaja con mucho diálogo.

“Muchas piensan: me debí haber ido, no debí pasar por esa carretera. Hablamos de la violencia sexual como una estrategia de guerra, que se usó para levantar la moral de las tropas. Les daban la orden: “coja la mujer que le gusta y hágale”. Como un premio. Empezamos a desmitificar el asunto de “no debí estar allá” y a ver que la guerra me puso en ese lugar que no pedí. Cuando hablan se genera una sanación”.

¿Y cómo no afectarse?

La reparación de una mujer que ha sido abusada no se da de la noche a la mañana. No es como repararle el motor a un vehículo. Se necesitan horas, días, meses. Porque el cuerpo humano no funciona con pistones y la mente no es un chasis que se repone y sigue andando. Y después de tantas consultas donde el horror se sienta en el diván y transmuta de mujer a mujer, como si hubiese sido una violación en serie, las huellas van quedando también en quien se sienta a escucharlas.

Le pasó a Cristina, la sicóloga. Ella también sintió la desprotección. El año pasado abordó de noche una guala que la llevara a su casa en la zona rural y cuando iban en medio de una carretera solitaria se dio cuenta de que era la única mujer que iba en el vehículo, con el conductor y varios hombres más.

“Me entró el pánico y le dije al conductor: pare que me voy a bajar. Empecé a caminar y me di cuenta que así me estaba exponiendo más. Entonces supe que un relato de una señora a la que abusaron diez paramilitares había quedado, entró a mi consciencia sin filtro y esa angustia me llegó. A los días fui con un terapeuta”.

“Ahora, cuando escucho los relatos, abro las manos, respiro, dejo que ellas hablen, que lloren y pienso que va fluyendo, que soy como un colador y me imagino que va saliendo por las manos, transformado. Intenciono la respiración, pensando que ese relato y las lágrimas son de sanación”.

Y hay que encontrar maneras para sanarse. Ángela, por ejemplo, cuenta que últimamente está llorando más.

“Lloro hasta aquí (se queda en silencio y sus ojos lo dicen todo). Ahora me lo permito. En mi intimidad o con mis colegas, lloro. Y creo que ese es un mecanismo que me permite manejarlo. Cuando no es a través de la palabra, procuro moverme. La música para mí es esencial. Correr, trotar y salir a bailar salsa, como terapia. Caminar descalza sobre el prado, abrazar árboles”.

“Tengo una energía fuerte y optimista siempre. Me gusta el contacto físico, me agarro a la persona, doy un abrazo sincero y sin pena”.

En sicología hay algo que llaman enfoque de daños que trata de explicar ¿qué se hizo con la vivencia de la violencia? Cristina explica que después de la atención, del medicamento siquiátrico, hay un proceso necesario para que el ser humano resignifique esa historia y se dé cuenta que ha desarrollado recursos para salir adelante. Y que cuando las ve muy tristes les habla de las dos opciones: o sobrevive, o se enferma y se muere, o se suicida. Hablan de eso. ¿Por qué han sobrevivido? ¿Cómo lo lograron?

Hay una historia que Cristina recordará siempre. Ocurrió cuando acompañó una entrega digna de cadáveres. Allí conoció a una señora que fue testigo y vio cuando los paramilitares cogieron a un grupo de jóvenes, entre ellos a su hijo, los llevaron al cementerio, los pusieron a cavar su propia tumba y luego los mataron.

La señora se subió a un árbol, vio cuando mataron a su hijo y en qué fosa quedó. Se fue con todo el dolor y después de unos años fue a la Fiscalía y pidió que fueran por el cuerpo de su hijo. Pero le dijeron que no se podía, por seguridad.

Pasaron los años y ella ingresó a un instituto y estudio criminalística. Tan pronto tuvo su tarjeta profesional se fue a ese cementerio le mostró al sepulturero una resolución que se inventó y le dijo que iba a exhumar a una persona. Contó los huesos de su hijo, los reconoció y se los llevó. Se fue a la casa, armó el esqueleto y revisó que no le faltara ningún hueso; lo guardó en una caja y lo llevó a la Fiscalía. “Aquí está mi hijo para que me lo entreguen oficialmente”, les dijo. La Fiscalía se demoró tres años con el cuerpo, le hicieron la prueba genética y se lo devolvieron para darle sepultura.

“Esa historia me marcó la vida, el amor de una mamá. Logró aguantar, esperó el proceso, el temor que tenía, maquinó todo. Ella ahora está bien porque decía que había recuperado a su hijo y ese era su objetivo. Lo que nos queda es precisamente visibilizar esas historias y dignificarnos como sociedad. Nos hicimos daño, mucho daño, pero ¿qué fue lo que hicimos con ese daño? Este conflicto ha sacado lo peor y lo mejor del ser humano, que no tiene límites cuando se propone sobrevivir”, dice la terapeuta.

Cristina cuenta que su familia está orgullosa de ella. Que el año pasado en un encuentro en Bogotá llamaron a sus familiares para que grabaran un video. Y en el suyo, su esposo y su hija le decían que la admiraban.

“A mi esposo hace seis años lo secuestraron en la vía a Dapa. Fue un secuestro extorsivo, cuando lo soltaron, toda la familia que vive afuera nos dijo: “vénganse”. ¿Yo por qué me tengo que ir de mi país? ¡No me quiero ir porque este es mi país! Aquí tenemos que saber vivir como sociedad y le apuesto a este país. Este año estando en el barrio Guayaquil, saliendo con mi carro me pusieron una pistola, me robaron la luna del carro. Me fui en pura y sentía un quemón como si me hubieran disparado. A pesar de eso pensaba en las víctimas, las abusaron y sobrevivieron. Yo tengo que seguir. Es lo que más me ha enseñado este trabajo. La fortaleza. Me pueden dar un diagnóstico de cáncer y pienso que tengo que ser capaz, porque he aprendido la fortaleza que hay que tener. Eso no me lo hubiera dado ningún trabajo en el mundo”.

Para Ángela hay muchas tareas que tenemos como sociedad, en el reconocimiento de la mujer, “es que en la sociedad patriarcal en que vivimos siempre ha puesto a la mujer en lo privado y al hombre en lo público y así se han construido los roles”.

Su tesis de maestría se titula “Arreglos de género, en la comunidad de El Arenillo, Palmira”, donde la comunidad soportó años de violencia y presencia guerrillera y paramilitar. Esos arreglos de género son un concepto del Centro Nacional de Memoria Histórica, donde se explican las relaciones entre los hombres y mujeres.

“Hay unos arreglos que son patriarcales, totalitarios, donde las decisiones las toma el hombre y son impuestas a través de la violencia. Comunitarios, donde también el hombre toma la decisión. Y los democráticos, donde ambos conversan y toman decisiones en conjunto. A eso es a lo que se debe apuntar”, dice.

“Las personas que son contemporáneas tienen su trabajo, su hijo su matrimonio tradicional, yo no. ¿Y usted qué? me preguntan. Sin ser activista como tal, pienso que nosotras como mujeres tenemos derecho a la elección. ¿Por qué las lágrimas o sentirte triste es sinónimo de que eres mujer o eres débil? Hay que comprender que eso es humano y hace parte de tu fortaleza. Soy Angela María, mujer, crítica, perfeccionista, intensa, sonriente, utópica, ‘nubeluz’, lloro y siento tristeza”.

Hay que tener sensibilidad humana. Si hacemos memoria, que sea con sentido transformador, no solo dolor. Y simultáneamente, reconocer la verraquera de estas mujeres. El conflicto ha permeado todas las esferas de una forma increíble. Hasta que nos acostumbremos algún día a la igualdad.

Esperanza y su paso del dolor a la valentía

Esperanza es una de esas sobrevivientes que se repusieron a la guerra. Fue secuestrada, abusada sexualmente, desplazada y amenazada de muerte. Tuvo que salir huyendo de la vereda La Palma del municipio Roberto Payán en Nariño, a orillas del río Patía. Ahora vive en el centro del Valle del Cauca y por un buen tiempo ayudó a otras mujeres que como ella sufrieron la sevicia del conflicto en el Suroccidente.

“Ángela (la sicóloga) fue la primera persona con quien hablé de mi historia, después de doce años de guardarla en silencio. Ella se convirtió en esa amiga, en la mujer que me escuchó. Tiene una luz grande, de entrada te acoge y no te ve como pobrecita”, explica Esperanza.

“Tuvo mucho tacto, las palabras adecuadas, respetó el momento de silencio. Sabe cómo sacarte de ahí. Hubo mucho dolor y llanto, pero también hubo risa”, agrega.

“Después de haberse uno denigrado como mujer, de sentir que tuve que haber hecho esto o lo otro para evitarlo, entendí que me debía amor, que no era culpable. Y vi cosas que antes no veía en mí. Como ser valiente. Ese era un valor que no me conocía. Ella me decía: tú eres una mujer valiente y te tienes que querer. Yo la quiero mucho y tengo tanto que agradecerle...”.

“Son un ejemplo”

“Con las mujeres víctimas de delitos contra la integridad sexual se viene haciendo un trabajo muy sentido, que ha dejado profunda huella en todos los que hemos tenido la oportunidad de conocerlas. En estas mujeres valientes y valerosas hemos visto ejemplos admirables de resiliencia y perdón. Con algunas el trabajo comienza por poder tan siquiera hablar sobre lo que pasó, por encontrarse con otras mujeres que vivieron cosas similares, generando lazos de solidaridad que las ayudan también a sanar”, Fabiola Perdomo, Directora Territorial Unidad para las Víctimas Valle del Cauca.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta investigación fue publicada originalmente en El País.
Sábado, 28 Octubre 2017

Tierras productivas, el reto para las víctimas restituidas en el Valle

Por Cristhian Barragán

10 familias a las que les despojaron sus tierras en medio del conflicto intentan rehacer sus vidas en un predio a 15 minutos de la zona urbana de Cali. Ya tienen la tierra, pero les falta el agua potable y ayuda para que sus proyectos productivos sean sostenibles.

Cuando Miguel* llegó en octubre de 2013 al predio que le dio la Unidad de Restitución de Tierras recuerda que “era un peladero, donde no había nada”. Tenía sentimientos encontrados: satisfacción por tener de nuevo la tierra para vivir y trabajar y nostalgia de tener que empezar desde cero.

Él, su esposa y sus tres hijos llegaron junto a nueve familias más de diferentes rincones del Valle del Cauca a un predio de 14 hectáreas en el corregimiento El Hormiguero, a 11 kilómetros de la zona urbana de Cali. La familia de Miguel fue una de las primeras en instalarse hace cuatro años y las demás fueron llegando después. No solo los une su pasado, sino la tierra que hoy comparten y trabajan.

Estas 10 familias tienen en común que un juez de tierras reconoció que fueron despojadas de sus predios, pero ninguna pudo recuperar sus tierras originales, pues en algunas zonas no había condiciones de seguridad para retornar y, en otras, el predio se encontraba en zona de reserva forestal. Entonces se les entregó en compensación un predio que estaba en extinción de dominio.

Según Sandra Paola Niño, directora de la Unidad para la Restitución de Tierras (URT) del Valle del Cauca y el Eje Cafetero, las familias escogieron su nuevo predio luego que la entidad les mostrara distintas opciones de terrenos en el Valle del Cauca con características similares a las que perdieron.

En este caso los jueces de restitución ordenaron, entre otras cosas, que se garantizara el acceso al agua a estas familias y la construcción de viviendas. Sin embargo, luego de casi 4 años de proferida la primera sentencia, ningún predio cuenta con el servicio de agua potable y solo a cinco familias el Banco Agrario les construyó casas con servicio de luz - aunque no tienen registro en curaduría urbana para legalizar la vivienda-. Las otras cinco familias han construido casas improvisadas con recursos propios o no habitan actualmente en sus predios.

Bajo ese panorama no ha sido fácil conseguir que las tierras sean productivas y les den lo suficiente para vivir como aseguran lo hacían antes de ser víctimas. Una historia que se repite entre las familias víctimas de despojo y abandono a causa del conflicto armado y es uno de los principales retos de la Unidad de Restitución de Tierras, entidad que hace parte de los mecanismos de justicia transicional que creó la ley 1448 del 2011 o ley de víctimas para garantizar a las familias una reparación integral y no solo una restitución y formalización de la tierra.

Pero Miguel tiene claro que, aunque ha recibido ofertas, no va a vender su tierra: “nuestra mentalidad debe ser quedarnos aquí y trabajar en nuestros proyectos productivos”. Agrega que es lo único que le puede dejar como herencia a sus hijos.

Según cifras de la URT, hasta el 31 de julio del 2017 en el Valle del Cauca a 450 familias les han restituido con cerca de 8 mil hectáreas. “Aún hay 90 solicitudes pendientes en Cali y esperamos resolverlas finalizando el 2017 o antes; en su mayoría en zonas rurales, aunque también hay predios urbanos”, indicó Sandra Niño.

1) Camuro, raza de ovino de origen africano o más conocido como oveja de tierra caliente. 2) Miguel preparando la tierra que está en proceso de convertirse en abono orgánico. 3) Cosecha de diferentes tipos de ajíes para prepararlos en conserva. 4) Huerta a medio metro de altura para evitar que las inundaciones dañen la cosecha. Fotos: Cristhian Barragán

Con tierra, pero sin agua

Miguel no olvida las palabras del abogado de la URT cuando le entregaron su predio: “esa tierra es suya, usted verá si la deja perder”. Por eso, pocos meses después de que le entregaron sus dos hectáreas, no lo dudó en irse a vivir a un establo improvisado de 4 por 3 metros que construyó en el predio.

Duró casi un año y medio viviendo en un terreno que se inundaba cada vez que llovía, con la esperanza de brindarle a su familia de nuevo un hogar estable. Durante ese tiempo, acondicionó poco a poco el predio y finalmente en junio de 2015, con apoyo de la Tercera Brigada del Ejército, adecuaron los terrenos y limpiaron las acequias, los drenajes y el canal de riego, para evitar que lo afectara de nuevo la ola invernal.

Ahora vive con su familia en una construcción sencilla en obra gris de alrededor de 35 mts2, construida por el Banco Agrario. Iniciaron también sus proyectos productivos para garantizar su seguridad alimentaria, pero también con la idea de obtener ganancias.

Como no cuentan con agua potable, han tenido que hacer un pozo de poco menos de 7 metros y con una pequeña bomba eléctrica extraer el agua que usan para labores agropecuarias y para el aseo. El agua para consumo personal la suministra Emcali cada dos días con cuatro tanques de agua medianos que suman 1.500 litros.

En la última audiencia de seguimiento post-fallo del 23 de junio del 2017, el juez Fander Lein Muñoz Cruz, del Juzgado Primero Civil del Circuito Especializado en Restitución de Tierras de Pereira, instó a la Secretaría de Vivienda y Hábitat de la Gobernación del Valle del Cauca a “presentar informes mensuales de los avances de la construcción e instalación del acueducto de múltiples usos”, sin embargo, el contrato, que se firmó el 29 de marzo del 2017 y que se suponía tendría una duración de 6 meses, en la actualidad está temporalmente suspendido.

Según Guido Briceño Méndez, ingeniero de la Secretaría de Vivienda y Hábitat del departamento, las demoras se deben a que en julio pasado el municipio recuperó la certificación en agua potable y saneamiento que le otorga la Superintendencia de Servicios Públicos y ahora la competencia para realizar la obra es de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos de Cali, Uaespm.

El Gerente de la Uaespm, Rubén Olarte Reyes, asegura que está esperando respuesta de la URT, pues parte de los predios donde se hizo el estudio para el acueducto fueron entregados a una nueva familia compensada, lo que impide continuar con la obra.

1) Mercado orgánico, un espacio que organiza el Dagma para mostrar los productos de las familias que viven en zonas rurales de la ciudad. Foto: cortesía Dagma. 2) Empacando los productos que llevarán al mercado orgánico en la Plazoleta Jairo Varela. 3) Productos en conserva listos para ser comercializados como los ajíes y el adobo para carnes. Fotos 2-3: Cristhian Barragán

En busca de proyectos productivos sostenibles

Este nuevo predio es muy distinto a la finca de 13.7 hectáreas que Miguel tuvo que abandonar en 1999 por amenazas de las Farc. Recuerda con nostalgia y orgullo que en su anterior predio, que era de clima frío, sembraba mora de castilla, lulo, tomate de árbol y tenía ganado.

En este nuevo predio tiene, en cambio, seis plantas de papaya y más allá un galpón para 15 gallinas ponedoras y de engorde; al frente un comedor al aire libre y el fogón de leña; a la izquierda, a unos 10 metros, construyeron la huerta donde han sembrado tomates baby cherry, tomates cherry, cebolla larga, cilantro y varias clases de ajíes; a un lado de la huerta hay cuatro camuros, una raza de ovinos de origen africano, y en la parte de atrás de la casa están pastando siete reses. Además, producen abono orgánico y tienen un proyecto de lombricultura.


Esto lo construyó gracias al incentivo de 40 salarios mínimos que la ley ordena se entregue en tres fases durante dos años para desarrollar un proyecto productivo.

Reconoce, sin embargo, que llegar a ese punto no ha sido fácil, “Los procesos en el campo toman tiempo, hay que volver a domesticar la tierra y nosotros ya no tenemos la misma fuerza de antes para sembrar”. Agrega que luego de dos años de iniciar con su proyecto apenas están viendo ingresos ocasionales de su trabajo.

Y eso pasa con el resto de las familias, pues según dicen, el problema es que aún no han logrado hacerlos sostenibles. El primer obstáculo es la comercialización de los productos, pues no cuentan con los medios para costear el transporte. Aunque sus predios se encuentran a tan solo 11 kilómetros de la zona urbana de Cali, para sacar los productos tienen que recorrer a pie durante 20 minutos una carretera destapada hasta llegar a la Avenida Cali – Jamundí, donde pueden abordar un bus intermunicipal que los lleva hasta la terminal o esperar el alimentador del MIO que puede tardar entre 20 y 40 minutos en pasar.

A esto se suma que el terreno es propenso a inundarse cada vez que llueve, debido a que tiene reservas de agua subterránea que alimentan al Río Cauca. Por tercer año consecutivo, en el mes de mayo, la ola invernal causó inundaciones que dañaron gran parte de sus cosechas.

La situación es preocupante, pues esta es su única fuente de ingreso y pasados los primeros dos años del proceso de restitución se terminan beneficios de la ley como la exoneración de pago de servicios públicos e impuesto predial. Miguel ha tenido que pagar el servicio de luz, que les cuesta alrededor de 60 mil pesos mensuales y el impuesto predial del año pasado, que le llegó por más de un millón y medio por ser un sector categoría 7. Impuesto que aún no ha podido pagar.

“Las víctimas restituidas reciben una asesoría técnica de la URT para sus proyectos productivos y de hecho hacemos un acompañamiento aún después de dos años que según los términos se cumple el proceso legal, porque entendemos que lo necesitan”, asegura la directora de la URT del Valle del Cauca. Agrega que también se han ofrecido cursos en el SENA sobre formulación y planeación de proyectos, asociatividad, huertas caseras, bioseguridad y poda a frutales.

Según datos de la URT, a las familias de este predio se les han entregado cerca de 224 millones de pesos para nueve proyectos productivos de avicultura, pecuarios, frutales y ganaderos. En el departamento se han entregado más de 5 mil millones de pesos.

1) y 2) Miguel cosecha en su huerta tomates cherry, baby cherry, cilantro, cebolla larga, ajíes, entre otros. 3) El proyecto productivo cuenta con tres reses y cuatro terneros los cuales pastan en el mismo predio. 4) Las gallinas de engorde y ponedoras son parte de la producción propia de alimentos. Fotos: Cristhian Barragán

De acuerdo con las familias, la URT les ha cumplido con la entrega de las tierras y con el acompañamiento técnico y profesional, pero no han recibido el mismo apoyo de las entidades del municipio y del departamento para sus proyectos productivos, especialmente en la búsqueda de articular proyectos con la empresa privada que menciona la ley de víctimas en su artículo 33 sobre la “participación de la sociedad y la empresa privada”.

Estas familias han trabajado la tierra toda su vida y ahora esperan que su predio sea igual o más productivo que antes. Consideran que los recursos que les entregaron para proyectos productivos son un “capital semilla,” pero requieren más inversión para realmente lograr ser sostenibles.

Proyectos productivos Valle del Cauca:

(Haz clic en cada árbol para ver más detalles)

Asociarse es el camino

En busca de fortalecer sus proyectos productivos, los campesinos restituidos decidieron este año unirse y crear la “Asociación Productores Orgánicos Víctimas Compensadas por Restitución de Tierras”, Asprovicort. Con esto lograron desde hace tres meses participar en su primer y por ahora único espacio de comercialización de sus productos denominado “Mercado Orgánico”, actividad que adelanta el Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente, Dagma, cada 15 días en la Plazoleta Jairo Varela.

Las familias se unen cada quince días para llevar a este espacio productos como huevos, ajíes en conserva, ajo en polvo, tomate cherry y baby cherry, papaya, dulce de papaya verde, tomate, adobo para carnes, abono orgánico y diferentes productos que puedan transportar y conservar fácilmente.

Por medio de este espacio, que consideran una oportunidad de socializar con la comunidad, han tenido contacto con restaurantes como Platillos Voladores, ubicado en el Barrio Granada, que de vez en cuando les compra sus productos y también reciben en ocasiones el apoyo de otras organizaciones como la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria, Umata, y la Escuela de Carabineros.

Estas familias coinciden en afirmar que “asociarse es el camino para ser más fuertes como comunidad” y para seguir fortaleciendo sus proyectos productivos, porque saben que es la única forma de garantizar su sostenibilidad. Esperan también en un futuro próximo poder ofrecerle a la ciudad “un espacio donde cualquier visitante encuentre una gran variedad de productos orgánicos”, como un mensaje de esperanza y reconciliación.

*Se reserva el nombre a petición de la víctima

 

Investigación realizada bajo el proyecto “CdRLab Justicia Transicional” de la organización Consejo de Redacción, con el apoyo de la AGEH