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Sábado, 12 Agosto 2017

Comadreando se resiste la violencia en Buenaventura

Por Tatiana Navarrete

Paso a paso y sin hacer mucha bulla, las mujeres del puerto han creado una red de confianza para desenterrar las violencias que pasan inadvertidas a los ojos de las autoridades.

Son las nueve de la mañana y el calor húmedo se hace cada vez más intenso en el puerto de Buenaventura. Faltan dos horas para el estreno de la obra de teatro de la ‘Red Mariposas’ y las comadres no paran de reír. Cada carcajada es más fuerte que la otra.

“Mija, déjate de risas que tú tienes el papel de la violada”, grita la mujer que está a cargo del ensayo. Pero las risas continúan.

La dramatización de una violación por parte de hombres de un grupo armado será la excusa para explicar la ruta de atención. La pieza teatral resume lo que las denunciantes viven en Buenaventura: amenazas de las bandas, vecinos que culpan a la víctima –por cómo estaba vestida– y funcionarios que desacreditan las denuncias.

Aunque todas han vivido la violencia en carne propia, es la primera vez que actúan y están nerviosas. Los diálogos se les olvidan y las risas se les escapan. Esa misma risa que se ha convertido en su terapia.

“Aunque esto es pan de cada día en Buenaventura, ustedes saben que cuentan con ‘las Mariposas’. Acuérdense que no están pidiendo favores, están reclamando sus derechos”, concluye la narradora de la obra ante un auditorio de por lo menos 30 mujeres.

La obra es solo una más de las decenas de actividades que la ‘Red Mariposas de Alas Nuevas Construyendo Futuro’ se ha ingeniado para extenderse con cautela por Buenaventura. En algunos barrios se han hecho famosas por sus comadreos, como le llaman a las reuniones de mujeres.

En estos ‘las Mariposas’ buscan a jovenes y adultas para contarles qué es el autocuidado, cómo hacerse un examen de seno y cómo usar las plantas medicinales para tratar enfermedades. Pero cuando van ganando confianza comienzan a hablar de la violencia física, psicológica y económica que se vive en el Puerto. Asesoran sobre las rutas legales y les prestan apoyo psico-espirtual a quienes hayan sido maltratadas.

Los comadreos son además un intento por destruir la falsa creencia que la violencia debe quedarse de puertas para adentro. Por eso, las han llamado sapas, desocupadas, destruye hogares y hasta pervertidas. Insultos que no se toman a la ligera, no en Buenaventura.

Pues cada paso tiene que ser analizado con detalle, porque no a todos los jefes de las bandas les gusta su trabajo y hay barrios a los que les han impedido la entrada. “Las cosas están prendidas bajo el agua y acá todo el mundo tiene su padrino, sino es de un grupo, es de la Policía”, cuenta a VerdadAbierta.com una mujer que ha trabajado activamente durante diez años en los barrios del puerto. “Yo creo que, si nos visibilizáramos mucho, no existiríamos”.

Y es que Buenaventura no ha sentido la calma de un proceso de paz que se implementa con las Farc, ni los diálogos que lentamente avanzan con el ELN. En el puerto mandan las bandas que nacieron luego de una fallida desmovilización paramilitar: ‘La empresa’ y ‘El Clan del Golfo’ (también llamados ‘Gaitanistas’ o ‘Urabeños’) se dividen los barrios.

“En ese momento el territorio le pertenece a los paramilitares. A los que no permiten hacer reuniones sin autorización, a los que no dejan entrar a los barrios a ciertas horas. Es que si una persona es desconocida la desaparecen”, explicó la líder.

A esto se suman las decenas de desplazados que siguen llegando desde la zona rural de Buenaventura y del vecino departamento del Chocó, donde el ELN y los ‘Gaitanistas’ se enfrentan para quedarse con los territorios que han dejado las Farc. (Ver: Grupos armados ilegales y ausencia del Estado incendian el sur de Chocó)

A finales de 2016 se organizó un torneo de futbol entre los grupos, o los ‘del cuento’ –como los llaman todos en Buenaventura–, donde se rumora que las bandas pactaron el desmonte de algunas fronteras invisibles. Desde otras regiones estaban llegando nuevos miembros a las bandas y, como no conocían los barrios, muchos fueron asesinados por equivocarse de cuadra.

Sin embargo, esta tregua no tuvo un efecto sobre los maltratos que a diario viven las mujeres.

Armas que controlan las vidas y los cuerpos

Para develar dichas violencias, entre octubre y noviembre de 2016 la red ‘Mariposas’ aplicó una encuesta, en conjunto con la Casa de la Mujer. Los resultados, que aún no son públicos, son desoladores.

“Al comienzo todas nos decían: ‘No, a mí nunca me ha pasado nada’”, recuerda una de las encuestadoras, “pero cuando se daban cuenta de que nosotras también sabemos lo que es vivir con miedo, que también nos han matado a nuestros hijos y esposos, que también nos han golpeado, ahí nos hicimos comadres”.

Todo comienza cuando son menores. En algunos colegios del puerto se han descubierto redes de prostitución. Donde los mismos niños son contratados como proxenetas, “son pelados de 12 años que les dicen “necesitamos unas niñas así y así”, entonces comienzan con gastarles en el recreo e invitarlas a cine”, explica otra de las encuestadoras. “Son niñas, pero también niños, a los que convencen con un nuevo celular o con un pantalón de tal marca”. El dinero recolectado va directo a las arcas de las bandas.

Otra situación viven las mujeres –sobretodo menores– que son “elegidas” por el jefe ‘del cuento’. Este es uno de los mayores temores de las madres, pues como si se tratara de un supermercado, el delincuente escoge a una mujer para obligarla a ser su pareja. “Es como si esa niña le perteneciera, entonces las tienen vigiladas”, cuenta una líder de Buenaventura que en su adolescencia vivió esa tragedia. “Me tuve que encerrar casi un año en mi casa, porque el señor no me permitía ni salir del barrio, incluso si iba con mi mamá. Me salvé solo porque lo mataron”, detalla.

Hoy estas mujeres tienen ‘campaneros’ que las persiguen y mantienen a los jefes ‘del cuento’ al tanto de sus movimientos, lo que hace imposible que ellas se acerquen a la Fiscalía a poner cualquier tipo de denuncia. “Solo pueden ir del colegio a la casa y de la casa al colegio”, relata una líder comunal.

Las parejas de los jefes de las bandas –sean obligadas o no– sufren todo tipo de violencia que no se denuncia. ‘Las Mariposas’ encontraron casos aterradores: una mujer a la que su esposo le quemó el pecho por usar escote, otra a la que su marido agarró del pelo y arrastró por todo el barrio, unas que han sido obligadas a realizarse operaciones estéticas en contra de su voluntad y varias mujeres que deben a pagarle la mitad del sueldo a su pareja.

“Hay un control real de la vida y de los cuerpos de las mujeres”, concluye una de las líderes de la Red Mariposas, “pueden planificar solo cuando les digan. Si quedan en embarazo sin autorización, las obligan a abortar”. Hay casos también de menores teniendo varios hijos, porque su novio “no sabe cuánto va a durar y quiere que lo recuerden”.

Cansadas de esta situación, decenas de adolescentes han tenido que salir de Buenaventura hacia Cali o Bogotá. Incluso algunas han huido a otros países como Chile o Ecuador. Sin embargo, varias han muerto asesinadas antes de lograr su huida. Es tal el peligro para ellas, que la casa de acogida que la ‘red Mariposas’ creó para ayudarlas, ni siquiera tiene letreros y pocos conocen su dirección.

Los resultados de esta encuesta son entonces una herramienta para contrarrestar la versión de algunas autoridades, como la Fiscalía, que ha dicho que la violencia contra las mujeres es sobretodo intrafamiliar.

“Este ejercicio nos mostró que las cosas no son tan simples. Que la violencia cometida por grupos no es denunciada, que a veces los mismos familiares son del grupo o son protegidos por los grupos”, dice una de las coordinadoras de la Red. Sus resultados serán presentados el 12 de septiembre en la Mesa Intersectorial de violencia contra las mujeres, integrada por autoridades locales y nacionales.

La violencia que sigue silenciada

Si en el casco urbano llueve, en la zona rural no descampa. La diferencia es que en algunas comunidades la verdad está más enterrada. “Falta mucho por trabajar. A las mujeres de mi resguardo, por lo menos, los maridos no las dejan salir porque dicen que la mujer se va a la ciudad a prostituirse y coger otros vicios, a muchas les prohíben salir, pero algunas desobedecemos”, cuenta una de las pocas mujeres indígenas que hace parte de la red.

Esta líder de su resguardo se ha atrevido a hablar en público sobre relaciones sexuales, algo que no está bien visto; ha cuestionado los matrimonios de niñas de 10 y 12 años y ha llamado por su nombre lo que denominan una “borrachera”, una violación que ocurre cuando las mujeres que han tomado alcohol están inconscientes. “Los maridos me dicen que quiero destruir las familias, pero las mujeres me escuchan”.

Por eso, la red está haciendo todo lo posible por seguir extendiéndose a la zona rural. Durante más de un año conversaron con varios resguardos para que permitieran la capacitación de quince mujeres indígenas que puedan convertirse también en líderes de su comunidad.

La situación más compleja la viven en este momento los pueblos ribereños del San Juan en zona rural de Buenaventura y en el sur del Chocó. Las comunidades indígenas y afro que allí habitan han sido testigos de la expansión de los ‘Gaitanistas’ y las disputas con el ELN por tener el control de los territorios como lo ha venido advirtiendo la Defensoría del Pueblo en sus informes del Sistema de Alertas Tempranas: hay comunidades confinadas por la instalación de minas antipersonales, menores vulnerables al reclutamiento forzado y desplazamientos masivos por miedo. (Ver: Informe del SAT)

De acuerdo con el Registro Único de la Unidad de Víctimas, entre 2016 y lo que va de 2017 se han registrado más de 21.000 personas desplazadas en el Valle del Cauca y Chocó.

En algunas comunidades el desplazamiento ha sido masivo. Así sucedió en el Consejo Comunitario de Cabecera, de la zona rural de Buenaventura, cuyos habitantes salieron al casco urbano del puerto después de que el ELN entrara a la vecina comunidad de Carrá y asesinara a cinco jóvenes de una misma familia el pasado 25 de marzo.

Las 38 familias de la comunidad llevan cuatro meses viviendo en el coliseo de Buenaventura esperando que las cosas se calmen para poder retornar. En toda la mitad del coliseo, casi detrás de la cesta de baloncesto, está pegado un mapa que dibujaron de su pueblo, en compañía de varias organizaciones gubernamentales. Justo en la orilla del río San Juan dibujaron un aviso que dicen “ruta para violencia sexual”.

“Es que ese río se volvió la maldad, por ahí nos llegaron todos los males”, dice una de las mujeres del Consejo Comunitario mientras mira el mapa. Prefiere no dar detalles: “Nosotras nos cuidamos mucho entre todas, pero esa gente llegó haciendo de todo”.

Aunque es difícil aún medir el impacto de esta violencia, los primeros hallazgos confirman que las mujeres siguen siendo usadas como ‘botín de guerra’. “Allá había una muchacha que se ennovió con alguien de los paramilitares y la obligaron a salir, luego mataron a otras que eran novias de los guerrilleros. Eso pasa por igual si es con el ELN, con los paramilitares o con el Ejército”, dijo una de las líderes de Cabecera a VerdadAbierta.com

El más reciente informe de Human Rights Watch, encontró el caso de niñas de 12 años que han sido presionadas para convertirse en las parejas de los ‘Gaitanistas’. (Ver informe)

Este es el escenario al que se enfrentan las líderes sociales que a diario luchan en contra de discriminación y la violencia contra las mujeres. En este contexto viven y no están dispuestas a detenerse. Como lo resume una de las coordinadoras: “Acá pasan tantas cosas, pero nosotras, sin hacer mucha bulla, seguiremos extendiendo nuestras alas de Mariposa”.

* Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta investigación fue publicada originalmente en Verdad Abierta.
***Los nombres de las personas y de los barrios no han sido revelados para no exponer a las ‘Las Mariposas’, ni a las víctimas que decidieron hacer pública su historia.
Sábado, 12 Agosto 2017

Partería tradicional indígena: un saber salva vidas

Por Johnwi Hurtado

“En Colombia hay epidemia de cesáreas”, señaló el Ministro de Salud, Alejandro Gaviria, hace pocos días en su blog. Según la Organización Mundial de la Salud, OMS, Colombia es uno de los países donde más aumentó esta práctica en la última década.

—Acá sí que se siente el frío—, le dice un hombre a una mujer mientras se termina de abotonar la chaqueta de lana de oveja que lleva puesta. Son las 2:00 de la tarde de un viernes de junio. La temperatura no supera los 10° en Silvia, uno de los 54 municipios del departamento del Cauca. Allí los niños y niñas de la nación indígena Misak, quienes habitan el territorio de Guambía y por ello se les conoce también como guambianos, nacen en la casa con parteras o en el hospital a través de parto natural.

Los Misak son una nación indígena descendiente del cacique Payán. Según el censo del 2005 realizado por el Dane y datos de 2006 del Consejo Regional Indígena del Cauca, Cric, se estima que hay 33.670 Misak, organizados en 7.550 familias. Desde enero de este año, la gobernadora de esa nación es una mujer: mama Liliana Pechené, elegida por el mismo pueblo, pues dicen estar en la época donde el mandato lo deben ejercer las mujeres.

En muchas ciudades colombianas la partería tradicional es un saber ancestral que se ha ido perdiendo: los partos en hospitales occidentales y las cesáreas programadas han hecho que parir en la casa sea visto como una práctica arcaica y peligrosa y que la cesárea en vez de ser excepcional sea una práctica generalizada. Una moda, en una sociedad para la que la moda, no incomoda.

Pero los Misak de Silvia siguen naciendo como lo han hecho durante siglos y para preservar esta tradición la IPS-I Mama Dominga y un grupo de parteras tradicionales de su comunidad, unió esfuerzos y conocimientos para propender por el bienestar, la salud y el derecho de cada mujer a elegir en qué lugar quiere tener el parto. Un trabajo que ya arroja resultados positivos.

A 15 minutos del pueblo, por una carretera destapada y rodeada de montañas y pinos, se encuentra Sierra Morena, Casa Medicinal en la que los Misak preparan sus medicinas con base de plantas que recogen de las montañas. Plantas que también sirven para atender los partos, entre ellas: perejil, limoncillo, cáscara de limón y ruda.

La casa es blanca. Los indígenas dicen que es un sitio recuperado a los terratenientes españoles. No hay espejos, las paredes tienen líneas azules y rojas. La cocina es grande y el fogón es de leña. El patio es en el centro de la casa, y allí tienen sembradas plantas medicinales. Frente a la cocina está el laboratorio, donde preparan sus medicinas. Allí se encuentra Mama Antonia Yalamba Calambaz. Sus manos huelen a yerbabuena, a póleo, o a cualquier medicamento que ella misma prepara. Es una de las parteras que ha recibido en sus manos a más niños y niñas Misak. Son tantos que si reuniera a cada uno podría armarse un campeonato mundial de fútbol, contando jugadores suplentes.

—Acá no es como en muchos hospitales que dejan a la mujer en la camilla de hierro. Acá en la casa el parto es en cuclillas. Se les dan plantas medicinales como ruda y yerbabuena para que calienten el cuerpo. En el hospital dan guantes, tapabocas, eso no más les dan. Nosotros les damos alimentos propios para que calienten el cuerpo. Afirma mientras prepara medicamentos.

En el mundo fallecen cada día más de 800 mujeres a causa del embarazo. En Colombia en el año 2014 la mortalidad materna fue de 51 por cada 100.000 nacidos vivos. A esto se le suma que el número de partos programados por cesárea en Colombia se ha disparado: a pesar de que la Organización Mundial de la Salud, OMS, recomienda que solo el 15% de los partos sea realizados a través de esa práctica, en el país, la cifra ya supera el 46%.

Saliendo de Sierra Morena, a través de otra carretera destapada, a 25 minutos en jeep, se encuentra la vereda Las Delicias: Allí se dedican a la agricultura de papa, orégano, cilantro, y el cultivo de trucha. Frente al río Piendamó se encuentra el hospital Mama Dominga: una mezcla de costumbres occidentales y del pueblo Misak. Desde la década de los 80, los habitantes de Silvia y la comunidad Misak encontraron en el lugar otra forma de tratar sus problemas de salud.

Marleni Morales es enfermera. Sus hijos no nacieron en su casa ya que sus embarazos fueron de alto riesgo. Asegura que cuando una Misak contrae embarazo, primero acude a las parteras, por ser mujeres de confianza.

—Antes de la llegada de Mama Dominga, todos los partos eran domiciliarios, ahora es un 50-50, y se redujo considerablemente la mortalidad. Acá cuando la maternita elige tener el parto en casa y es parto normal, no hay problema. Por ser un hospital que trabaja con ellas y está dentro del resguardo, tenemos la posibilidad de que la partera asista en el momento del parto. Los médicos les permiten entrar.

Las parteras vienen trabajando con el hospital a través de un programa que busca el beneficio de las maternas y de los neonatos: el primer sábado de cada mes se reúnen con personal del hospital para hacer pedagogía frente al tema de partos y asuntos de primera infancia; de esta manera, cuando un parto es de alto riesgo, son las mismas parteras las que avisan al hospital, reduciendo así las probabilidades de muertes perinatales y maternas.

En el plan de vida de los Misak se contemplan unos subprogramas de salud, entre ellos el recuperar sus saberes ancestrales, de allí la idea de estimular el parto a través de su cosmogonía.

En Mama Dominga no se practican cesáreas, ya que es un hospital de primer nivel. Por su lado las parteras tradicionales, cuando atienden los partos en sus casas, ven en el calor, el cuerpo caliente y las bebidas calientes, los puntos inamovibles para que puedan hacer su trabajo; no lo hacen por dinero, lo hacen por convicción.

El transporte en jeep es de los más comunes en las zonas rurales de Colombia. Regresando del hospital al pueblo, Juan Sebastián Muñoz Sandoval, Médico general del hospital, asegura que lo ideal es que durante los partos ambas formas de realizarlo se complementen. Asevera que, como médicos, ellos propenden por la práctica occidental, pero las parteras llevan haciéndolo muchos siglos a su manera y les ha funcionado.

—A veces las parteras avisan acá, entonces lo que sí se hace es tratar en lo posible que cuando tengan el niño lo traigan para revisarlo, o nosotros vamos y hacemos visitas domiciliarias. Acá se trata de que todos sean vaginales. Los que son por cesáreas es porque son estrictamente necesarios y se remiten a Popayán.

Sandoval Muñoz también asegura que el tema de las cesáreas en el país es una exageración y además de ello, una contradicción pues la cifra es más alta en las ciudades donde hay más ginecólogos.

Cuando un Misak viene (en la concepción Misak vienen, no nacen), lo primero que hace la madre es enterrar el ombligo en la tierra, debajo del fogón.

—Para los Misak, las relaciones humanas se tejen alrededor del fogón— El hombre o la mujer Misak pueden tejer y conocer el mundo, salir de casa, enfrentarse a otras realidades, pero siempre deberá recordar que su territorio se marcó el día que ese hilo de vida fue enterrado, siempre deberá destejer y regresar al lugar de donde salió.

Francy Muelas se encuentra en Sierra Morena acompañando una reunión del Cabildo, mientras recibe un plato de sopa de maíz, me cuenta que ella “lastimosamente” tuvo a sus hijos en el hospital occidental en Popayán.

—En el hospital a mí me dio duro ya que es en salas preparadas de occidente. Uno tiene que hacer lo que los doctores digan. A mí me brindaron comidas frías, ahí en Popayán no había qué consumir, entonces me tocó consumir más que todo arroz, pero aguantar tampoco podía, porque estuve tres días hospitalizada. Pero igual en la casa me hicieron todo con las plantas calientes, me sacaron ese frío que había absorbido. Gracias a mi madre y a las abuelas que supieron hacer todo ese ritual.

No todos los dedos de las manos son iguales, y aún con el trabajo mancomunado entre parteras tradicionales y el hospital occidental, hay quienes prefieren los partos por cesárea, según lo expresó la Misak Marisol Almendra, después de narrar cómo fue su parto tradicional. Para ella, el parto natural es doloroso. “Yo estaba sangrando por la nariz y por la boca. De ahí ellos me llevaron al hospital, yo no me acuerdo de nada. Solo me acuerdo que me llevaron a Mama Dominga y de ahí directo a Popayán porque estaba muy grave. Me llevaron en ambulancia. En Popayán estuve siete días. En cuidados intensivos.”

Son varios puntos positivos que se fomentan con el trabajo entre hospital y parteras, además de la reducción de muertes perinatales y maternas, el respeto por los derechos sexuales y reproductivos, y la prevención de violencias de género son aspectos que se fortalecen.

Lo reafirma el doctor Babatunde Osotimehin, Director Ejecutivo del fondo de Población de las Naciones Unidas, en América Latina, quien dos días después del día Internacional de la partera, celebrado el 5 de mayo, señaló: “cada año más de 300.000 mujeres mueren durante el embarazo y el parto, alrededor de tres millones de bebés no sobrevive al primer mes de vida. La mayoría de ellos podrían haberse salvado si hubiesen tenido acceso a la atención de parteras debidamente capacitadas en el marco de sistemas de salud sólidos”.

Con la capacitación adecuada a las parteras tradicionales, Colombia ayudaría a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente el objetivo 3.2 que espera para 2030 poner fin a las muertes evitables de recién nacidos y de niños menores de cinco años.

En Silvia las mujeres no temen embarazarse, ya que la procreación es un acto estimulado desde el cabildo, es un articulador de su cosmovisión, en otras palabras, sienten que la vida es una alegría, no una epidemia. Y el parto, o mejor, el momento en el que los niños Misak llegan al mundo, es el comienzo de esa alegría.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque
**Esta historia fue publicada originalmente en Tras la Cola de la Rata.