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Domingo, 13 Agosto 2017

Mujeres indígenas en las mil y una luchas

Por Constanza Bruno

Esta es la historia de varias mujeres indígenas que viven en el norte de Antioquia, cuyas vidas se entrelazan y hacen visible la tensión que existe entre sus deseos de superación personal y la necesidad de conservar sus tradiciones ancestrales. Como telón de fondo el machismo silencioso de sus compañeros y el olvido 'ancestral' del Estado colombiano.

A las seis de la mañana se despierta Isabel y se apresura para llegar temprano a la Institución Educativa Pedro Nel Ospina, de Ituango, Antioquia, donde cursa séptimo grado de bachillerato. Ella es hija de una madre soltera que lucha por sacar adelante a su familia.

A su llegada al colegio recibe besos y abrazos de varios de sus amigos, entre quienes goza de mucha popularidad. En el mismo salón se encuentra Yuliana Dumasá, perteneciente a la etnia Dóbida, que tiene su resguardo en Vigía del Fuerte (Urabá antioqueño). Entre alumnos con uniformes a cuadros, ella llega al aula muy tímida, vistiendo una colorida paruma (burubá) y adornando su cabeza con el chindau, una especie de sombrero forrado en cintas. Resulta una odisea sacarle una palabra de su boca.

Mientras Yuliana se esfuerza por aprender una segunda y tercera lengua (español e inglés) en un colegio no étnico, lejos de su territorio, tres mujeres embera eyabida, acompañadas de sus hijos y maridos, se sientan a descansar en las gradas de la parroquia Santa Bárbara, ubicada en el parque central de Ituango.

Una turista, fascinada por los colores de las parumas, les pregunta de qué resguardo provienen. Ante tantas preguntas sin respuestas, un hombre indígena les explica que ellas no saben hablar en español. Tal respuesta indignó a la visitante, quien contra preguntó: “¿Usted por qué sí sabe?”. El hombre le contestó: “Porque nosotros salimos más que ellas del resguardo”. La forastera, algo molesta, no comprende por qué en pleno siglo XXI las indígenas colombianas siguen sin dominar el castellano.

Aunque Ituango es un municipio con un atraso histórico con respecto al resto del país, ni qué decir del mundo, las mujeres no étnicas se están criando en la actualidad en un ambiente de madres solteras.

María Victoria Zapata Yépez, rectora de la Institución Educativa Pedro Nel Ospina, asegura que en esta localidad son las mujeres las que lideran la crianza de los hijos y el sostenimiento de las familias. Esto ocurre, según dice, en una proporción del 80% con respecto al total de habitantes del municipio.

Caso contrario sucede con las indígenas del resguardo Jaidukamá, que son constantes en el proceso de crianza, pero las oportunidades para ambas poblaciones femeninas son distintas. Las no indígenas se levantan con más posibilidades para estudiar, trabajar y cuentan con hogares de bienestar y de interacción social. De estos precisamente carecen las indígenas porque la socialización y las relaciones interpersonales, según la docente, están llenas de vacíos.

En la subregión Norte del departamento de Antioquia se encuentra el municipio de Ituango, con una población que supera los 20.996 habitantes. Según el Dane (2005), de estos el 0,2% representa a la población indígena que se concentra en el resguardo Jaidukamá, ubicado a quince horas de la cabecera urbana, lejanía que se ha convertido en la principal barrera para su desarrollo. “Los indígenas de Ituango no son los que levantan la mano para participar donde tienen la opción, en cultura o educación”, explica Zapata.

En el resguardo habitan alrededor de 334 indígenas (175 mujeres y 159 hombres). El territorio cuenta con una escuela donde se cursa hasta quinto grado de primaria y con dos docentes nativos de la zona. Quienes deseen ser bachilleres tienen que salir del pueblo hacia el corregimiento La Granja o la cabecera urbana de Ituango.

Desde el 2007 la institución educativa está recibiendo indígenas interesados en terminar el bachillerato. Se han graduado hasta hoy cuatro hombres y ninguna mujer, cifra que revela la complejidad de la situación de las mujeres embera en su formación académica. “Lo que más peso tiene esta historia son los celos de los hombres, que no las dejan salir. Puede que haya dificultades económicas, pero temen soltarlas para que aprendan. No tienen confianza en el comportamiento personal e individual de ellas y prefieren concentrarlas en el resguardo”, sostiene Zapata.

Actualmente solo hay una mujer estudiando bachillerato en Ituango y es precisamente Yuliana, pero no pertenece al Jaidukamá. Su padre, que es docente de ese resguardo, la matriculó en el Municipio. “Este año tuvimos una chica cursando acá y podríamos decir que en el próximo la graduaríamos, pero ocurrieron situaciones adversas en el tema económico de su familia que no permitieron su permanencia. Además hay un celo por parte de los padres en soltarla para que realice sus estudios por fuera del núcleo familiar. La posición machista insiste en que las niñas deben estar en el resguardo realizando las labores domésticas y las han marginado de profesionalizarse. Esperamos que Yuliana se gradúe”, explica la rectora.

Del resguardo Jaidukamá solo una mujer se ha graduado de bachiller y es Marlene Domicó, quien aprendió español porque a los catorce años se escapó y se fue para Medellín. “En 1993 salí por locuras mías, me dio por irme a pasear donde un tío, quería conocer. Cuatro años después regresé. Desde el 2011 soy líder y como las mujeres no saben hablar el español y no salen, me designan para que reciba capacitación en temas de género”, cuenta la embera eyabida.

Marlene nunca ha escuchado la palabra género entre las mujeres de su resguardo, pero asegura que proviene de la identidad sexual del hombre y la mujer. Define la igualdad de género como los derechos que tiene para gozar de libertad, de hablar en público, estudiar y capacitarse. “Yo diría que ellas no son conscientes de que tienen tales derechos, sobre todo las que tenemos esposos, que debemos estar allí sumisas. A mí me molesta ser sumisa”, manifiesta la lideresa.

La mayoría de las mujeres en el resguardo han parido muchos hijos, pero Marlene solo tiene uno y no quiere concebir más. No desea repetir la historia de su madre y su hermana, quienes tuvieron doce. Ahora vive en la casa indígena de Ituango con su esposo Delio Domicó y su hijo. Les ayuda a los indígenas que llegan a diligenciar el registro civil o la cédula de ciudadanía, trámites que resultan complejos por no saber el castellano. “Las mujeres empezaron a cedularse solo hasta el año 2000. Mi madre se murió sin obtener su documento. Es tan necesarios para todo. Recuerdo que a los 18 años mi padre me llevó a diligenciar el registro y de inmediato tramité la cédula”, dice.

En época de elecciones son muchas las mujeres que salen del resguardo a hacer valer su derecho al voto porque quieren vivir la experiencia democrática. “La verdad ni siquiera sabemos pa’ qué votamos, eso da rabia”, reclama Marlene, quien piensa que la diferencia que hay entre las mujeres del resguardo y las de Ituango es la educación, esa que el Estado colombiano no ha implantado en su territorio.

Pero sí ve que los hombres del resguardo salen con facilidad a estudiar al pueblo. Es el caso de su esposo Delio Domicó, líder de la comunidad indígena, quien actualmente estudia en el Sena, institución donde hoy se capacitan tres hombres del resguardo y ninguna mujer.

Si para las mujeres de Ituango es complicada la participación en política, mucho más lo es para las indígenas. Este municipio tiene cinco concejalas, a las que les hace falta mucha formación. “Ellas llegaron a esos cargos por una cuota política o por azar, no representan a las mujeres como tal, por eso estamos trabajando en un proyecto para evitar que eso siga sucediendo”, señala Luz Miriam Mazo Ortiz, presidenta de la Asociación de Mujeres Ideales de Ituango.

Mazo admite que en toda su historia, la comunidad de Ituango ha vivido de espaldas a los indígenas del resguardo Jaidukamá. “Nos han enseñado que son un mundo aparte y no tienen la capacidad para trabajar con nosotras. Siempre hemos esperado la oportunidad, sobre todo ahora que estamos en la construcción de la política pública para las mujeres. Queremos que entren a participar, pero no sé hasta qué punto es bueno cuando ni siquiera sabemos si tienen cédula de ciudadanía y mecanismos para elegir a sus esposos, no queremos violentar su cultura”, manifiesta.

El resguardo Jaidukamá lleva más de 30 años con una escuela de primaria que construyeron sacerdotes de la Iglesia Católica. Luego entraron las religiosas de la Hermana Laura que enseñaron la lengua española a los primeros nativos. Delio Domicó admite que en su territorio nunca se ha trabajado el tema de la igualdad de género. “Nosotros no lo hemos analizado. A ellas se les invita a que acepten las capacitaciones, pero dicen que no pueden, no asisten o no son capaces de salir solas. Les da miedo entrar a estudiar en un colegio normal porque no entienden el español”, considera el líder.

Hasta el momento una indígena nunca ha ocupado un alto cargo dentro del resguardo. Solo lo han logrado como guardias para la vigilancia de la seguridad interna. Tampoco ha pensado que una mujer llegue a tener un nombramiento en el cabildo. “Si quisieran trabajar no habría ningún problema, pero ellas piensan que no tienen esa capacidad, entonces no lo asumen”, agrega Delio.

Ana Teresa Vergara Casama, de la etnia Embera Dóbida, originaria del municipio Riosucio en Chocó, es hoy consejera de la Organización Indígena de Antioquia, OIA, y la encargada del tema de mujer indígena en el departamento. Lidera una lucha para empoderar a las mujeres porque, contrario a lo que considera Delio, la apatía que muestran ellas es motivado por el machismo.

Para llegar a consejera, Ana Teresa ha afrontado dificultades. A los cinco años, en su pueblo no había escuelas y el que quería estudiar tenía que abandonar el resguardo. Esa fue la decisión que tomó su madre Delia Casama, quien la llevó a un pueblo afro, donde creció y estudió primaria y bachillerato.

Cuando se agudiza el conflicto armado, las Farc se enteran de que Delia y su esposo tenían seis hijas. Empiezan a pedirles que tres de ellas ingresen a las filas. Justo en ese momento se pone en marcha la operación Génesis, que le permite al paramilitarismo tomar el control de la zona.

Ante esta situación, su madre presta 200.000 pesos para trasladarla a una casa de paso en el Urabá antioqueño, donde llegaban indígenas de Antioquia, Córdoba y Chocó, que no hablaban español. Ana les colaboraba en la traducción para hacer sus diligencias en el hospital, y a cambio ellos le pagaban algo de dinero. Los embera de Eyabida vieron en ella una líder, a quien le proponen ser docente mientras estudiaba de noche. Su lengua nativa desaparece, pero debió aprender otras para sobrevivir.

La noche del 2 de agosto de 1999 en el resguardo de Chigorodó, las Farc asesinaron al gobernador, a la candidata maestra y al médico tradicional. Tuvo que salir huyendo de los violentos y renunciar al cargo de líder del movimiento indígena. Entró a estudiar licenciatura en educación en una universidad de Turbo, donde es nombrada secretaria del cabildo. Allí estuvo ocho años trabajando con mujeres que denunciaban a sus maridos por abandono de hogar y maltrato.

Este año asumió el cargo de consejera de la OIA. Ella y otra mujer asumen este liderazgo entre un grupo de diez hombres. Para llegar donde está hoy fue fundamental su formación académica y política. “El liderazgo de las mujeres en Jaidukamá es invisible porque no están formadas. Todavía encontramos padres que dicen que la educación es para los hombres”, explica Vergara.

Autonomía sin avances

Como consejera Ana tiene claro que las decisiones tomadas en los congresos son la línea de mandato en el tema de equidad de género. Desde la cosmovisión indígena se piensa que el feminismo ha hecho grandes aportes, pero no se considera feminista porque tiene claro que el mundo indígena es dual.

Si bien las autoridades indígenas y la Constitución Política les facultan que son autónomos para ejercer las normas y liderar procesos educativos en los territorios, es una autonomía que por falta recursos no avanza. “Podemos tener un manual de convivencia interno, pero si no tenemos cárceles, lugares adecuados y cepos, para ir aplicando justicia, nos estamos quedando en el papel y la lista de violencia y violaciones está ‘superlarga’ en los territorios indígenas”, advierte la Consejera.

En Antioquia hay 204 comunidades indígenas y no todas tienen manual de convivencia. En algunas hay procesos más avanzados, en otros son incipientes. Son reglamentos de papel y de nombre. “Donde hay un poco de avance es donde se están dando sanciones. Por ejemplo, a las mujeres que abortan de manera irresponsable. Personalmente pienso que si es fruto de una violación la mujer debe abortar, pero si se trata de una sexualidad irresponsable debe asumirla con castigo. Este es un tema tabú. Una mujer lesbiana o un hombre indígena con diferente orientación sexual son aislados y objetos de burlas, abusos y exclusión”, argumenta la lideresa.

En los resguardos como el Jaidukamá, los manuales de convivencia tampoco se aplican, pues los castigos para hacer respetar los derechos de las mujeres no se cumplen. “Allí hay un problema de gobernabilidad y eso es generalizado”, indica.

Consejero admite machismo

No todos los hombres indígenas admiten su machismo, pero a Juvenal Arrieta, consejero de la OIA de Antioquia, le ha tocado hacerlo, luego de que recibiera capacitación con enfoque de género, espacio en el que compartió experiencias con mujeres de otros países. Este embera Chamí, de descendencia Zenú, reconoce el esfuerzo de las mujeres por ganar una batalla de inclusión y reconocimiento, primero al interior de las organizaciones. “El año pasado en el congreso de los pueblos indígenas de Antioquia, se logró incluir dos consejeras. Se aprobó que en adelante la participación de ellas sea del 50-50 en los distintos escenarios. Me decían los hombres que eso es ilegal, que se estaban rompiendo los estatutos, que los que votaban son los cabildos y gobernadores, pero les expliqué que esto fue el resultado de un acuerdo en Caucasia”, cuenta el líder.

Para que sea un escenario de equidad y equilibrio y no de equidad y conflicto entre hombres y mujeres, Juvenal y Ana Teresa, como consejeros, aplicarán estrategias de sensibilización en los territorios, una de ellas es trabajar el tema de las nuevas masculinidades que tienen que ver con el rol de los hombres indígenas de hoy. “Tenemos que mirar lo que somos y poner en perspectiva de lo que éramos. Antes cuando era niño nuestros padres no cambiaban un pañal porque era asunto de mujeres; hoy lo hacemos, cocinamos y lavamos la ropa. Uno ve que hay una manifestación de afecto, abrazamos y besamos públicamente, antes era una cuestión privada. El hombre iba adelante y la mujer atrás; mientras íbamos libres, la mujer cargaba el canasto y el bebé. Ella ahora interpela la decisión del hombre”, explica el embera chamí.

Sin embargo, para Juvenal es importante discutir esos nuevos roles y los derechos sexuales y reproductivos. “Hablo mucho sobre el tema de la esterilización en las indígenas; la creación de unos prototipos de mujer, como las que se operan los senos y las nalgas, o las que no quieren darle pecho a sus bebés, sino tetero porque se les caen los senos. Conozco mujeres nuestras que dicen: yo con indígenas no quiero nada”, explica.

Otro tema que se discute está relacionado con el alto mestizaje que se dio en el conflicto armado. Muchas nativas se han desencantado de los indígenas y han tenido hijos de guerrilleros, paramilitares, ingenieros, policías y soldados. “Cuando surgen problemas familiares porque son hijos de gente transitoria, entonces allí sí es importante el indígena. Podría decir que estamos viviendo un derecho de pernada (permiso que se atribuyó al señor feudal para yacer con la esposa del siervo en su noche de bodas), sino hacemos nada. Cuando eso se convierte en un problema de desarraigo y de pérdida de identidad, creo que sí se tiene que discutir. Este es el debate fuerte que tengo con las mujeres porque creen que me estoy metiendo en un tema de intimidad. Yo no discuto la autonomía de la mujer sino lo que eso genera en perspectiva familiar y cultural”, advierte Juvenal.

La voz de la antropóloga indígena

Pero hay una voz que se escucha muy alta en los pueblos indígenas y es la de la antropóloga Dayana Domicó, quien ante la falta de oportunidades en su resguardo, ubicado en Puerto Libertador, en el departamento de Córdoba, se fue en 2012 a Medellín a estudiar en la Universidad de Antioquia. Hoy está a cargo de la coordinación de Jóvenes de la Organización Nacional Indígena de Colombia, Onic, y trabaja en conjunto con la Consejería de Mujer, Familia y Generación.

“Lo importante no es resaltar que seamos antropólogas o abogadas, sino destacar el conocimiento. Debemos tener claro si hablamos del ámbito académico o el formativo desde las comunidades. Si nos referimos a este último podemos decir que ellas no brindan títulos académicos, pero dan otro tipo de conocimientos que la academia nunca va a otorgar”, explica.

La antropóloga propone que antes de sacar a las mujeres de los resguardos para que se capaciten, primero se les consulte quiénes quieren salir porque para los indígenas existe otro tipo de formación. “Cuando estaba pequeña mi abuela me contaba historias, es decir, me formó sin ella tener un título. Esta es la formación que las mujeres tienen en Jaidukamá y eso hace que los pueblos indígenas pervivan en el tiempo”, explica Dayana.

Para que ellos accedan a la academia hay que sacarlos del territorio y llevarlos a un lugar para que estudien sociales, matemáticas y medicina, que en los pueblos indígenas tenemos en forma tradicional. “Hay indígenas que dicen que la gente sale a estudiar y regresa al resguardo más bruta. A la hora de la verdad, en vez de ser ganancia, se vuelve pérdida de una identidad cultural o de desarraigo para el pueblo. Por eso el tema de identidad cultural está tan débil en los territorios, pero para eso están las mujeres que son las replicadoras del conocimiento”, sostiene la antropóloga.

Considera que no hay que sacar a las mujeres de su territorio para fortalecerlas. Lo ideal es que ellas lo hagan desde sus resguardos. Propone que el Estado, la academia o las instituciones lleguen al resguardo para aprender otros temas. “¿Quiénes son los que nos van a fortalecer y cuáles son las garantías que tenemos para salir del territorio? Pero que no pase lo que ocurre en estos días que llegan personas del Ministerio del Interior y de la Consejería Presidencial para la Mujer a empoderar a las mujeres, y resulta que terminan empoderándolas muy mal, armando una guerra en el resguardo y en sus familias”, manifiesta Dayana.

Para la líder, el tema educativo es un problema de abandono estatal y considera que a estas alturas la nación embera, ya debería tener universidades en sus territorios, por lo menos, colegios de bachillerato. “En Antioquia los indígenas tienen posibilidad de entrar a las universidades públicas, pero en mi región es difícil que ingresemos a la Universidad de Córdoba. Las políticas que tiene la academia no están pensadas para los pueblos indígenas”, sostiene.

La rectora de la Institución Educativa Pedro Nel Ospina coincide con Dayana, cuando habla de la desatención del Ministerio de Educación Nacional y del Gobierno Departamental. “La administración de Fajardo propuso la creación de unas cartillas en embera para las comunidades en Antioquia, pero quienes tuvieron acceso a ellas fueron los indígenas de Cristianía, que son muy partícipes en la vida política, pero a la de Jaidukamá, nunca llegaron. Esa producción iba ayudar a que los pueblos se empezaran a apropiar del lenguaje y aquí en la institución podíamos tenerla como una asignatura optativa”, explica la rectora.

Aunque es una buena iniciativa pensar en impartir la enseñanza de la lengua embera en los colegios estatales, Dayana considera que se debe tener restricciones porque podría ser un mecanismo de aprovechamiento para favorecer a los no étnicos y se excluirían más a los pueblos indígenas.

Contrario a lo que se piensa, para la joven antropóloga, no es malo que ellas no aprendan el español porque se trata de un asunto de resistencia. “Yo aprendí a hablarlo a los 12 años y fue porque me tocó estudiar en el pueblo, pero las mujeres son las que menos lo aprenden porque están todo el tiempo en sus casas”, asegura Dayana.

Términos no existen en el glosario indígena

En la lengua embera hay palabras que no tienen traducción y el mundo de occidente les impone términos a los indígenas que no se traducen literalmente sino que se deben desglosar. Para Dayana esto es ponerles más patas a la mesa. Por ejemplo, el término género no existe en la lengua embera. Es una palabra que les toca implementar para entrar en el tema de inclusión y enfoque. “No sabría si es bueno o malo. En nuestro glosario tenemos las palabras hombre (humakira) y mujer (wēra) que en las leyes de origen, se unen y se complementan. Las nuevas masculinidades tampoco existen”, agrega.

Para que las mujeres indígenas de Jaidukamá dejen de vivir de espaldas a ellas mismas y sigan al frente de sus comunidades, tienen que despertar para emprender el reto de empoderarse en perspectiva de género, con el fin de salir de la enajenación, enfrentar la opresión, mejorar sus condiciones de vida, ocuparse de sí mismas y convertirse en protagonistas de sus vidas, tal como lo proponen los investigadores Benhabid y Cornet, y tal como lo vienen haciendo Dayana, Marlene, Ana Teresa y Yuliana, quienes desde sus espacios continúan la lucha como lideresas de sus pueblos, aplicando sus conocimientos ancestrales sin dejar de aprovechar los beneficios que les puede ofrecer el mundo occidental, y todo por defender los derechos de la wēra.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta investigación se pubicó originalmente en Colombia 2020 / El Espectador.
Viernes, 11 Agosto 2017

La lucha inconclusa de las mujeres de las Farc

Por Sania Salazar

La lucha de las mujeres de las Farc por ocupar puestos de poder en la organización, no solo ha sido contra un machismo generalizado, sino contra el machismo que llevan dentro.

Sandra Ramírez mueve la pantalla de su computador portátil para que el sol que entra por la ventana de su oficina en Bogotá permita ver claramente la foto de Eliana, la comandante de las Farc que la inspiró para entrar a esa guerrilla en 1982. Sandra tuvo que dejar la escuela para cuidar de sus hermanos en la finca en la que vivían en Sabana de Torres, Santander, por donde pasaba la guerrillera. Le sorprendió que Eliana fuera comandante. Le sorprendió que mandara. Le sorprendió que le obedecieran.

El verdadero nombre de Sandra es Giselda Lobo Silva, la mujer que compartió 24 años de su vida con Manuel Marulanda Vélez, el cofundador y líder de las que hasta hace poco fueron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de las Farc EP. A los 16 años Sandra vio en Eliana a una mujer opuesta a su madre. Vio la oportunidad de seguir un destino distinto al de estar encerrada en una casa teniendo hijos y sometida a un esposo borracho que la maltratara.

“Eliana era bajita, gordita, morena, de labios gruesos, ojitos pequeños, cabello ondulado”, recuerda Sandra. “Fue una combatiente aguerrida, se defendió hombro a hombro con el Ejército, pero también políticamente. Tenía solo primaria, pero era preparada, leída, destacada. Esa firmeza y lealtad le dio estatus para ascender”. Sandra la recuerda tal cual como la conoció. Eliana aún está viva aunque Sandra no sepa dónde ni cómo está.

En 1982 las mujeres comandantes eran la excepción en una organización en la que las labores cotidianas se repartían por igual, pero en la que para ellas no ha sido fácil llegar a instancias de poder político y militar. Es una pelea que no han terminado de dar, incluso tras el fin de la guerra.

Pocas desde el comienzo

Las Farc nacieron en 1964. En la historia que cuentan los libros sobre su origen se dice que inicialmente mujeres y niños acompañaban a los hombres en sus recorridos por el monte, pero que ellas cumplían labores propias del hogar como cocinar, o atender heridos. La primera declaración política de las Farc es el Programa agrario de los guerrilleros, documento que está en la página web de la organización y que firman, el 20 de julio de ese año, al menos 33 hombres y solo dos mujeres: Miryam Narváez y Judith Grisales.

Solo hasta los años 70 las mujeres fueron consideradas combatientes. “Inicialmente había un puñado de compañeras que estaban en todo, pero casi que no eran consideradas guerrilleras por el machismo de la sociedad, pero a finales de los 70, comienzos de los 80 entraron una cantidad de mujeres con mucha capacidad de desarrollar las tareas propias de la guerrilla”, cuenta Luis Alberto Albán, cuyo alias en la organización es Marco Calarcá, uno de los voceros internacionales de las Farc.

“La escasa visibilidad de las mujeres guerrilleras antes de las negociaciones de paz con el gobierno Pastrana y Santos, contrasta con el alto porcentaje de su participación como combatientes: las Farc son el único grupo armado colombiano que cuenta con tal nivel de participación cuantitativa. En la guerrilla del ELN y en los grupos paramilitares (actuales Bandas Criminales), el porcentaje de combatientes mujeres no alcanza el 20% frente al más del 40% de las Farc”, asegura el trabajo Mujeres “guerrilleras”: La participación de las mujeres en las Farc y el PCP-Sendero Luminoso, los casos de Colombia y Perú, de Johanna González y Rocío Maldonado.

La información más reciente sobre la conformación de las Farc la arrojó el censo socio económico que realizó la Universidad Nacional cuyos resultados se conocieron el 6 de julio de este año. Según esas cifras, las mujeres son el 23%. Lo que hay que tener en cuenta es que como no es un censo poblacional los resultados no dan cuenta del total de miembros de esa organización.

Sandra no tuvo mando mientras estuvo con Marulanda. No porque no lo quisiera. Eligió quedarse al lado de él. En su momento fue una decisión de pareja. No se arrepiente porque hizo un trabajo que considera importante: transcribió sus archivos personales y ayudó con las comunicaciones. Pero ahora es consciente de que no solo el sentimiento, sino la inexperiencia de la juventud y el contexto rural y machista del que venían ambos la llevó a tomar ese camino.

“Nunca he exigido un trato especial, pero haber convivido ese tiempo con él da reconocimiento porque donde quiera que iba el camarada Marulanda, yo siempre iba al lado, siempre al pie. Él me permitió hacer un trabajo de fotografía, no como yo quisiera porque había que dedicar tiempo a la actividad de él. Pero también sacaba ratos para mí, para no quedarme solamente como compañera de luchas, sino para trabajar por ese reconocimiento”.

Que Sandra no diga que estaba detrás de Marulanda, sino siempre al lado, pero al tiempo diga que él le “permitió” hacer fotografía, refleja esa lucha interna por superar un machismo arraigado en la sociedad.

Para él era difícil aceptar que las mujeres participaran en el combate y lo justifica en esa acostumbrada protección masculina sobre la mujer. “Nos decía que la mujer se podía desempeñar como enfermera, como secretaria, pero que hasta ahí. Pero si hacemos esas actividades ¿por qué no podemos realizar otras?”, lo cuestionaba.

“No voy a decir que fui la autora (de la apertura a la participación femenina en el poder), pero incidí en decirle que a las mujeres había que darles la oportunidad de que ejercieran, así se equivocaran, como los hombres se habían equivocado. Inicialmente era muy reacio, eso fue en el 83, 84”.

Poco a poco lograron que Marulanda cediera y las mujeres de su unidad empezaron a ser comandantes.

Abriendo la trocha

Con el rostro de Marulanda estampado en su camiseta, Olga Marín, quien se encargó del trabajo internacional de las Farc, reconoce, sin prevenciones, que los hombres surgían mucho más rápido. “La gente le cumplía, sin pensarlo mucho, al compañero; la mujer, en cambio, tenía que demostrarle a la tropa que era capaz”.

Quindiana. Ingresó a las Farc en 1981 proveniente de Bogotá. Hizo su vida guerrillera de base. Fue comandante de escuadra (12 guerrilleros), pero centró su labor en lo político.

Ahora que tiene formación en enfoque de género, pues desde 1998 se interesó por leer y ser autodidacta en el asunto, Olga entiende que llegó a las Farc buscando un espacio como mujer. Y lo encontró porque, por ejemplo, allí las relaciones amorosas no se basan en la dependencia económica, aunque eso contrasta con la creencia según la cual una vía para obtener poder femenino era tener una relación sentimental con un hombre de alto rango.

En el libro Las mujeres en la guerra, de Patricia Lara, Olga cuenta que conoció a Raúl Reyes en 1983. “Quería establecer la relación con Raúl, pero no deseaba quedarme como la compañera de él, simplemente. Hubo un pleno, entonces le dije a la dirección que el hecho de que fuera la compañera de Raúl, un miembro del secretariado de las Farc, no implicaba que me fuera a estar ahí, a su lado porque sí… Yo quería que el secretariado supiera que contaba conmigo como una integrante más, que yo podía aportar”.

No quería cocinarle, tal y como ocurría con las compañeras de los comandantes.

“Unas compañeras me preguntaron: ‘¿qué hacemos para salirnos de la rancha (la cocina)?’. Y les digo: ‘vuélvanse indispensables; lo primero que pueden hacer es administrarle los papeles a los jefes’”. En esa época se escribía a máquina, así que Olga les aconsejó aprender a hacerlo y estudiar ortografía y redacción, en lo que les ayudó. “¿Quién es la persona de mayor confianza al lado de una jefe? Pues la compañera. Si ustedes van a ser indispensables en eso, van a ser las personas que hagan ese trabajo. Y además, ¿se imaginan la cantidad de información que uno tiene en sus manos? Eso es formación”.

Las guerrilleras empezaron a coincidir en que debían presionar para que no las marginaran, pues en la guerrilla se consideraba que el hombre, por su naturaleza, sabía disparar, pero sin siquiera preguntar, partían de que las mujeres no. “¿Por qué nosotras no y por qué nosotras no y por qué nosotras no?”, insistían.

Olga era consciente de que no tenía las capacidades físicas para competir como lo hacían las demás guerrilleras, que con tal de demostrar que eran más berracas, se echaban al hombro dos arrobas y media (de mercado, por ejemplo), mientras los hombres llevaban dos. Sabía que su fuerza estaba en sus conocimientos, en su capacidad, por ejemplo, para enseñar a leer y escribir.

Cierta vez un guerrillero prestó guardia con ella obligado, ¡bravísimo!, acentúa Olga. Estaba indignado de tener que compartir la tarea con una mujer.

“Me di cuenta de que ese muchacho tenía problemas para hablar bien. Mandé a formar a la gente. Empecé a dar voces de mando y dije: ‘las voces se dan así’, entonces venga fulanito dirija. Lo hice adrede. Sabía que él no iba a poder. Y no pudo. Ahí está: tú sabes esto, yo sé esto. Entonces te enseño y me enseñas, con eso me lo gané”, recuerda Olga.

Esa anécdota refleja claramente las tensiones cotidianas que había entre hombres y mujeres.

Durante la Octava Conferencia de las Farc, en 1993, Hernán Darío Velásquez, mucho más conocido como El Paisa, comandante de la Columna Teófilo Forero, escuchó a un grupo de mujeres quejándose de que no las dejaban comandar tropas. “Es que ustedes no lo piden”, les respondió. “Paisa, yo nunca pido que me lleven porque si no soy capaz ¿quién se los aguanta a ustedes burlándose?”, recuerda Olga que contestó una guerrillera.

Un reproche directo a que juzgaran de manera distinta algo tan humano como equivocarse dependiendo de si el error lo cometía un hombre o una mujer.

Según Olga, El Paisa empezó a incluir más a las mujeres en combates, en compañías de inteligencia, en labores relacionadas con explosivos. Resulta paradójico que precisamente uno de los comandantes más temidos y considerado de los más radicales de la organización fuera quien impulsara a las mujeres. A la columna comandada por El Paisa se le atribuyen hechos como el atentado al Club El Nogal, en Bogotá, y el secuestro de los diputados del Valle del Cauca.

Hasta ese momento el cargo más alto al que les permitían llegar a las mujeres era comandante de escuadra (12 guerrilleros), que es la estructura más pequeña de la guerrilla. A ese grupo le sigue en tamaño la guerrilla (24 personas). Una compañía (54). Una columna (alrededor de 110 guerrilleros). Un frente (entre 100 y 300 hombres). Bloque (mínimo cinco frentes y varias columnas móviles). La Conferencia nacional guerrillera es la máxima instancia de reunión, allí se elige al Estado Mayor Central y el Secretariado, los más altos niveles de mando.

Carlarcá dice que ante el poder femenino en las Farc había dos reacciones masculinas, la de aquellos que lo valoraban y trataban de impulsar esa participación. “Otra la de un sector machista, no se puede negar que el machismo es un problema de la sociedad de la que hacemos parte, al que no le gustaba que una mujer los mandara, pero para eso estaba la disciplina militar que se imponía”.

Pero los obstáculos para obtener mando militar o político no solo eran externos, estaban también en la cabeza de las guerrilleras, que tenían que vencer sus miedos, sus inseguridades.

Mariluz Beltrán estuvo 18 años en las Farc. La capturaron en 2013. Relata que aunque tuvo una comandante de compañía (54 hombres) llamada Otilia en el frente Aurelio Rodríguez, que operaba en el Chocó, no eran muchas las guerrilleras en esos cargos y que aunque algunas manifestaban el deseo de ser comandantes, se quedaban en los roles asignados a las mujeres: enfermeras, explosivistas o cocineras, pues temían enfrentar las responsabilidades que implicaba tener mando.

El amor era motivo para renunciar a un cargo de mando. Si eso implicaba estar lejos de la pareja, ellas preferían su relación; o los hombres pedían que las trasladaran junto a ellos y eso era normal. “Los mandos ceden más a que la mujer vaya con él a que él vaya con ella. Conocí un caso y a ese hombre se la montaron toda la vida”, rememora Olga.

En el libro Confesiones de una guerrillera, de Zenaida Rueda, una combatiente que se fugó con un secuestrado, escribe esta frase reveladora “en la guerrilla, cuando la mujer manda al hombre, lo dejan relegado”.

Entre las peleas que Olga libró fue la de cambiar la concepción de las relaciones amorosas. En esa lucha coincidió con Victoria Sandino, tal vez la mujer de las Farc que más ha ganado visibilidad desde que empezó el proceso de paz.

Victoria trataba de que las mujeres que tenía a su cargo entendieran que los hombres también podían ceder y quedarse con ellas, apoyarlas en su cargo de mando.

Mientras Olga y Victoria luchaban con el machismo implícito por años en las relaciones de pareja, había un obstáculo más, los embarazos, pues si la guerrillera tenía mando y la dejaban salir a tener a su hijo, cuando regresaba era muy probable que encontrara a otro en su lugar.

Con tantos peros ¿qué tan cierta era la igualdad que orgullosamente promulgaban en la organización?

“La insistencia de las guerrilleras en el sentido de que hay “igualdad” porque todos cumplen las mismas funciones, solo deja ver que en el fondo existe una distribución de funciones basada en estereotipos que disimula la preponderancia del poder masculino. Aunque, en teoría, las tareas se reparten con base en las habilidades de los combatientes, los varones creen que ser radista (el que maneja el radio de comunicaciones), enfermero o secretario no es para ellos. Las mujeres, respondiendo a esos códigos implícitos, suelen inclinarse por estas actividades”, explica la periodista Gloria Castrillón en el artículo ¿Víctimas o victimarias? El rol de las mujeres en las Farc. Una aproximación desde la teoría de género publicado en 2015 en la revista Opera, de la Universidad Externado.

Las comandantes

Victoria es una cordobesa de voz recia, directa y de risa contundente. En realidad, se llama Judith Simanca Herrera y entró a las Farc en 1993, en donde tuvo mando. Se desempeñó más en el área política que en la militar.

Participó en la Subcomisión de género durante las conversaciones en La Habana. Fue la única mujer plenipotenciaria en el grupo negociador de las Farc compuesto por nueve personas.

Pero ella insiste en que no fue la única. Sandra participó en la etapa exploratoria, pero no fue visible porque la etapa no fue pública, explica Victoria. También resalta la participación de Alexandra Nariño, la holandesa que en realidad se llama Tanja Nijmeijer y de una guerrillera conocida como Laura Villa, del Bloque Comandante Jorge Briceño.

“Llegamos a un nivel de direcciones de frente o de direcciones de bloques, pero eso no nos hacía ser del Estado Mayor Central, ese es el techo de cristal interno que teníamos nosotras, de ahí para arriba no pasábamos”, reconoce Victoria.

Antes de las negociaciones de la Habana entre Gobierno y Farc solo una mujer había llegado hasta ese nivel, Erika Montero. Solo una mujer entre 31 miembros. Ninguna en el secretariado, que tiene nueve integrantes.

El nombre de Erika lo pronuncian casi todos a los que se les pregunta por las mujeres que tuvieron mando en la organización. Sandra dice que se destacó por sus habilidades en lo político como en lo militar.

A Victoria le cambia el semblante cuando se le pregunta por ella, sonríe y le brillan los ojos.

“Erika es una mujer humilde. En el 80 y tanto fue de las primeras mujeres comandante y lo hizo en el orden público, siempre estuvo con la tropa y eso le ganó mucho respeto. Es increíble como ella se ganó la admiración de la tropa, esa autoridad, porque es una mujer tierna, sencilla. Cuando está delante de la tropa es muy crecida, es excepcional y no había ninguna excusa para no tenerla en el Estado Mayor Central”.

Érika es en realidad Fancy María Orrego Medina, una antioqueña de hablar pausado que ingresó a las Farc en 1978 y es a esa antigüedad a la que atribuye que la hayan incluido en el Estado Mayor Central en 2015. “No por tener más méritos, eso debe quedar muy claro”, acentúa.

A Erika, cuya pareja es alias Isaías Trujillo, Luis Óscar Úsuga, (Integrante del Estado Mayor Central) le parece injusto y falso ese rumor que indica que uno de los caminos para alcanzar poder femenino en las Farc es tener una relación con un comandante. Siente que esos son especulaciones malintencionadas. Le da risa. No ve mayores ambiciones en las compañeras de los líderes de las Farc. Ella se ve más en labores con las comunidades, en las regiones, no se le notan aspiraciones políticas.

Aclara que nunca fue comandante de frente ni de bloque, hizo parte de las direcciones en esos niveles, pero hasta ahí, dice.

“Nuestro partido será antipatriarcal”, dijo en una rueda de prensa Erika, la misma que cuenta que cuando entró al grupo no se concebía que una mujer diera órdenes y que fue en la séptima conferencia, en 1982 cuando empezaron a proponer nombres de mujeres para cargos de mando. Ahora trabajan en una tesis de mujer y género para el nuevo partido.

Sobre las comandantes mujeres destacadas hay consenso en varios nombres: Mireya, del Bloque occidental; Yaritza, que ahora hace parte de la Unidad de personas dadas por desaparecidas; Sonia la pilosa, de la columna Teófilo Forero, quien fue la pareja de El Paisa. Calarcá mencionó también a Lucía, que firmó en las negociaciones de paz de 1984 conocidas como Acuerdo de La Uribe, época en la que era jefe del trabajo urbano.

Nadie menciona a Elda Neyis Mosquera, alias Karina, comandante del frente 47 de las Farc, tristemente famosa por sus capacidades en el campo militar de las cuales dio muestra más que suficiente en los límites de Caldas y Antioquia, donde operaba ese frente.

Que el nombre de Karina no salga a relucir habiendo sido tan difundido su accionar militar hace pensar que, como lo han manifestado algunos miembros de las Farc, la consideran, en general, una traidora por haberse entregado a las Fuerzas Armadas en 2008. Poco después de su desmovilización Karina le contó a la periodista Gloria Castrillón (en el artículo ya citado) que su poder militar en las Farc lo logró por su obediencia y capacidad de trabajo.

“Las mujeres somos fieras en el combate para no quedarnos atrás de los hombres. Un hombre flojo no se nota, pero una mujer floja todos la ven. Si uno tiene mando no puede demostrar miedo, si le hieren o le matan gente, lo juzgan a uno más duro que a los varones”, aseguró Karina.

Testimonio que deja entrever los motivos de la conducta de esta guerrillera.

“Cuando llegué al mando del frente 47 tuve dificultades con los miembros de la dirección y comandantes de rango medio. Ellos no querían que yo los mandara. Me hicieron quedar mal con el mando superior, eso me hizo renunciar a la dirección. Al final ese fue un detalle para que decidiera mi desmovilización”, remató Karina.

Para ser comandante en la guerrilla, hombre o mujer, se requería tener mínimo dos años en la organización, saber leer y escribir, tener capacidad o don de mando, como lo llaman en la organización, haber hecho el curso militar y tener las capacidades militares.

Pero eso era tan solo el comienzo, para ser mujer y comandante había que ser la más fuerte, la más serena, la más resistente, “la que no tuviera sino un solo compañero, la que nunca se equivocara y eso era muy difícil encontrarlo”, Olga se ríe irónicamente y agrega “eso no está escrito en ningún lado, está en el imaginario”. Un imaginario demasiado exigente, casi imposible de cumplir.

“Fortaleza a prueba de todo. Resistencia de hierro, física y mental. Disposición de sacrificio, mucha entrega, porque esto es total. Mucha inteligencia. Iniciativa. Creatividad” y podría decir muchos requisitos más, dice Victoria, como si ya fuera poco.

Para Calarcá la exigencia era la misma, se necesitaba fundamentalmente conciencia y convicción de que la lucha era el camino, ningún otro ingrediente especial.

Pero esa exigencia las llevaba a ser rudas con sus compañeras. En el documental Las mujeres de las Farc Lorena Murcia, desmovilizada, confiesa que prefería tener comandantes hombres. “El hombre es más neutro y busca que todos hagan lo mismo, en cambio la mujer busca que la guerrillera demuestre que es más valiente que los hombres, por eso a veces le tiran más duro a la mujer”.

La lucha que no acaba

En la Décima conferencia de las Farc, realizada en septiembre de 2016, se amplió el número de integrantes del Estado Mayor Central, pasó de 31 a 61 miembros, entre los que ya hay 11 mujeres. Todavía ninguna en el secretariado.

“No porque no fuimos visibles no estuvimos y no porque no fuimos visibles no fuimos mandos, ¿porque ahora sí? es un propósito mostrarnos, vimos que era necesario porque a la insurgencia se le ha estigmatizado por esto y porque nosotras hemos hecho un trabajo, no nos vamos a dejar seguir ninguneando. Ahora somos conscientes de ese trabajo que hay que hacer de la igualdad de género”, resalta Victoria.

¿Por qué ninguna mujer ha llegado al secretariado? “Porque hasta ahí nos alcanzó”, admite Sandra. A ella, que lucha por hacerse a un nombre propio, a un reconocimiento por su trabajo, se le vio recientemente en imágenes del denominado pleno ampliado del Estado Mayor, compartiendo mesa principal con los demás voceros de las Farc. De fondo, en pantalla gigante, una imagen de Marulanda.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.

**Esta historia fue publicada originalmente en Colombiacheck.