Pasar al contenido principal
Sábado, 12 Agosto 2017

Mujeres que sanan las heridas que en otras dejó la guerra

Por Paola Andrea Gómez Perafán

Ángela Tovar y Cristina Quintero abrigan con su oficio a quienes sufrieron los abusos sexuales de los grupos armados en el valle del Cauca. Las apoyan para que no sientan culpa, para que quieran su cuerpo. Historias de reparación.

Cristina: “Lograste sobrevivir y estás aquí. Sobreviviste a cien guerrilleros que llegaron a tu casa a comerse todo y a decirte que te largaras. Pudiste morir de un infarto, pero sobreviviste, tu cuerpo fue capaz de salir adelante. De resistir tres días de caminata sin comer. ¿Eso no es fortaleza, acaso? Tenemos que empezar a transformar a través de la palabra. Si te dicen víctima, la palabra te pone chiquita, pero cuando se habla de sobreviviente, se piensa “fue superior a qué”, “fue capaz de salir de”. Es diferente decir “sobreviví a 10 hombres que abusaron de mí y aquí estoy”. Sobreviviente es una palabra formativa, la mujer cambian su postura, se empodera”.

Ángela: “Somos destinatarias del dolor. Las recibimos con esos brazos de protección, porque muchos aspectos de su vida han sido desajustados y es nuestra responsabilidad llevarlas otra vez a esa seguridad. Y estoy aquí como mujer, como profesional, para escucharlas y me doy a eso, al cuidado. Es un paso a paso, y que ese dolor oculto en su corazón pueda ser de cierta forma recibido con respeto y responsabilidad. Sentimos una admiración profunda por ellas. A veces les digo, “Pero por Dios, mujer ¡cómo has hecho!”. El componente fundamental es el amor. Encontrarme con la otra persona desde la humanidad. Para mí estar aquí, con ellas, es una opción de vida”.

Cristina y Ángela están unidas por algo más fuerte que un lazo de consanguinidad; están unidas por un oficio que las tiene reconstruyendo lo que es tan difícil de reconstruir: el espíritu. Y ese sentimiento de humanidad que aflora en cada una de sus palabras funciona como un engrudo que les permite unir los pedazos resquebrajados en que muchas mujeres quedaron convertidas, después de que su cuerpo fuera violentado con la sevicia de la guerra. Como cuando se quiebra un espejo y los trozos de vidrio quedan sobre el suelo, afilados y dispersos. Como cuando pasa el tiempo y el espejo sigue ahí, en el suelo, en mil partes, sin reflejo, sin brillo. Y luego alguien trata de juntar las piezas y repararlo, con un cuidado inmenso. Hay señales que no desaparecerán, que se quedan ahí para hacer memoria. Pero el espejo reconstruido habla de una resistencia, que solo es explicable por el milagro de la resiliencia.

Cristina y Ángela fueron a la universidad para aprender a sanar las heridas de la mente. Y con el tiempo terminaron abrigadas bajo el mismo rótulo que en la posguerra de una Colombia con más de ocho millones de víctimas se conoce como reparación. Ellas son mujeres que reparan mujeres, y su función es atender a quienes fueron víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual. Su trabajo no aparece en las noticias, es anónimo, pero sí su rastro en decenas de relatos que dan cuenta de que en Colombia la guerra sí tuvo rostro de mujer.

Cuestión de humanidad

Ángela decidió el rumbo de su carrera cuando cursaba el último año de sicología. Entonces, en el 2003, el país vivía la crudeza del paramilitarismo y la guerrilla, que en muchos casos confinaba a comunidades enteras a vivir aisladas y enmudecidas. A padecer la guerra que en el campo se sintió de manera distinta a la ciudad. La joven caleña, de 21 años, se enrutó hacia el Magdalena Medio para trabajar allí seis meses de sicología social. Luego estuvo dos años en una vereda de Tumaco, azotada por el conflicto. Siguió el camino a Tierra Alta, Córdoba, pasó por Arauca, por Acacías y se estacionó un buen tiempo en el Cauca, en Jambaló, Toribío, Corinto y el Naya.

“¿Por qué decidí hacerlo? Mis papás me hablaban del servicio, también nos hacíamos cuestionamientos sobre cómo hacer algo y no quedarse en el discurso… ellos son muy humanos, creo que esa también era la apuesta”.

Cristina es sicóloga de la Universidad de Manizales. Durante cuatro años trabajó en Buenaventura con la Cruz Roja Internacional y con la Colombiana, atendiendo a las familias afectadas por la desaparición forzada. Era justo la época en que estallaron los problemas sociales más complejos del Puerto. Y para ella fue una dura escuela que afianzó su compromiso con quienes han padecido el conflicto. Hace tres años trabaja en la Unidad para las Víctimas del Valle del Cauca.

En este departamento, por ejemplo, de las 557.583 personas que declararon haber sido víctimas en hechos registrados en el Valle, 288.261 fueron mujeres. 196.873 de ellas fueron amenazadas; 4.132, torturadas; 18.368, abusadas sexualmente según el registro nacional de información de la Unidad de Víctimas.

“Muchas mujeres llevan 5, 6 y 7 años de haber vivido esa situación (abuso sexual) y han hecho lo que han podido para sobrellevarla. Uno de los mecanismos de defensa del ser humano es olvidar. Que no se enteren, callar. La violencia sexual ha sido sufrida en silencio en Colombia y estamos seguras de que las estadísticas son mucho más bajas de lo que en realidad pasó”.

Huellas en la piel

Perder el dominio de su cuerpo las hizo también perder el valor. Sentirse pequeñitas. Como si lo único sobre lo que se tiene pertenencia absoluta en la vida ya no fuera de ellas. Y con ganas de arrancar las huellas que el abuso dejó marcadas en su piel. Por eso, con el cuerpo empieza esa reparación.

Cristina relata que en esas primeras sesiones se ve mucho dolor, que se ha quedado enclaustrado en el cuerpo. Incluso, somatizan dolores en el útero, en la cabeza, en los senos. Dolores que se combinan con el pensar cómo hacer para no volver a sufrir lo innenarrable.

“Hay una sesión de autorreconocimiento. Cómo percibo mi cuerpo. Ese fue el territorio vulnerado. Ellos me accedieron, entonces cualquiera puede hacer lo que quiera conmigo. Rechazan su cuerpo. No lo quieren porque fue usado como un objeto. Muchas mujeres quedan marcadas. Todos los días se acuerdan de esa situación”.

Ángela define lo que le pasa a estas mujeres como un flash back, porque el cuerpo les recuerda lo que sucedió. Tabiques lastimados, quemaduras, problemas de matriz, recto lastimado, aparato reproductor destrozado.

“La mente evoca lo que ocurrió mientras te estas bañando y sientes la cicatriz. Entonces hacemos esos acompañamientos de escuela del cuerpo con mucho amor. Los acompañamos con instrumentos y tamboras, con recorridos del espacio físico, relajación y una toma consciente del cuerpo. Puede pasar que estemos hablando del espacio inicial, de quiénes somos, de nuestros nombres y de repente algunas se conectaron y sin preguntar abren su corazón y cuentan su historia. Ya con la voz de la primera se abren las voces de las demás. A través de alguien, también podemos estar hablando nosotras”.

¡No fue tu culpa!

La terapia continúa. Ellas se van reconociendo, abren su corazón, recobran la dignidad, la confianza. Pero hay algo que quizás es más difícil de desaparecer que las mismas cicatrices grabadas en su cuerpo: la culpa. Para Ángela, el trabajo empieza por ser conscientes de que no fueron culpables, volverlo pensamiento. Y esa resignificación de lo ocurrido lo elabora cada mujer, en su intimidad.

“No fue tu culpa. La culpa fue del agresor. Eso hay que repetirlo: no fue mi culpa ni antes, ni durante, ni después. No fue mi culpa si estaba en el río sola, si le di un vaso de café, si quedé en embarazo y decidí no tenerlo. Sin juicios, todo eso permite la recuperación”.

Cristina enfatiza que es un tema que se trabaja con mucho diálogo.

“Muchas piensan: me debí haber ido, no debí pasar por esa carretera. Hablamos de la violencia sexual como una estrategia de guerra, que se usó para levantar la moral de las tropas. Les daban la orden: “coja la mujer que le gusta y hágale”. Como un premio. Empezamos a desmitificar el asunto de “no debí estar allá” y a ver que la guerra me puso en ese lugar que no pedí. Cuando hablan se genera una sanación”.

¿Y cómo no afectarse?

La reparación de una mujer que ha sido abusada no se da de la noche a la mañana. No es como repararle el motor a un vehículo. Se necesitan horas, días, meses. Porque el cuerpo humano no funciona con pistones y la mente no es un chasis que se repone y sigue andando. Y después de tantas consultas donde el horror se sienta en el diván y transmuta de mujer a mujer, como si hubiese sido una violación en serie, las huellas van quedando también en quien se sienta a escucharlas.

Le pasó a Cristina, la sicóloga. Ella también sintió la desprotección. El año pasado abordó de noche una guala que la llevara a su casa en la zona rural y cuando iban en medio de una carretera solitaria se dio cuenta de que era la única mujer que iba en el vehículo, con el conductor y varios hombres más.

“Me entró el pánico y le dije al conductor: pare que me voy a bajar. Empecé a caminar y me di cuenta que así me estaba exponiendo más. Entonces supe que un relato de una señora a la que abusaron diez paramilitares había quedado, entró a mi consciencia sin filtro y esa angustia me llegó. A los días fui con un terapeuta”.

“Ahora, cuando escucho los relatos, abro las manos, respiro, dejo que ellas hablen, que lloren y pienso que va fluyendo, que soy como un colador y me imagino que va saliendo por las manos, transformado. Intenciono la respiración, pensando que ese relato y las lágrimas son de sanación”.

Y hay que encontrar maneras para sanarse. Ángela, por ejemplo, cuenta que últimamente está llorando más.

“Lloro hasta aquí (se queda en silencio y sus ojos lo dicen todo). Ahora me lo permito. En mi intimidad o con mis colegas, lloro. Y creo que ese es un mecanismo que me permite manejarlo. Cuando no es a través de la palabra, procuro moverme. La música para mí es esencial. Correr, trotar y salir a bailar salsa, como terapia. Caminar descalza sobre el prado, abrazar árboles”.

“Tengo una energía fuerte y optimista siempre. Me gusta el contacto físico, me agarro a la persona, doy un abrazo sincero y sin pena”.

En sicología hay algo que llaman enfoque de daños que trata de explicar ¿qué se hizo con la vivencia de la violencia? Cristina explica que después de la atención, del medicamento siquiátrico, hay un proceso necesario para que el ser humano resignifique esa historia y se dé cuenta que ha desarrollado recursos para salir adelante. Y que cuando las ve muy tristes les habla de las dos opciones: o sobrevive, o se enferma y se muere, o se suicida. Hablan de eso. ¿Por qué han sobrevivido? ¿Cómo lo lograron?

Hay una historia que Cristina recordará siempre. Ocurrió cuando acompañó una entrega digna de cadáveres. Allí conoció a una señora que fue testigo y vio cuando los paramilitares cogieron a un grupo de jóvenes, entre ellos a su hijo, los llevaron al cementerio, los pusieron a cavar su propia tumba y luego los mataron.

La señora se subió a un árbol, vio cuando mataron a su hijo y en qué fosa quedó. Se fue con todo el dolor y después de unos años fue a la Fiscalía y pidió que fueran por el cuerpo de su hijo. Pero le dijeron que no se podía, por seguridad.

Pasaron los años y ella ingresó a un instituto y estudio criminalística. Tan pronto tuvo su tarjeta profesional se fue a ese cementerio le mostró al sepulturero una resolución que se inventó y le dijo que iba a exhumar a una persona. Contó los huesos de su hijo, los reconoció y se los llevó. Se fue a la casa, armó el esqueleto y revisó que no le faltara ningún hueso; lo guardó en una caja y lo llevó a la Fiscalía. “Aquí está mi hijo para que me lo entreguen oficialmente”, les dijo. La Fiscalía se demoró tres años con el cuerpo, le hicieron la prueba genética y se lo devolvieron para darle sepultura.

“Esa historia me marcó la vida, el amor de una mamá. Logró aguantar, esperó el proceso, el temor que tenía, maquinó todo. Ella ahora está bien porque decía que había recuperado a su hijo y ese era su objetivo. Lo que nos queda es precisamente visibilizar esas historias y dignificarnos como sociedad. Nos hicimos daño, mucho daño, pero ¿qué fue lo que hicimos con ese daño? Este conflicto ha sacado lo peor y lo mejor del ser humano, que no tiene límites cuando se propone sobrevivir”, dice la terapeuta.

Cristina cuenta que su familia está orgullosa de ella. Que el año pasado en un encuentro en Bogotá llamaron a sus familiares para que grabaran un video. Y en el suyo, su esposo y su hija le decían que la admiraban.

“A mi esposo hace seis años lo secuestraron en la vía a Dapa. Fue un secuestro extorsivo, cuando lo soltaron, toda la familia que vive afuera nos dijo: “vénganse”. ¿Yo por qué me tengo que ir de mi país? ¡No me quiero ir porque este es mi país! Aquí tenemos que saber vivir como sociedad y le apuesto a este país. Este año estando en el barrio Guayaquil, saliendo con mi carro me pusieron una pistola, me robaron la luna del carro. Me fui en pura y sentía un quemón como si me hubieran disparado. A pesar de eso pensaba en las víctimas, las abusaron y sobrevivieron. Yo tengo que seguir. Es lo que más me ha enseñado este trabajo. La fortaleza. Me pueden dar un diagnóstico de cáncer y pienso que tengo que ser capaz, porque he aprendido la fortaleza que hay que tener. Eso no me lo hubiera dado ningún trabajo en el mundo”.

Para Ángela hay muchas tareas que tenemos como sociedad, en el reconocimiento de la mujer, “es que en la sociedad patriarcal en que vivimos siempre ha puesto a la mujer en lo privado y al hombre en lo público y así se han construido los roles”.

Su tesis de maestría se titula “Arreglos de género, en la comunidad de El Arenillo, Palmira”, donde la comunidad soportó años de violencia y presencia guerrillera y paramilitar. Esos arreglos de género son un concepto del Centro Nacional de Memoria Histórica, donde se explican las relaciones entre los hombres y mujeres.

“Hay unos arreglos que son patriarcales, totalitarios, donde las decisiones las toma el hombre y son impuestas a través de la violencia. Comunitarios, donde también el hombre toma la decisión. Y los democráticos, donde ambos conversan y toman decisiones en conjunto. A eso es a lo que se debe apuntar”, dice.

“Las personas que son contemporáneas tienen su trabajo, su hijo su matrimonio tradicional, yo no. ¿Y usted qué? me preguntan. Sin ser activista como tal, pienso que nosotras como mujeres tenemos derecho a la elección. ¿Por qué las lágrimas o sentirte triste es sinónimo de que eres mujer o eres débil? Hay que comprender que eso es humano y hace parte de tu fortaleza. Soy Angela María, mujer, crítica, perfeccionista, intensa, sonriente, utópica, ‘nubeluz’, lloro y siento tristeza”.

Hay que tener sensibilidad humana. Si hacemos memoria, que sea con sentido transformador, no solo dolor. Y simultáneamente, reconocer la verraquera de estas mujeres. El conflicto ha permeado todas las esferas de una forma increíble. Hasta que nos acostumbremos algún día a la igualdad.

Esperanza y su paso del dolor a la valentía

Esperanza es una de esas sobrevivientes que se repusieron a la guerra. Fue secuestrada, abusada sexualmente, desplazada y amenazada de muerte. Tuvo que salir huyendo de la vereda La Palma del municipio Roberto Payán en Nariño, a orillas del río Patía. Ahora vive en el centro del Valle del Cauca y por un buen tiempo ayudó a otras mujeres que como ella sufrieron la sevicia del conflicto en el Suroccidente.

“Ángela (la sicóloga) fue la primera persona con quien hablé de mi historia, después de doce años de guardarla en silencio. Ella se convirtió en esa amiga, en la mujer que me escuchó. Tiene una luz grande, de entrada te acoge y no te ve como pobrecita”, explica Esperanza.

“Tuvo mucho tacto, las palabras adecuadas, respetó el momento de silencio. Sabe cómo sacarte de ahí. Hubo mucho dolor y llanto, pero también hubo risa”, agrega.

“Después de haberse uno denigrado como mujer, de sentir que tuve que haber hecho esto o lo otro para evitarlo, entendí que me debía amor, que no era culpable. Y vi cosas que antes no veía en mí. Como ser valiente. Ese era un valor que no me conocía. Ella me decía: tú eres una mujer valiente y te tienes que querer. Yo la quiero mucho y tengo tanto que agradecerle...”.

“Son un ejemplo”

“Con las mujeres víctimas de delitos contra la integridad sexual se viene haciendo un trabajo muy sentido, que ha dejado profunda huella en todos los que hemos tenido la oportunidad de conocerlas. En estas mujeres valientes y valerosas hemos visto ejemplos admirables de resiliencia y perdón. Con algunas el trabajo comienza por poder tan siquiera hablar sobre lo que pasó, por encontrarse con otras mujeres que vivieron cosas similares, generando lazos de solidaridad que las ayudan también a sanar”, Fabiola Perdomo, Directora Territorial Unidad para las Víctimas Valle del Cauca.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta investigación fue publicada originalmente en El País.
Viernes, 11 Agosto 2017

La lucha inconclusa de las mujeres de las Farc

Por Sania Salazar

La lucha de las mujeres de las Farc por ocupar puestos de poder en la organización, no solo ha sido contra un machismo generalizado, sino contra el machismo que llevan dentro.

Sandra Ramírez mueve la pantalla de su computador portátil para que el sol que entra por la ventana de su oficina en Bogotá permita ver claramente la foto de Eliana, la comandante de las Farc que la inspiró para entrar a esa guerrilla en 1982. Sandra tuvo que dejar la escuela para cuidar de sus hermanos en la finca en la que vivían en Sabana de Torres, Santander, por donde pasaba la guerrillera. Le sorprendió que Eliana fuera comandante. Le sorprendió que mandara. Le sorprendió que le obedecieran.

El verdadero nombre de Sandra es Giselda Lobo Silva, la mujer que compartió 24 años de su vida con Manuel Marulanda Vélez, el cofundador y líder de las que hasta hace poco fueron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de las Farc EP. A los 16 años Sandra vio en Eliana a una mujer opuesta a su madre. Vio la oportunidad de seguir un destino distinto al de estar encerrada en una casa teniendo hijos y sometida a un esposo borracho que la maltratara.

“Eliana era bajita, gordita, morena, de labios gruesos, ojitos pequeños, cabello ondulado”, recuerda Sandra. “Fue una combatiente aguerrida, se defendió hombro a hombro con el Ejército, pero también políticamente. Tenía solo primaria, pero era preparada, leída, destacada. Esa firmeza y lealtad le dio estatus para ascender”. Sandra la recuerda tal cual como la conoció. Eliana aún está viva aunque Sandra no sepa dónde ni cómo está.

En 1982 las mujeres comandantes eran la excepción en una organización en la que las labores cotidianas se repartían por igual, pero en la que para ellas no ha sido fácil llegar a instancias de poder político y militar. Es una pelea que no han terminado de dar, incluso tras el fin de la guerra.

Pocas desde el comienzo

Las Farc nacieron en 1964. En la historia que cuentan los libros sobre su origen se dice que inicialmente mujeres y niños acompañaban a los hombres en sus recorridos por el monte, pero que ellas cumplían labores propias del hogar como cocinar, o atender heridos. La primera declaración política de las Farc es el Programa agrario de los guerrilleros, documento que está en la página web de la organización y que firman, el 20 de julio de ese año, al menos 33 hombres y solo dos mujeres: Miryam Narváez y Judith Grisales.

Solo hasta los años 70 las mujeres fueron consideradas combatientes. “Inicialmente había un puñado de compañeras que estaban en todo, pero casi que no eran consideradas guerrilleras por el machismo de la sociedad, pero a finales de los 70, comienzos de los 80 entraron una cantidad de mujeres con mucha capacidad de desarrollar las tareas propias de la guerrilla”, cuenta Luis Alberto Albán, cuyo alias en la organización es Marco Calarcá, uno de los voceros internacionales de las Farc.

“La escasa visibilidad de las mujeres guerrilleras antes de las negociaciones de paz con el gobierno Pastrana y Santos, contrasta con el alto porcentaje de su participación como combatientes: las Farc son el único grupo armado colombiano que cuenta con tal nivel de participación cuantitativa. En la guerrilla del ELN y en los grupos paramilitares (actuales Bandas Criminales), el porcentaje de combatientes mujeres no alcanza el 20% frente al más del 40% de las Farc”, asegura el trabajo Mujeres “guerrilleras”: La participación de las mujeres en las Farc y el PCP-Sendero Luminoso, los casos de Colombia y Perú, de Johanna González y Rocío Maldonado.

La información más reciente sobre la conformación de las Farc la arrojó el censo socio económico que realizó la Universidad Nacional cuyos resultados se conocieron el 6 de julio de este año. Según esas cifras, las mujeres son el 23%. Lo que hay que tener en cuenta es que como no es un censo poblacional los resultados no dan cuenta del total de miembros de esa organización.

Sandra no tuvo mando mientras estuvo con Marulanda. No porque no lo quisiera. Eligió quedarse al lado de él. En su momento fue una decisión de pareja. No se arrepiente porque hizo un trabajo que considera importante: transcribió sus archivos personales y ayudó con las comunicaciones. Pero ahora es consciente de que no solo el sentimiento, sino la inexperiencia de la juventud y el contexto rural y machista del que venían ambos la llevó a tomar ese camino.

“Nunca he exigido un trato especial, pero haber convivido ese tiempo con él da reconocimiento porque donde quiera que iba el camarada Marulanda, yo siempre iba al lado, siempre al pie. Él me permitió hacer un trabajo de fotografía, no como yo quisiera porque había que dedicar tiempo a la actividad de él. Pero también sacaba ratos para mí, para no quedarme solamente como compañera de luchas, sino para trabajar por ese reconocimiento”.

Que Sandra no diga que estaba detrás de Marulanda, sino siempre al lado, pero al tiempo diga que él le “permitió” hacer fotografía, refleja esa lucha interna por superar un machismo arraigado en la sociedad.

Para él era difícil aceptar que las mujeres participaran en el combate y lo justifica en esa acostumbrada protección masculina sobre la mujer. “Nos decía que la mujer se podía desempeñar como enfermera, como secretaria, pero que hasta ahí. Pero si hacemos esas actividades ¿por qué no podemos realizar otras?”, lo cuestionaba.

“No voy a decir que fui la autora (de la apertura a la participación femenina en el poder), pero incidí en decirle que a las mujeres había que darles la oportunidad de que ejercieran, así se equivocaran, como los hombres se habían equivocado. Inicialmente era muy reacio, eso fue en el 83, 84”.

Poco a poco lograron que Marulanda cediera y las mujeres de su unidad empezaron a ser comandantes.

Abriendo la trocha

Con el rostro de Marulanda estampado en su camiseta, Olga Marín, quien se encargó del trabajo internacional de las Farc, reconoce, sin prevenciones, que los hombres surgían mucho más rápido. “La gente le cumplía, sin pensarlo mucho, al compañero; la mujer, en cambio, tenía que demostrarle a la tropa que era capaz”.

Quindiana. Ingresó a las Farc en 1981 proveniente de Bogotá. Hizo su vida guerrillera de base. Fue comandante de escuadra (12 guerrilleros), pero centró su labor en lo político.

Ahora que tiene formación en enfoque de género, pues desde 1998 se interesó por leer y ser autodidacta en el asunto, Olga entiende que llegó a las Farc buscando un espacio como mujer. Y lo encontró porque, por ejemplo, allí las relaciones amorosas no se basan en la dependencia económica, aunque eso contrasta con la creencia según la cual una vía para obtener poder femenino era tener una relación sentimental con un hombre de alto rango.

En el libro Las mujeres en la guerra, de Patricia Lara, Olga cuenta que conoció a Raúl Reyes en 1983. “Quería establecer la relación con Raúl, pero no deseaba quedarme como la compañera de él, simplemente. Hubo un pleno, entonces le dije a la dirección que el hecho de que fuera la compañera de Raúl, un miembro del secretariado de las Farc, no implicaba que me fuera a estar ahí, a su lado porque sí… Yo quería que el secretariado supiera que contaba conmigo como una integrante más, que yo podía aportar”.

No quería cocinarle, tal y como ocurría con las compañeras de los comandantes.

“Unas compañeras me preguntaron: ‘¿qué hacemos para salirnos de la rancha (la cocina)?’. Y les digo: ‘vuélvanse indispensables; lo primero que pueden hacer es administrarle los papeles a los jefes’”. En esa época se escribía a máquina, así que Olga les aconsejó aprender a hacerlo y estudiar ortografía y redacción, en lo que les ayudó. “¿Quién es la persona de mayor confianza al lado de una jefe? Pues la compañera. Si ustedes van a ser indispensables en eso, van a ser las personas que hagan ese trabajo. Y además, ¿se imaginan la cantidad de información que uno tiene en sus manos? Eso es formación”.

Las guerrilleras empezaron a coincidir en que debían presionar para que no las marginaran, pues en la guerrilla se consideraba que el hombre, por su naturaleza, sabía disparar, pero sin siquiera preguntar, partían de que las mujeres no. “¿Por qué nosotras no y por qué nosotras no y por qué nosotras no?”, insistían.

Olga era consciente de que no tenía las capacidades físicas para competir como lo hacían las demás guerrilleras, que con tal de demostrar que eran más berracas, se echaban al hombro dos arrobas y media (de mercado, por ejemplo), mientras los hombres llevaban dos. Sabía que su fuerza estaba en sus conocimientos, en su capacidad, por ejemplo, para enseñar a leer y escribir.

Cierta vez un guerrillero prestó guardia con ella obligado, ¡bravísimo!, acentúa Olga. Estaba indignado de tener que compartir la tarea con una mujer.

“Me di cuenta de que ese muchacho tenía problemas para hablar bien. Mandé a formar a la gente. Empecé a dar voces de mando y dije: ‘las voces se dan así’, entonces venga fulanito dirija. Lo hice adrede. Sabía que él no iba a poder. Y no pudo. Ahí está: tú sabes esto, yo sé esto. Entonces te enseño y me enseñas, con eso me lo gané”, recuerda Olga.

Esa anécdota refleja claramente las tensiones cotidianas que había entre hombres y mujeres.

Durante la Octava Conferencia de las Farc, en 1993, Hernán Darío Velásquez, mucho más conocido como El Paisa, comandante de la Columna Teófilo Forero, escuchó a un grupo de mujeres quejándose de que no las dejaban comandar tropas. “Es que ustedes no lo piden”, les respondió. “Paisa, yo nunca pido que me lleven porque si no soy capaz ¿quién se los aguanta a ustedes burlándose?”, recuerda Olga que contestó una guerrillera.

Un reproche directo a que juzgaran de manera distinta algo tan humano como equivocarse dependiendo de si el error lo cometía un hombre o una mujer.

Según Olga, El Paisa empezó a incluir más a las mujeres en combates, en compañías de inteligencia, en labores relacionadas con explosivos. Resulta paradójico que precisamente uno de los comandantes más temidos y considerado de los más radicales de la organización fuera quien impulsara a las mujeres. A la columna comandada por El Paisa se le atribuyen hechos como el atentado al Club El Nogal, en Bogotá, y el secuestro de los diputados del Valle del Cauca.

Hasta ese momento el cargo más alto al que les permitían llegar a las mujeres era comandante de escuadra (12 guerrilleros), que es la estructura más pequeña de la guerrilla. A ese grupo le sigue en tamaño la guerrilla (24 personas). Una compañía (54). Una columna (alrededor de 110 guerrilleros). Un frente (entre 100 y 300 hombres). Bloque (mínimo cinco frentes y varias columnas móviles). La Conferencia nacional guerrillera es la máxima instancia de reunión, allí se elige al Estado Mayor Central y el Secretariado, los más altos niveles de mando.

Carlarcá dice que ante el poder femenino en las Farc había dos reacciones masculinas, la de aquellos que lo valoraban y trataban de impulsar esa participación. “Otra la de un sector machista, no se puede negar que el machismo es un problema de la sociedad de la que hacemos parte, al que no le gustaba que una mujer los mandara, pero para eso estaba la disciplina militar que se imponía”.

Pero los obstáculos para obtener mando militar o político no solo eran externos, estaban también en la cabeza de las guerrilleras, que tenían que vencer sus miedos, sus inseguridades.

Mariluz Beltrán estuvo 18 años en las Farc. La capturaron en 2013. Relata que aunque tuvo una comandante de compañía (54 hombres) llamada Otilia en el frente Aurelio Rodríguez, que operaba en el Chocó, no eran muchas las guerrilleras en esos cargos y que aunque algunas manifestaban el deseo de ser comandantes, se quedaban en los roles asignados a las mujeres: enfermeras, explosivistas o cocineras, pues temían enfrentar las responsabilidades que implicaba tener mando.

El amor era motivo para renunciar a un cargo de mando. Si eso implicaba estar lejos de la pareja, ellas preferían su relación; o los hombres pedían que las trasladaran junto a ellos y eso era normal. “Los mandos ceden más a que la mujer vaya con él a que él vaya con ella. Conocí un caso y a ese hombre se la montaron toda la vida”, rememora Olga.

En el libro Confesiones de una guerrillera, de Zenaida Rueda, una combatiente que se fugó con un secuestrado, escribe esta frase reveladora “en la guerrilla, cuando la mujer manda al hombre, lo dejan relegado”.

Entre las peleas que Olga libró fue la de cambiar la concepción de las relaciones amorosas. En esa lucha coincidió con Victoria Sandino, tal vez la mujer de las Farc que más ha ganado visibilidad desde que empezó el proceso de paz.

Victoria trataba de que las mujeres que tenía a su cargo entendieran que los hombres también podían ceder y quedarse con ellas, apoyarlas en su cargo de mando.

Mientras Olga y Victoria luchaban con el machismo implícito por años en las relaciones de pareja, había un obstáculo más, los embarazos, pues si la guerrillera tenía mando y la dejaban salir a tener a su hijo, cuando regresaba era muy probable que encontrara a otro en su lugar.

Con tantos peros ¿qué tan cierta era la igualdad que orgullosamente promulgaban en la organización?

“La insistencia de las guerrilleras en el sentido de que hay “igualdad” porque todos cumplen las mismas funciones, solo deja ver que en el fondo existe una distribución de funciones basada en estereotipos que disimula la preponderancia del poder masculino. Aunque, en teoría, las tareas se reparten con base en las habilidades de los combatientes, los varones creen que ser radista (el que maneja el radio de comunicaciones), enfermero o secretario no es para ellos. Las mujeres, respondiendo a esos códigos implícitos, suelen inclinarse por estas actividades”, explica la periodista Gloria Castrillón en el artículo ¿Víctimas o victimarias? El rol de las mujeres en las Farc. Una aproximación desde la teoría de género publicado en 2015 en la revista Opera, de la Universidad Externado.

Las comandantes

Victoria es una cordobesa de voz recia, directa y de risa contundente. En realidad, se llama Judith Simanca Herrera y entró a las Farc en 1993, en donde tuvo mando. Se desempeñó más en el área política que en la militar.

Participó en la Subcomisión de género durante las conversaciones en La Habana. Fue la única mujer plenipotenciaria en el grupo negociador de las Farc compuesto por nueve personas.

Pero ella insiste en que no fue la única. Sandra participó en la etapa exploratoria, pero no fue visible porque la etapa no fue pública, explica Victoria. También resalta la participación de Alexandra Nariño, la holandesa que en realidad se llama Tanja Nijmeijer y de una guerrillera conocida como Laura Villa, del Bloque Comandante Jorge Briceño.

“Llegamos a un nivel de direcciones de frente o de direcciones de bloques, pero eso no nos hacía ser del Estado Mayor Central, ese es el techo de cristal interno que teníamos nosotras, de ahí para arriba no pasábamos”, reconoce Victoria.

Antes de las negociaciones de la Habana entre Gobierno y Farc solo una mujer había llegado hasta ese nivel, Erika Montero. Solo una mujer entre 31 miembros. Ninguna en el secretariado, que tiene nueve integrantes.

El nombre de Erika lo pronuncian casi todos a los que se les pregunta por las mujeres que tuvieron mando en la organización. Sandra dice que se destacó por sus habilidades en lo político como en lo militar.

A Victoria le cambia el semblante cuando se le pregunta por ella, sonríe y le brillan los ojos.

“Erika es una mujer humilde. En el 80 y tanto fue de las primeras mujeres comandante y lo hizo en el orden público, siempre estuvo con la tropa y eso le ganó mucho respeto. Es increíble como ella se ganó la admiración de la tropa, esa autoridad, porque es una mujer tierna, sencilla. Cuando está delante de la tropa es muy crecida, es excepcional y no había ninguna excusa para no tenerla en el Estado Mayor Central”.

Érika es en realidad Fancy María Orrego Medina, una antioqueña de hablar pausado que ingresó a las Farc en 1978 y es a esa antigüedad a la que atribuye que la hayan incluido en el Estado Mayor Central en 2015. “No por tener más méritos, eso debe quedar muy claro”, acentúa.

A Erika, cuya pareja es alias Isaías Trujillo, Luis Óscar Úsuga, (Integrante del Estado Mayor Central) le parece injusto y falso ese rumor que indica que uno de los caminos para alcanzar poder femenino en las Farc es tener una relación con un comandante. Siente que esos son especulaciones malintencionadas. Le da risa. No ve mayores ambiciones en las compañeras de los líderes de las Farc. Ella se ve más en labores con las comunidades, en las regiones, no se le notan aspiraciones políticas.

Aclara que nunca fue comandante de frente ni de bloque, hizo parte de las direcciones en esos niveles, pero hasta ahí, dice.

“Nuestro partido será antipatriarcal”, dijo en una rueda de prensa Erika, la misma que cuenta que cuando entró al grupo no se concebía que una mujer diera órdenes y que fue en la séptima conferencia, en 1982 cuando empezaron a proponer nombres de mujeres para cargos de mando. Ahora trabajan en una tesis de mujer y género para el nuevo partido.

Sobre las comandantes mujeres destacadas hay consenso en varios nombres: Mireya, del Bloque occidental; Yaritza, que ahora hace parte de la Unidad de personas dadas por desaparecidas; Sonia la pilosa, de la columna Teófilo Forero, quien fue la pareja de El Paisa. Calarcá mencionó también a Lucía, que firmó en las negociaciones de paz de 1984 conocidas como Acuerdo de La Uribe, época en la que era jefe del trabajo urbano.

Nadie menciona a Elda Neyis Mosquera, alias Karina, comandante del frente 47 de las Farc, tristemente famosa por sus capacidades en el campo militar de las cuales dio muestra más que suficiente en los límites de Caldas y Antioquia, donde operaba ese frente.

Que el nombre de Karina no salga a relucir habiendo sido tan difundido su accionar militar hace pensar que, como lo han manifestado algunos miembros de las Farc, la consideran, en general, una traidora por haberse entregado a las Fuerzas Armadas en 2008. Poco después de su desmovilización Karina le contó a la periodista Gloria Castrillón (en el artículo ya citado) que su poder militar en las Farc lo logró por su obediencia y capacidad de trabajo.

“Las mujeres somos fieras en el combate para no quedarnos atrás de los hombres. Un hombre flojo no se nota, pero una mujer floja todos la ven. Si uno tiene mando no puede demostrar miedo, si le hieren o le matan gente, lo juzgan a uno más duro que a los varones”, aseguró Karina.

Testimonio que deja entrever los motivos de la conducta de esta guerrillera.

“Cuando llegué al mando del frente 47 tuve dificultades con los miembros de la dirección y comandantes de rango medio. Ellos no querían que yo los mandara. Me hicieron quedar mal con el mando superior, eso me hizo renunciar a la dirección. Al final ese fue un detalle para que decidiera mi desmovilización”, remató Karina.

Para ser comandante en la guerrilla, hombre o mujer, se requería tener mínimo dos años en la organización, saber leer y escribir, tener capacidad o don de mando, como lo llaman en la organización, haber hecho el curso militar y tener las capacidades militares.

Pero eso era tan solo el comienzo, para ser mujer y comandante había que ser la más fuerte, la más serena, la más resistente, “la que no tuviera sino un solo compañero, la que nunca se equivocara y eso era muy difícil encontrarlo”, Olga se ríe irónicamente y agrega “eso no está escrito en ningún lado, está en el imaginario”. Un imaginario demasiado exigente, casi imposible de cumplir.

“Fortaleza a prueba de todo. Resistencia de hierro, física y mental. Disposición de sacrificio, mucha entrega, porque esto es total. Mucha inteligencia. Iniciativa. Creatividad” y podría decir muchos requisitos más, dice Victoria, como si ya fuera poco.

Para Calarcá la exigencia era la misma, se necesitaba fundamentalmente conciencia y convicción de que la lucha era el camino, ningún otro ingrediente especial.

Pero esa exigencia las llevaba a ser rudas con sus compañeras. En el documental Las mujeres de las Farc Lorena Murcia, desmovilizada, confiesa que prefería tener comandantes hombres. “El hombre es más neutro y busca que todos hagan lo mismo, en cambio la mujer busca que la guerrillera demuestre que es más valiente que los hombres, por eso a veces le tiran más duro a la mujer”.

La lucha que no acaba

En la Décima conferencia de las Farc, realizada en septiembre de 2016, se amplió el número de integrantes del Estado Mayor Central, pasó de 31 a 61 miembros, entre los que ya hay 11 mujeres. Todavía ninguna en el secretariado.

“No porque no fuimos visibles no estuvimos y no porque no fuimos visibles no fuimos mandos, ¿porque ahora sí? es un propósito mostrarnos, vimos que era necesario porque a la insurgencia se le ha estigmatizado por esto y porque nosotras hemos hecho un trabajo, no nos vamos a dejar seguir ninguneando. Ahora somos conscientes de ese trabajo que hay que hacer de la igualdad de género”, resalta Victoria.

¿Por qué ninguna mujer ha llegado al secretariado? “Porque hasta ahí nos alcanzó”, admite Sandra. A ella, que lucha por hacerse a un nombre propio, a un reconocimiento por su trabajo, se le vio recientemente en imágenes del denominado pleno ampliado del Estado Mayor, compartiendo mesa principal con los demás voceros de las Farc. De fondo, en pantalla gigante, una imagen de Marulanda.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.

**Esta historia fue publicada originalmente en Colombiacheck.