Pasar al contenido principal
Jueves, 19 Noviembre 2020

Morir a la espera de una UCI en Bogotá 

Por Liga Contra el Silencio

Entre marzo y julio de este año, el 68 % de los fallecidos por covid-19 en los hospitales de la capital murió sin ingresar a cuidados intensivos, aunque había camas disponibles. El día de mayor ocupación hubo un centenar de plazas disponibles, pero diversos obstáculos en el traslado de pacientes críticos se tradujo en historias de angustia.

Los médicos del Hospital de Suba le explicaron a Graciana Leguizamón, de 42 años, que la caja torácica de su hermano Esteban, de 34 años, era demasiado grande para los ventiladores mecánicos que intentaban reanimar sus pulmones en la sala de urgencias. 

El virus avanzaba sobre la ciudad y el hospital público no estaba preparado. Además de no tener Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), sus equipos eran insuficientes para atender a Esteban, quien, a la tos seca, fiebre y problemas respiratorios que presentaba, sumaba un problema de obesidad.

Los médicos tenían motivos para trasladar al paciente a un centro de salud con UCI. Pero pasaron tres días y nada ocurrió. Esteban llegó al hospital el 10 de julio, y falleció el 13. Su familia recibió una semana después el resultado positivo para covid-19. Dos meses más tarde llamaron a Graciana de la Secretaría de Salud y preguntaron por el paciente para “realizar el cerco epidemiológico”.

Entre marzo y julio, el 68% de los fallecidos en los hospitales de Bogotá murió fuera de esas unidades, según cifras de la Secretaría de Salud, a pesar de que incluso en los días más críticos hubo camas en UCI disponibles. La historia de Esteban, un joven carpintero sin afiliación a ninguna Entidad Promotora de Salud (EPS), ni al Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales (SISBEN), abre interrogantes sobre la desigual atención de la pandemia en la capital del país. 

Para la primera mitad de julio el promedio de camas libres en cuidados intensivos oscilaba entre 100 y 120. Durante la segunda quincena el día más congestionado fue el 26, con 99 plazas disponibles, según el Distrito. Aunque había cupos, Esteban no fue trasladado.

Los profesionales de la salud describen estos casos como “barreras” u “obstáculos” hospitalarios: prácticas de mala gestión que van desde la negligencia hasta el bloqueo y la desatención de pacientes. 

Antes del covid-19, por ejemplo, era usual que las UCI se reservaran para pacientes afiliados a ciertas EPS que tuvieran convenios con determinadas clínicas y hospitales, entre otras malas prácticas de gestión. Los casos que surgieron durante esta crisis suman una mezcla de descoordinación, descuido e ineficiencia.

Carlos Carrillo, concejal de Bogotá por el Polo Democrático Alternativo, identifica como responsable a la Secretaría de Salud. “Dentro de su rectoría está la coordinación de las UCI. Por ley tiene la responsabilidad de garantizar que las EPS cumplan con su trabajo de prestar un derecho universal”. 

En segundo plano señala a las EPS. Según Carrillo las denuncias en la Superintendencia de Salud contra Compensar, Sanitas y Famisanar son incontables. “Por su negligencia, por sus demoras, por negarse a hacer pruebas”. Su conclusión es que la salud de los colombianos está en manos de “un contubernio de políticos y negociantes” a los que solo les “interesa hacer negocio”. 

El presidente del Colegio Médico de Bogotá, Hernán Bayona, reconoce la existencia de “obstáculos hospitalarios” en la ciudad. También pone en cuestión el papel de la Secretaría de Salud. Según dice, alrededor del 95 % de la población en la capital del país tiene cobertura a través del régimen contributivo, destinado para las personas que pueden costearse un seguro. “La Secretaría de Salud ha debido asumir con mayor eficiencia la coordinación de ese 5 % de población restante que está en el régimen subsidiado (a cargo del Estado)”, afirma Bayona.

Una familiar de los Leguizamón trinó el 14 de julio contra la gestión de la alcaldesa Claudia López. “No valemos lo mismo”, sentenciaba. Al día siguiente la Secretaría de Salud aseguró en un comunicado que el paciente había recibido todas las “medidas necesarias”. No explicaba sin embargo las razones por las cuales Esteban no fue enviado a una UCI.

Graciana Leguizamón cuenta por celular que, tras alguna insistencia, habló con un médico que diagnosticó a su hermano en el Hospital de Suba. “Dijo que había tenido dos paros cardiorrespiratorios. Y que si le daba un tercero, fallecía”. También le explicó que sería necesario llevarlo a cuidados intensivos “porque estaba en estado crítico”.

Pero sus gestiones para trasladar a Esteban chocaron con una de las marañas burocráticas más complejas de la región: “me dijeron que tenía que ir a hablar con una ‘niña’ Paola. Fui y le pregunté. Me dijo que necesitaba el número de cama asignado, el doctor y el hospital a donde lo iban a trasladar”.

Manuel González, subsecretario del Servicio de Salud y Aseguramiento del Distrito, dice que desconoce casos de negligencia hospitalaria en la gestión de las UCI y pide poner en contexto las cifras de fallecidos fuera de estas unidades. Explica que no todos los pacientes de covid-19 requieren estas unidades. González resume los parámetros para la remisión: que la persona tenga alteraciones en el funcionamiento del corazón, y que requiera soporte ventilatorio. 

Para el funcionario “hay que entender las particularidades de cada paciente. Llenar los hospitales de personas no significa que estén siendo bien atendidas, ni que estén siendo atendidas donde debe ser”.

Graciana está convencida de que los encargados del Hospital de Suba le negaron a su hermano la oportunidad de recuperarse por su falta de cobertura médica. “Es muy lamentable que a las personas que no tienen para pagar la seguridad social las dejen morir así. Uno no tiene derecho a enfermarse porque ningún médico lo va a atender, nadie le va a hacer un examen”, se lamenta.

Naufragio en el piso cero

Los gritos de los pacientes hospitalizados en el piso cero de la Clínica del Occidente evitaron que Hermencia Parrado, de 78 años, muriera esa noche del 19 de julio. A la mujer se le había caído la careta de oxígeno con la que trataban una insuficiencia respiratoria que arrastraba de tiempo atrás.

Según su familia, esto sucedió entre la una y las dos de la mañana, y la atención de los auxiliares tardó 20 minutos. La avalancha de casos por coronavirus y la fatiga pasaban factura a los encargados de esta clínica en Kennedy, la localidad de Bogotá más golpeada por el virus.

Hermencia fue hospitalizada el 16 de julio y el diagnóstico fue desalentador. “Me dijeron que ella tenía varias enfermedades y que yo debía entender que mi mamá ya había vivido todo lo que tenía que vivir”, recuerda Consuelo Navarro, su hija, quien se desmayó después de esta introducción. 

La salud de Hermencia empeoraba y los médicos evaluaron, desde el 17, la necesidad de trasladarla a una cama de UCI en otro centro, pues la Clínica del Occidente estaba saturada. Pero el ajetreo en otras unidades de la capital, según los responsables del centro, no daba buenos augurios. Ese día se registraron 8.000 casos de covid-19 en Bogotá, y la gráfica con dientes de serrucho siguió en ascenso hasta alcanzar un máximo de 13.000 casos en un día el 19 de agosto.

Los ventiladores mecánicos en la Clínica del Occidente estaban también copados. A Adriana Cabezas, nieta de Hermencia, los auxiliares de enfermería le dijeron que incluso a nivel nacional estaban al límite, y que cuando se liberaba alguno “la prioridad era para las personas de 20 y 30 años”.

Decidida a llevarse a su abuela para otro centro con plazas libres, Adriana se dirigió a la oficina de atención al cliente. Una enfermera le dio un mensaje del médico: “lo único que podía hacer era dejar montada la orden de remisión para otro sitio donde sí hubiera forma de atenderla”. 

A continuación, en el área de remisiones, un funcionario le explicó que “las UCI no están a cargo de los hospitales ni de las EPS, que eso depende de la Alcaldía. Y si tenía quejas debía dirigirme a la Secretaría de Salud”. Pero en la Secretaría le dijeron justo lo contrario. “Que era cuestión del médico y de la EPS. Todo el mundo se tiraba la pelota”. 

AUDIO [Escuche aquí el fragmento de la conversación entre una familiar de Hermencia Parrado y personal médico de la Clínica de Occidente el 21 de julio.]

El internista Juan Carlos Hernández es el responsable de cuidados intensivos en la Clínica del Occidente. Entre julio y agosto, afirma, recibió el volumen más alto de pacientes por covid-19, pero niega que hubiera atascos en la unidad. “Se cumplieron los criterios. Los traslados se hicieron de forma adecuada, siguiendo los protocolos del CRUE (Centro Regulador de Urgencias y Emergencias) y las EPS”, señala. 

Hermencia Parrado estaba afiliada a Famisanar, entidad que no tiene convenio con la Clínica del Occidente. La familia dice que hasta ese momento no hubo ningún contacto ni información de la aseguradora. Luis Armando Navarro, hijo de Hermencia, recuerda que el 21 de julio a las once de la mañana ella los llamó y pidió que la sacaran de ahí porque “¡en esta clínica me van a dejar morir!”.

Tras cinco días de espera para ser remitida a una UCI, Hermilda falleció en la camilla 10 del piso cero. En la historia clínica consta que fue por un paro respiratorio. Ocurrió durante un cambio de turno, cuando no había nadie para auxiliarla, según reveló una enfermera a los Navarro.

Juan Carlos Hernández señala que desafortunadamente hubo casos de pacientes que tenían una patología previa y los familiares daban el consentimiento para que, en caso de paro respiratorio, no se intubaran ni se realizaran maniobras invasivas. “En esos casos tampoco se trasladaba al paciente”, agrega. 

En la historia clínica se lee que los familiares dieron orden de “no reanimación”, pero Adriana Cabezas no recuerda haber dado esa orden. “¿Por qué íbamos a estar presionando por una UCI si no íbamos a autorizar que la intubaran? El día del ingreso yo pregunté si entre los papeles que firmé estaba esa autorización. Me dijeron que no, que en caso de ser necesario nos avisarían”.

Dos días después del deceso, una llamada de Famisanar sorprendió a Consuelo Navarro. “Era para confirmar que había una cama libre en cuidados intensivos. Sentí tanto dolor, tanta rabia”, recuerda con impotencia. La prueba que confirmó el positivo para covid-19 llegó al día siguiente.

Grietas acumuladas

A las historias de Hermencia y Esteban se suma la de Gabriel Castañeda, de 58 años, propietario de una barbería. Su hermano Gerardo cuenta que también estuvo hospitalizado en la Clínica del Occidente entre el 16 y el 21 de julio. Según la historia clínica estaba afiliado a Compensar y tenía tres comorbilidades que el virus no perdona: hipertensión, diabetes y obesidad.

Gerardo denuncia que “hubo negligencia a la hora de facilitar el traslado” de su hermano y dice que pedir información sobre su caso ha sido difícil: “Ellos se dan cuenta que uno no tiene el conocimiento ni las herramientas para reclamar”.

Según la historia médica de Gabriel, desde el 18 de julio se iniciaron “trámites para la remisión a UCI por no disponibilidad en la institución”. El 21 de julio, apunta, Gabriel era ya un “paciente críticamente enfermo” con “alto riesgo de mortalidad a corto y mediano plazo”. El paciente falleció sobre las 8:26 de la noche del 22 de julio. 

En la oficina jurídica de la Clínica del Occidente sostienen que el manejo médico en este caso siempre fue “ajustado a la patología presentada”. Dicen que Gabriel tuvo “acompañamiento total por personal especializado” y de acuerdo con “la capacidad posible de la IPS para la época de los hechos”. En este caso tampoco se aclara por qué el paciente, habiendo otras alternativas, no fue trasladado.

El 12 de abril, un mes después de declarar la emergencia sanitaria, el Gobierno expidió un decreto para agilizar la asignación de camas en cuidados intensivos. El CRUE, órgano supeditado a la Secretaría de Salud Distrital, pasó a gestionar las 998 camas de UCI para pacientes con covid-19 disponibles en la red pública y privada (al 18 de noviembre eran 1.622). 

Antes del decreto 538, la orden del médico pasaba a las EPS, donde debían contactar a su red de centros hospitalarios y autorizar el trámite. Ahora, el CRUE debe asignar la cama de UCI sin pasar por el filtro de las EPS.

Algunos miembros de la Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral (ACEMI), el gremio de las EPS, recibieron esta iniciativa con recelo. Especialmente las que cuentan con capital estadounidense o europeo, como Sanitas, Sura o Aliansalud, pues temían “el germen de una expropiación o toma de control por parte del Estado”, escribe por correo el presidente del gremio, Gustavo Morales. Tras varias discusiones y análisis, y con el visto bueno de la Corte Constitucional, se acordó trasladar esa función de distribución de pacientes a la autoridad sanitaria local, según Morales. 

Pero las falencias acumuladas del sistema sanitario se manifestaron, aunque la alcaldesa Claudia López sostuvo siempre que Bogotá era ejemplo en el manejo de la emergencia. 

Bayona, del Colegio Médico de Bogotá, recuerda que el coordinador de cuidados intensivos del Hospital de la Universidad Nacional le relató que “a veces dejaba dos o tres unidades libres porque le avisaban que iban a llegar tres pacientes, pero pasaban 12 horas y no llegaba nadie. Cuando llamaba a averiguar, el paciente había fallecido o ya no se necesitaba la cama”.

Una auxiliar de enfermería, que pidió reservar su nombre, dijo que los tiempos de respuesta de los servicios de salud fueron regulares debido, entre otras causas, a la intermediación de las EPS. Según esta fuente hubo fallas de comunicación con el personal médico, descoordinación entre el sector público y el sector privado, y falta de ambulancias medicalizadas que tuvieran respiradores, entre otras.  

Pero el subsecretario de Salud Manuel González asegura enfático que las EPS no tienen “ningún manejo ni intermediación” en el proceso, a pesar de que a la hora de la remisión “sí se tiene en cuenta la red de convenios de la EPS del paciente”. 

Desde ACEMI sostienen de la misma manera que no conocen casos de barreras en la asignación de UCI. Morales, cabeza de esa asociación, alude al hecho de que las diez EPS que conforman el gremio han mostrado un nivel de “letalidad que es la mitad del promedio nacional”.

Carolina Corcho, vicepresidenta de la Federación Médica Colombiana, afirma por el contrario que los tres casos expuestos en esta investigación son muestra clara de que las EPS siguen interfiriendo en los traslados. “Habría que analizar si existe relación con el hecho de que en Bogotá el tiempo promedio para asignar una UCI haya sido de 12 horas”, remata.

El análisis de Bayona, del Colegio Médico, recorre la misma línea. Según él, las barreras actuales son consecuencia de un proceso anterior a la pandemia. Las EPS, opina, no han invertido durante años en equipos básicos de función primaria; su atención al paciente es irregular; la realización de pruebas de detección del virus les quedó grande y el manejo de los call centers ha sido desastroso. “La ley 100 les entregó la responsabilidad de la promoción y prevención de la salud, y fallaron. Creo que muchas muertes se pudieron prevenir”, concluye. 

La discusión continúa mientras los responsables del sistema de salud toman decisiones que pueden potencialmente marginar de un derecho universal a los más desprotegidos. Es imposible saber si Esteban, Hermencia y Gerardo habrían tenido otra suerte de haber sido trasladados a una cama de cuidados intensivos. Lo único cierto, por ahora, es que sus historias se suman a las más de 34 mil víctimas que ha cobrado en Colombia un virus respiratorio letal que se propaga mucho más rápido que las redes de la burocracia.

Miércoles, 23 Mayo 2018

En el sur de Bogotá, Duque fue el que dijo el MIRA

Por José Felipe Sarmiento Abella

El candidato presidencial del Centro Democrático terminó su campaña ante un público lleno de militantes uniformados del partido cristiano.

De un momento a otro, llegó un montón de extraños a la plazoleta central del parque El Tunal. Los vecinos del barrio paseaban comiéndose un helado o jugando fútbol y los jóvenes saltaban en patineta en los alrededores casi indiferentes al evento que atrajo a unas 7.000 personas de diferentes puntos de Bogotá y varios municipios vecinos: uno de los últimos actos de campaña del candidato presidencial del Centro Democrático, Iván Duque.

Las únicas que delataban en los alrededores que había tal celebración eran las lujosas camionetas parqueadas en el costado norte del parque y varios seguidores ataviados de camisetas anaranjadas con el nombre de Duque en la espalda que recorrían los prados tratando de encontrar la tarima ubicada en el corazón del sitio. A lo lejos, la voz de Jorge Celedón despertaba la curiosidad de los demás visitantes del parque y obligaba a que familias enteras se asomaran a la mediatorta desde afuera, encima de un morro.

La multitud que ingresó a disfrutar de la música y esperar los discursos, sin embargo, estuvo lejos de completar el aforo de la plazoleta. Según el Instituto Distrital de Recreación y Deporte, esta puede alojar hasta 60.000 asistentes. Pero el cierre de Duque no los completó ni trayendo gente de diferentes localidades y municipios vecinos de la capital.

Una de estas personas fue José Luis Mayorga, un campesino retirado de 90 años sin pensión. Él llegó desde Suba con ruana y sombrero y en compañía de su hija, porque quiere que Duque y su fórmula vicepresidencial, Marta Lucía Ramírez, “sean los que reinen contra la corrupción”.

Sobre las 2:30 de la tarde se agolpaban junto al escenario algunos seguidores de los aspirantes. Eran, ante todo, admiradores del expresidente y senador Álvaro Uribe, el fundador del Centro Democrático. El incipiente público respondía a las peticiones del presentador que pedía “histerias” por el candidato presidencial, pero la gritería más espontánea de las primeras horas se dio cuando el locutor preguntó por la gente “que lleva en el corazón” al exmandatario “que las tiene bien puestas”.

Media hora después, la composición del público se transformó drásticamente con la llegada de los buses del partido cristiano MIRA. Una marea azul cubrió casi la mitad del espacio con banderas, camisetas y chaquetas. El uniforme miraísta hizo quedar como una minoría al sombrero aguadeño con el que se asocia a Uribe (que un vendedor ambulante ofrecía allí mismo) e incluso a las bombas naranjas y blancas oficiales de la campaña. Y ni qué decir de las máscaras de cartón con la cara de Duque, que fueron llamativas pero escasas.

María Fernanda, una joven de 22 años que viajó dos horas y media con parte de su familia desde Pacho (Cundinamarca) hasta El Tunal, dijo que su propósito principal era “apoyar al senador Carlos Alberto Baena, presidente del partido político”. En cambio, sobre las propuestas del presidenciable sabía poco más allá de su defensa de la libertad de cultos y señaló, por ejemplo, que no tenía permitido pronunciarse como militante sobre el matrimonio para las parejas homosexuales.

Foto: Twitter @IvanDuque

El peso del MIRA en el público fue determinante al final de la tarde, cuando por fin llegaron los discursos políticos. Los mayores vítores en la intervención de Ramírez se dieron cuando mencionó a ese partido. A su turno, Uribe los puso de primeros en los agradecimientos con idéntico resultado, a pesar de que entre los dos nombraron también a otros aliados de peso como el expresidente Andrés Pastrana, el exprocurador Alejandro Ordóñez, la exfiscal Viviane Morales y hasta el exvicepresidente Angelino Garzón como “representante de la izquierda democrática”.

El expresidente senador y su pupilo candidato tocaron casi los mismos temas. Uribe citó a los expresidentes Laureano Gómez y Darío Echandía y enfatizó en las comparaciones entre Colombia y Venezuela. Duque, por su parte, recordó al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y el pacifista indio Mahatma Gandhi. Eso sí, el exmandatario cerró su participación dejando claro que su elegido “en lugar de ser un pelietas como yo, es un gran pedagogo, un gran líder”.

Ambos insistieron en referirse (sin nombrarlo) a su contendor de la coalición Colombia Humana, Gustavo Petro, como un discípulo de Hugo Chávez, expropiador y promotor del “odio de clases”. También criticaron el Acuerdo de Paz con base en los asesinatos cometidos por las disidencias de las Farc y la posible reincidencia en narcotráfico del exjefe guerrillero ‘Jesús Santrich’ (que ellos dan por hecha sin que esté probada judicialmente).

 

 

Juntos prometieron la prohibición de la dosis mínima y Duque explicó que sus cambios de posición a este tema como una “tergiversación” de su propuesta. Los dos tocaron la agenda agraria, con énfasis en la amnistía para campesinos reportados en las centrales de riesgo, y reservaron breves menciones a la bandera de la economía creativa que caracteriza al exsenador. Pero sobre todo, repitieron hasta la afonía que su eventual gobierno bajaría impuestos y subiría salarios, afirmación que tuvo especial acogida en la audiencia.

Una vez el candidato terminó de hablar, los seguidores del MIRA empezaron a corear el nombre de Baena para que tomara la palabra. El senador se acercó al frente de la tarima y saludó con el brazo pero no tomó el micrófono. El disc jockey subió a la música para acallar la petición del público y el cantante Yeison Jiménez cerró la tarde con tres de sus éxitos del despecho. Pero la mayoría de los miraístas no se quedó a escucharlo sino que salió a buscar sus buses de regreso.

En la plazoleta quedaron solo los uribistas purasangre que estaban desde el principio y un grupo de artistas, casi todos músicos vallenatos, leyó un manifiesto de apoyo gremial a la candidatura. Mientras tanto un joven con camiseta de la campaña de Ordóñez recogía firmas a la salida para una campaña de solidaridad en favor del obispo de Hong Kong y otros católicos perseguidos por el comunismo en China.

Al final unas 20 personas, incluído un hombre con la bandera venezolana en la espalda, se quedaron esperando para ver pasar las camionetas de los políticos que se iban. Fueron los últimos en dejar el parque, casi al anochecer.

Este domingo se sabrá si los vecinos de El Tunal, ese parque donde Duque dijo haber pasado “momentos maravillosos”, finalmente acogieron su mensaje de cierre de campaña. La escasa y forzada asistencia podría vaticinar que no. Si todas las encuestas lo dan como el ganador de la contienda presidencial, debe ser porque sus seguidores están en otros lados, no en el sur de Bogotá.