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Jueves, 19 Noviembre 2020

Morir a la espera de una UCI en Bogotá 

Por Liga Contra el Silencio

Entre marzo y julio de este año, el 68 % de los fallecidos por covid-19 en los hospitales de la capital murió sin ingresar a cuidados intensivos, aunque había camas disponibles. El día de mayor ocupación hubo un centenar de plazas disponibles, pero diversos obstáculos en el traslado de pacientes críticos se tradujo en historias de angustia.

Los médicos del Hospital de Suba le explicaron a Graciana Leguizamón, de 42 años, que la caja torácica de su hermano Esteban, de 34 años, era demasiado grande para los ventiladores mecánicos que intentaban reanimar sus pulmones en la sala de urgencias. 

El virus avanzaba sobre la ciudad y el hospital público no estaba preparado. Además de no tener Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), sus equipos eran insuficientes para atender a Esteban, quien, a la tos seca, fiebre y problemas respiratorios que presentaba, sumaba un problema de obesidad.

Los médicos tenían motivos para trasladar al paciente a un centro de salud con UCI. Pero pasaron tres días y nada ocurrió. Esteban llegó al hospital el 10 de julio, y falleció el 13. Su familia recibió una semana después el resultado positivo para covid-19. Dos meses más tarde llamaron a Graciana de la Secretaría de Salud y preguntaron por el paciente para “realizar el cerco epidemiológico”.

Entre marzo y julio, el 68% de los fallecidos en los hospitales de Bogotá murió fuera de esas unidades, según cifras de la Secretaría de Salud, a pesar de que incluso en los días más críticos hubo camas en UCI disponibles. La historia de Esteban, un joven carpintero sin afiliación a ninguna Entidad Promotora de Salud (EPS), ni al Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales (SISBEN), abre interrogantes sobre la desigual atención de la pandemia en la capital del país. 

Para la primera mitad de julio el promedio de camas libres en cuidados intensivos oscilaba entre 100 y 120. Durante la segunda quincena el día más congestionado fue el 26, con 99 plazas disponibles, según el Distrito. Aunque había cupos, Esteban no fue trasladado.

Los profesionales de la salud describen estos casos como “barreras” u “obstáculos” hospitalarios: prácticas de mala gestión que van desde la negligencia hasta el bloqueo y la desatención de pacientes. 

Antes del covid-19, por ejemplo, era usual que las UCI se reservaran para pacientes afiliados a ciertas EPS que tuvieran convenios con determinadas clínicas y hospitales, entre otras malas prácticas de gestión. Los casos que surgieron durante esta crisis suman una mezcla de descoordinación, descuido e ineficiencia.

Carlos Carrillo, concejal de Bogotá por el Polo Democrático Alternativo, identifica como responsable a la Secretaría de Salud. “Dentro de su rectoría está la coordinación de las UCI. Por ley tiene la responsabilidad de garantizar que las EPS cumplan con su trabajo de prestar un derecho universal”. 

En segundo plano señala a las EPS. Según Carrillo las denuncias en la Superintendencia de Salud contra Compensar, Sanitas y Famisanar son incontables. “Por su negligencia, por sus demoras, por negarse a hacer pruebas”. Su conclusión es que la salud de los colombianos está en manos de “un contubernio de políticos y negociantes” a los que solo les “interesa hacer negocio”. 

El presidente del Colegio Médico de Bogotá, Hernán Bayona, reconoce la existencia de “obstáculos hospitalarios” en la ciudad. También pone en cuestión el papel de la Secretaría de Salud. Según dice, alrededor del 95 % de la población en la capital del país tiene cobertura a través del régimen contributivo, destinado para las personas que pueden costearse un seguro. “La Secretaría de Salud ha debido asumir con mayor eficiencia la coordinación de ese 5 % de población restante que está en el régimen subsidiado (a cargo del Estado)”, afirma Bayona.

Una familiar de los Leguizamón trinó el 14 de julio contra la gestión de la alcaldesa Claudia López. “No valemos lo mismo”, sentenciaba. Al día siguiente la Secretaría de Salud aseguró en un comunicado que el paciente había recibido todas las “medidas necesarias”. No explicaba sin embargo las razones por las cuales Esteban no fue enviado a una UCI.

Graciana Leguizamón cuenta por celular que, tras alguna insistencia, habló con un médico que diagnosticó a su hermano en el Hospital de Suba. “Dijo que había tenido dos paros cardiorrespiratorios. Y que si le daba un tercero, fallecía”. También le explicó que sería necesario llevarlo a cuidados intensivos “porque estaba en estado crítico”.

Pero sus gestiones para trasladar a Esteban chocaron con una de las marañas burocráticas más complejas de la región: “me dijeron que tenía que ir a hablar con una ‘niña’ Paola. Fui y le pregunté. Me dijo que necesitaba el número de cama asignado, el doctor y el hospital a donde lo iban a trasladar”.

Manuel González, subsecretario del Servicio de Salud y Aseguramiento del Distrito, dice que desconoce casos de negligencia hospitalaria en la gestión de las UCI y pide poner en contexto las cifras de fallecidos fuera de estas unidades. Explica que no todos los pacientes de covid-19 requieren estas unidades. González resume los parámetros para la remisión: que la persona tenga alteraciones en el funcionamiento del corazón, y que requiera soporte ventilatorio. 

Para el funcionario “hay que entender las particularidades de cada paciente. Llenar los hospitales de personas no significa que estén siendo bien atendidas, ni que estén siendo atendidas donde debe ser”.

Graciana está convencida de que los encargados del Hospital de Suba le negaron a su hermano la oportunidad de recuperarse por su falta de cobertura médica. “Es muy lamentable que a las personas que no tienen para pagar la seguridad social las dejen morir así. Uno no tiene derecho a enfermarse porque ningún médico lo va a atender, nadie le va a hacer un examen”, se lamenta.

Naufragio en el piso cero

Los gritos de los pacientes hospitalizados en el piso cero de la Clínica del Occidente evitaron que Hermencia Parrado, de 78 años, muriera esa noche del 19 de julio. A la mujer se le había caído la careta de oxígeno con la que trataban una insuficiencia respiratoria que arrastraba de tiempo atrás.

Según su familia, esto sucedió entre la una y las dos de la mañana, y la atención de los auxiliares tardó 20 minutos. La avalancha de casos por coronavirus y la fatiga pasaban factura a los encargados de esta clínica en Kennedy, la localidad de Bogotá más golpeada por el virus.

Hermencia fue hospitalizada el 16 de julio y el diagnóstico fue desalentador. “Me dijeron que ella tenía varias enfermedades y que yo debía entender que mi mamá ya había vivido todo lo que tenía que vivir”, recuerda Consuelo Navarro, su hija, quien se desmayó después de esta introducción. 

La salud de Hermencia empeoraba y los médicos evaluaron, desde el 17, la necesidad de trasladarla a una cama de UCI en otro centro, pues la Clínica del Occidente estaba saturada. Pero el ajetreo en otras unidades de la capital, según los responsables del centro, no daba buenos augurios. Ese día se registraron 8.000 casos de covid-19 en Bogotá, y la gráfica con dientes de serrucho siguió en ascenso hasta alcanzar un máximo de 13.000 casos en un día el 19 de agosto.

Los ventiladores mecánicos en la Clínica del Occidente estaban también copados. A Adriana Cabezas, nieta de Hermencia, los auxiliares de enfermería le dijeron que incluso a nivel nacional estaban al límite, y que cuando se liberaba alguno “la prioridad era para las personas de 20 y 30 años”.

Decidida a llevarse a su abuela para otro centro con plazas libres, Adriana se dirigió a la oficina de atención al cliente. Una enfermera le dio un mensaje del médico: “lo único que podía hacer era dejar montada la orden de remisión para otro sitio donde sí hubiera forma de atenderla”. 

A continuación, en el área de remisiones, un funcionario le explicó que “las UCI no están a cargo de los hospitales ni de las EPS, que eso depende de la Alcaldía. Y si tenía quejas debía dirigirme a la Secretaría de Salud”. Pero en la Secretaría le dijeron justo lo contrario. “Que era cuestión del médico y de la EPS. Todo el mundo se tiraba la pelota”. 

AUDIO [Escuche aquí el fragmento de la conversación entre una familiar de Hermencia Parrado y personal médico de la Clínica de Occidente el 21 de julio.]

El internista Juan Carlos Hernández es el responsable de cuidados intensivos en la Clínica del Occidente. Entre julio y agosto, afirma, recibió el volumen más alto de pacientes por covid-19, pero niega que hubiera atascos en la unidad. “Se cumplieron los criterios. Los traslados se hicieron de forma adecuada, siguiendo los protocolos del CRUE (Centro Regulador de Urgencias y Emergencias) y las EPS”, señala. 

Hermencia Parrado estaba afiliada a Famisanar, entidad que no tiene convenio con la Clínica del Occidente. La familia dice que hasta ese momento no hubo ningún contacto ni información de la aseguradora. Luis Armando Navarro, hijo de Hermencia, recuerda que el 21 de julio a las once de la mañana ella los llamó y pidió que la sacaran de ahí porque “¡en esta clínica me van a dejar morir!”.

Tras cinco días de espera para ser remitida a una UCI, Hermilda falleció en la camilla 10 del piso cero. En la historia clínica consta que fue por un paro respiratorio. Ocurrió durante un cambio de turno, cuando no había nadie para auxiliarla, según reveló una enfermera a los Navarro.

Juan Carlos Hernández señala que desafortunadamente hubo casos de pacientes que tenían una patología previa y los familiares daban el consentimiento para que, en caso de paro respiratorio, no se intubaran ni se realizaran maniobras invasivas. “En esos casos tampoco se trasladaba al paciente”, agrega. 

En la historia clínica se lee que los familiares dieron orden de “no reanimación”, pero Adriana Cabezas no recuerda haber dado esa orden. “¿Por qué íbamos a estar presionando por una UCI si no íbamos a autorizar que la intubaran? El día del ingreso yo pregunté si entre los papeles que firmé estaba esa autorización. Me dijeron que no, que en caso de ser necesario nos avisarían”.

Dos días después del deceso, una llamada de Famisanar sorprendió a Consuelo Navarro. “Era para confirmar que había una cama libre en cuidados intensivos. Sentí tanto dolor, tanta rabia”, recuerda con impotencia. La prueba que confirmó el positivo para covid-19 llegó al día siguiente.

Grietas acumuladas

A las historias de Hermencia y Esteban se suma la de Gabriel Castañeda, de 58 años, propietario de una barbería. Su hermano Gerardo cuenta que también estuvo hospitalizado en la Clínica del Occidente entre el 16 y el 21 de julio. Según la historia clínica estaba afiliado a Compensar y tenía tres comorbilidades que el virus no perdona: hipertensión, diabetes y obesidad.

Gerardo denuncia que “hubo negligencia a la hora de facilitar el traslado” de su hermano y dice que pedir información sobre su caso ha sido difícil: “Ellos se dan cuenta que uno no tiene el conocimiento ni las herramientas para reclamar”.

Según la historia médica de Gabriel, desde el 18 de julio se iniciaron “trámites para la remisión a UCI por no disponibilidad en la institución”. El 21 de julio, apunta, Gabriel era ya un “paciente críticamente enfermo” con “alto riesgo de mortalidad a corto y mediano plazo”. El paciente falleció sobre las 8:26 de la noche del 22 de julio. 

En la oficina jurídica de la Clínica del Occidente sostienen que el manejo médico en este caso siempre fue “ajustado a la patología presentada”. Dicen que Gabriel tuvo “acompañamiento total por personal especializado” y de acuerdo con “la capacidad posible de la IPS para la época de los hechos”. En este caso tampoco se aclara por qué el paciente, habiendo otras alternativas, no fue trasladado.

El 12 de abril, un mes después de declarar la emergencia sanitaria, el Gobierno expidió un decreto para agilizar la asignación de camas en cuidados intensivos. El CRUE, órgano supeditado a la Secretaría de Salud Distrital, pasó a gestionar las 998 camas de UCI para pacientes con covid-19 disponibles en la red pública y privada (al 18 de noviembre eran 1.622). 

Antes del decreto 538, la orden del médico pasaba a las EPS, donde debían contactar a su red de centros hospitalarios y autorizar el trámite. Ahora, el CRUE debe asignar la cama de UCI sin pasar por el filtro de las EPS.

Algunos miembros de la Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral (ACEMI), el gremio de las EPS, recibieron esta iniciativa con recelo. Especialmente las que cuentan con capital estadounidense o europeo, como Sanitas, Sura o Aliansalud, pues temían “el germen de una expropiación o toma de control por parte del Estado”, escribe por correo el presidente del gremio, Gustavo Morales. Tras varias discusiones y análisis, y con el visto bueno de la Corte Constitucional, se acordó trasladar esa función de distribución de pacientes a la autoridad sanitaria local, según Morales. 

Pero las falencias acumuladas del sistema sanitario se manifestaron, aunque la alcaldesa Claudia López sostuvo siempre que Bogotá era ejemplo en el manejo de la emergencia. 

Bayona, del Colegio Médico de Bogotá, recuerda que el coordinador de cuidados intensivos del Hospital de la Universidad Nacional le relató que “a veces dejaba dos o tres unidades libres porque le avisaban que iban a llegar tres pacientes, pero pasaban 12 horas y no llegaba nadie. Cuando llamaba a averiguar, el paciente había fallecido o ya no se necesitaba la cama”.

Una auxiliar de enfermería, que pidió reservar su nombre, dijo que los tiempos de respuesta de los servicios de salud fueron regulares debido, entre otras causas, a la intermediación de las EPS. Según esta fuente hubo fallas de comunicación con el personal médico, descoordinación entre el sector público y el sector privado, y falta de ambulancias medicalizadas que tuvieran respiradores, entre otras.  

Pero el subsecretario de Salud Manuel González asegura enfático que las EPS no tienen “ningún manejo ni intermediación” en el proceso, a pesar de que a la hora de la remisión “sí se tiene en cuenta la red de convenios de la EPS del paciente”. 

Desde ACEMI sostienen de la misma manera que no conocen casos de barreras en la asignación de UCI. Morales, cabeza de esa asociación, alude al hecho de que las diez EPS que conforman el gremio han mostrado un nivel de “letalidad que es la mitad del promedio nacional”.

Carolina Corcho, vicepresidenta de la Federación Médica Colombiana, afirma por el contrario que los tres casos expuestos en esta investigación son muestra clara de que las EPS siguen interfiriendo en los traslados. “Habría que analizar si existe relación con el hecho de que en Bogotá el tiempo promedio para asignar una UCI haya sido de 12 horas”, remata.

El análisis de Bayona, del Colegio Médico, recorre la misma línea. Según él, las barreras actuales son consecuencia de un proceso anterior a la pandemia. Las EPS, opina, no han invertido durante años en equipos básicos de función primaria; su atención al paciente es irregular; la realización de pruebas de detección del virus les quedó grande y el manejo de los call centers ha sido desastroso. “La ley 100 les entregó la responsabilidad de la promoción y prevención de la salud, y fallaron. Creo que muchas muertes se pudieron prevenir”, concluye. 

La discusión continúa mientras los responsables del sistema de salud toman decisiones que pueden potencialmente marginar de un derecho universal a los más desprotegidos. Es imposible saber si Esteban, Hermencia y Gerardo habrían tenido otra suerte de haber sido trasladados a una cama de cuidados intensivos. Lo único cierto, por ahora, es que sus historias se suman a las más de 34 mil víctimas que ha cobrado en Colombia un virus respiratorio letal que se propaga mucho más rápido que las redes de la burocracia.

Miércoles, 03 Agosto 2016

La guerra que no vimos desde las ciudades

Por Sania Salazar

Los colombianos que viven en grandes urbes tienden a pensar que el conflicto no es con ellos. Nada más alejado de la realidad. Los centros altamente poblados son los mayores receptores de desplazados y meca del reclutamiento.

Fennys Tovar y Hugo* tienen dos cosas en común. La guerra y Bogotá. Ella, desplazada, llegó al centro del país huyendo. Él, exguerrillero, reclutado a los 15 años en el colegio donde estudiaba en la capital.

En Colombia el conflicto también se vive en las ciudades. Reciben desplazados y aportan combatientes, entre otras cosas. El 40% de las personas tratadas por la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR, han sido reclutados en centros urbanos. Bogotá es la ciudad que históricamente ha recibido más desplazados, según la Unidad para la Atención y Reparación de Víctimas.

Fennys y Hugo le contaron sus historias a Colombiacheck en el Centro histórico de Bogotá, la ciudad a donde más personas han llegado a declararse como desplazados (557.185), según las cifras totales de la Unidad para la Atención y Reparación de Víctimas.

De los ocho millones de víctimas que hay en el país según el Registro Único de Víctimas (RUV), 6.849.277 son desplazados. Antioquia es el primer departamento receptor de esta población con 1.282.457 declarantes. La Unidad hace esta medición por departamentos, pero las cifras de Bogotá están aparte por la magnitud de la ciudad.

“No juzgo. Bogotá es una ciudad muy grande y aquí aplica la ley de sálvese quien pueda. Desafortunadamente hay mucho ladrón y no pueden confiar ni en mí ni en usted y mucho menos si decimos que somos víctimas, no nos van a ayudar. Si usted llega de otra forma lo van a auxiliar, porque a la mayoría de ellos no les ha tocado la guerra, no tienen ni idea qué es eso, entonces piensan que si usted es víctima es por algo, debe ser que usted es mala gente, que robó, que es un pícaro, nadie va a tomar buen concepto de eso”, asegura Fennys mientras toma tinto en el Café Pasaje, de los más tradicionales de Bogotá, rodeada de abogados, oficinistas y universitarios.

Su opinión es demasiado benévola si tenemos en cuenta que la primera vez que Fennys llegó a Bogotá buscó trabajo durante cuatro meses. “No pudimos con Bogotá. No surgimos. Nos pedían recomendaciones para darnos trabajo y ¿quién nos iba a recomendar?”, recuerda.

Alejandra Cardona, Directora de pedagogía del Museo Casa de la Memoria, en Medellín, ha trabajado quince años con población desplazada y conoce la incertidumbre y el choque emocional, ese pantano en que se estancan las familias que llegan a la ciudad sin entender, completamente, por qué deben dejar su hogar.

La misma situación por la que pasó Fennys y que, en un primer momento, la dejó aturdida, como perdida, sin reacción.

También sabe las dificultades a las que se enfrentan para sostenerse, pues no están capacitados para las labores propias de la ciudad. “Ellos manifiestan lo duro que es tener que ir a comprar un huevo cuando en la finca tenían las gallinas que se los daban. Eso los golpea fuertemente porque no está acorde con sus costumbres”, cuenta Cardona.

Combatientes de las ciudades

La conversación con Hugo, quien fue guerrillero durante nueve años, terminó en la carrera 9 con calle 13, pleno centro de Bogotá, mientras cientos de funcionarios regresaban a sus oficinas luego de almorzar.

“La guerra no solamente son los combates, en la ciudad hay otro tipo de guerra. Después de hechos como los del Club El Nogal se entendió que hacer eso en las ciudades tiene un costo político muy alto. Pero la guerra sí tiene tentáculos políticos, económicos que de una u otra manera te van tocando”, asegura.

Después de reclutar jóvenes durante siete años, primero en su colegio y luego en dos universidades públicas de la capital, Hugo pasó dos años en las selvas de Colombia. Durante su militancia asegura haber conocido por lo menos a seis muchachos que dejaron Bogotá para ingresar a las filas de la guerrilla.

“El 40% de las 49.000 personas que entraron al proceso de reintegración, provenientes de las guerrillas y los paramilitares, aseguran que los reclutaron en zonas urbanas, lo que sucede en las ciudades en general, todas ponen su cuota de reclutamiento”, explica Joshua Mitrotti, Director General de la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR.

“Mi mamá se preocupaba por tantas madres con los hijos muertos, pero no entendió realmente lo que pasaba hasta que no se preguntó cuándo le entregarían a su hijo muerto, si era que le entregaban mi cadáver. A raíz de ese sentimiento empezó a entender las razones del conflicto y ya no lo veía lejos, en una montaña”, cuenta Hugo.

“En las ciudades son víctimas y no se dan cuenta”

Fennys anda por las calles de Bogotá sosteniendo un sobre de manila con el que protege el libro que escribió apretado entre sus brazos y su pecho. Se ríe, muestra en su teléfono inteligente fotos de las conferencias que ofrece. No se queja. No llora. Ya no se siente víctima, decidió quitarse eso de la cabeza.

En el año 2000, acosada por la falta de trabajo y con dos hijas menores de cinco años a las que debía sostener sola, aceptó ilusionada la propuesta de ir a cocinar para una de las principales distribuidoras de combustibles en el país. De Villavicencio, donde vivía, la llevaron a zona rural de Puerto López, también en el departamento del Meta.

Dos semanas después se enteró de que estaba en un campamento paramilitar. “Sentí que se me abría la tierra y que me hundía de a poquitos. Me temblaban las piernas, las manos y los labios”, rememora.

De allí escapó ocho meses después, pero no da muchos detalles porque quiere escribir otro libro donde cuente esa amarga aventura. Llegó a Bogotá con sus hijas y otros familiares. No la maltrataron físicamente, pero dice que psicológicamente la dejaron vuelta nada.

“El desplazado llega generalmente hasta la periferia del municipio o de la ciudad, es decir, a las zonas marginales, lo cual los pone en competencia de recursos, de trabajo, de bienes, con los otros desposeídos de la ciudad. Ante los ojos de los habitantes de las zonas centrales de la ciudad, de los más ‘acomodados’, el desplazado es equiparado con el incómodo indigente, con el desempleado o con el empleado informal callejero, quienes exponen también una realidad que no quiere ser vista”, esa descripción del Informe Nacional de Desplazamiento Forzado en Colombia “Una Nación desplazada”, del Centro de Memoria Histórica, refleja fielmente lo que vivió Fennys.

A veces el sufrimiento regresa. Fennys cuenta que un familiar, quien había caído con ella en la falsa oferta laboral, llegó un día alterado a la casa y le dijo que había visto a gente del campamento en el que estuvieron. Les ordenó empacar mientras conseguía un camión.

Desplazarse es desarmar la vida en un instante para volverla a armar sin muchas ganas en otra parte.

Después de recorrer varias zonas del país Fennys regresó a Bogotá. Reconoce que fue una locura, pero lo hizo para cumplir con el sueño de ser escritora. Lleva dos años en la capital y asegura que le ha ido mucho mejor porque ya no carga con el temor con el que venía la primera vez y porque ahora tenía un plan de vida, un objetivo que lograr y la ayuda económica de una de sus hijas.

Esta vez llegó a la Unidad de Víctimas con su libro Las tres orillas, en el que cuenta la historia de una mujer paramilitar que conoció en el campamento en donde estuvo. Para publicar el libro tuvo que tocar muchas puertas, pero ahora lo que le interesa es ayuda para difundirlo. “Me pareció importantísimo escribir sobre esa clase de personas que también son víctimas porque por ellos nadie habla, ¿quién va a contar sus historias?”, comenta refiriéndose a quienes, como ella, son reclutados con engaños o a la fuerza por los grupos armados.

Dice que no busca que le den dinero. Ha sido vendedora ambulante y ahora se defiende con trabajos esporádicos y vendiendo joyas, además una hija le ayuda económicamente.

Sabe que para las víctimas las ciudades son una tabla de salvación, pero que cuando no hay oportunidades de trabajar, la opción es pedir y en algunos casos, robar. “La gente en las ciudades también es víctima y no se da cuenta porque a la hora de pagar impuestos costean una guerra que tampoco les compete. Somos víctimas directas e indirectas”, reflexiona.

Reclutar, reclutar y reclutar

Un profesor del colegio fue la conexión de Hugo con las Farc. “Los encargados de esa tarea no desperdician oportunidades, ven en familiares, amigos o compañeros de estudio un posible nuevo miembro de la organización”, cuenta y agrega que “en las ciudades hay mucho miliciano que recluta. Incluso en universidades como la Javeriana y los Andes”.

Hugo empezó en la parte política y ahora sabe que no fue casualidad el momento en el que le propusieron dejar Bogotá para irse a la selva. Su mamá no tenía trabajo, él no tenía recursos para seguir pagando la matrícula de la universidad y, por su edad, era una época de rebeldía, de inconformismo.

Mitrotti y Hugo coinciden en que los reclutados son, por lo general, menores de 18 años. “Máximo de 20”, dice el excombatiente. El director de la ACR indica que suelen aprovecharse de jóvenes que viven en entornos difíciles, en familias en las que hay violencia, abuso, que no son entornos protectores. “Ahí la ilegalidad aprovecha para ofrecer oportunidades, para mostrar que con ellos sí van a encontrar un entorno que les permita desarrollarse y aprovechan estas circunstancias para engañar a los niños y los jóvenes”, asegura.

“En un momento pensé que las armas hacían posible el cambio, pero te das cuenta también que dentro de ese agente de cambio, están los mismos factores que quieres cambiar, tengas o no un arma, pero entendí que esos factores están muy relacionados con la mentalidad de las personas”, confiesa Hugo.

En la selva Hugo empezó a detectar envidias y trampas en su contra, entonces comenzó su decepción. Su salud se empezó a deteriorar y esto lo llevó a reflexionar profundamente.

“Los colombianos tenemos la mentalidad de pasar por encima del otro, de que todo lo fácil es bueno, de colarnos en la fila, esa mentalidad está en ambos lados, si no cambias esas formas de pensar vas a repetir los mismos círculos de violencia, de corrupción, de pobreza”, concluye Hugo.

Ciudades indiferentes

“Somos una sociedad absolutamente negada”, ese es el contundente diagnóstico de Alejandra Cardona, del Museo Casa de la Memoria de Medellín. “La mayoría de las personas piensa que el conflicto y la paz están muy lejos de ellos, no hay una conciencia política, ética y ciudadana para comprender la violencia y la paz como contextos que nos competen a todos. Por el contrario se ven como causas aisladas en las que, sobre todo la gente de la ciudad, no entiende bien qué pasa y por qué, ni cuáles son los actores”, explica.

Para ella, hay dos elementos fundamentales para cambiar esta situación: uno pedagógico, que no le compete solo a la escuela, sobre cómo generar reflexión y debate en torno al desplazamiento. El segundo, la educación política en cuanto a la participación, que las personas entiendan que son sujetos políticos con derechos que puedan hacer valer.

“Hay que lograr fomentar mucho la solidaridad, la compasión, la ayuda, el respeto por la diferencia. Es un cambio en la forma de relacionarse y de reconocer a los otros”, concluye Cardona.

*Aunque la política de Colombiacheck es identificar a todas las fuentes, en el caso de Hugo cambiamos su nombre por motivos de seguridad.