La diseminación a gran escala de desinformación, información errónea y manipulada ha demostrado en los últimos años su potencial dañino para alterar procesos democráticos, polarizar sociedades, provocar violencia física y simbólica, vulnerar la salud pública y promover estafas y el daño reputacional de empresas y sectores económicos, entre otras consecuencias. No se trata de un fenómeno espontáneo ni aislado, sino que en muchos casos es el producto de esfuerzos coordinados de manipulación para alcanzar fines políticos y económicos, apelando a la emocionalidad y a los prejuicios de las personas. La masificación de las redes sociales y, más recientemente, la irrupción de la Inteligencia Artificial, han profundizado el problema. Por su capacidad para erosionar la confianza en las instituciones, organismos internacionales, desde la Unesco hasta el Foro Económico Mundial, catalogan a la desinformación como uno de los principales riesgos mundiales de los próximos años.