Pasar al contenido principal
Jueves, 04 Marzo 2021

Explicador: ¿Qué es el lenguaje inclusivo?

Por Luisa Fernanda Gómez Cruz

No se trata de una obligación ni de una imposición. Es, más bien, un llamado a incluir.

El debate alrededor del lenguaje inclusivo se volvió a encender a comienzos de febrero de 2021 luego de que se conociera en medios una sentencia de la Corte Constitucional que aclaró que usaría el masculino genérico para referirse en su providencia tanto a hombres como a mujeres. 

A raíz de ello vimos en Colombiacheck que se dispararon tanto las búsquedas como las desinformaciones alrededor del lenguaje inclusivo (en su momento publicamos una verificación sobre una de ellas).

Por ello decidimos aclarar algunas ideas sobre este debate. 

¿Qué es el lenguaje inclusivo?

Es una forma de lenguaje que, de manera intencional, intenta evitar el sesgo hacia un grupo en particular al tiempo que pretende incluir equitativamente a todas las personas que hablan una lengua. Es decir, que en este caso se incluye tanto el lenguaje inclusivo para personas en condición de discapacidad, como el promovido por grupos de mujeres que buscan evitar el sesgo hacia mujeres y otras identidades de género y de sexo. En este explicador nos centraremos especialmente en el segundo grupo. 

Y puede denominarse de otras formas: lenguaje inclusivo, no discriminatorio, con perspectiva de género o con inclusión de género. El punto es, como dice Modii, un espacio interactivo y dinámico que fomenta la igualdad, “comunicarnos de una manera que no represente una distinción asimétrica, desigual, excluyente o injusta entre mujeres, hombres y personas de género no binario”. 

Este video de TKM explica bastante bien el tema y señala que el lenguaje inclusivo “surgió como una forma de hablar que sea más justa y que no excluya ni oprima a ningún grupo de la sociedad”:

¿Qué implica el lenguaje inclusivo?

Desmontar o deconstruir el androcentrismo lingüístico y expandir el binario de género para crear más opciones de género para distintos hablantes, de acuerdo con Juliana Martínez, profesora de género y sexualidad y estudios culturales de American University (Washington, D.C), y directora de investigaciones de Sentiido.

Androcentrismo de la lengua

El lenguaje es la capacidad que tiene la humanidad para expresar pensamientos y sentimientos por medio de la palabra.

El androcentrismo de la lengua es la construcción social, cultural y gramatical en la que ese lenguaje se expresa. Esta forma de expresión ha estado basada, en el caso del español, en lo que lingüísticamente se ha denominado como “el masculino genérico”. 

En palabras de la Fundación del Español Urgente, Fundeu:

El masculino es el género no marcado, es decir, que «los sustantivos masculinos no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también, en los contextos apropiados, para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos».

Esto quiere decir que la forma masculina de los sustantivos es la forma en la que se engloba a un grupo de hombres y mujeres, al tiempo que es la forma en la que se habla exclusivamente de los individuos del sexo masculino. 

“Por eso, el servicio de consultas de la RAE explica que «los alumnos», en masculino, «es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones»”, explica la Fundeu.

Algunos grupos de personas, entre ellos algunos feminismos, manifiestan que el uso establecido del masculino genérico es una de las formas del sexismo. Porque “lo que no se nombra no existe”, dice la profesora Martínez replicando el refrán. 

Y el sexismo, explica la investigadora de la American University, es un sistema de poder que distribuye de manera no equitativa los recursos, derechos y oportunidades según el binario de género (hombres y mujeres). 

“Eso hace que el hombre haya sido tomado como el sujeto universal en la sociedad y en la lengua. Las cosas en la sociedad están diseñadas para los hombres, y el lenguaje también. El lenguaje es parte de creer que el hombre es el sujeto universal. Si nombramos un hombre todos estamos incluidos. Mientras que las mujeres son siempre vistas como excepciones, individuos, especificidades”, complementa Martínez, experta en estudios de género, sexualidad y cultura.

El binarismo de género

Actualmente desde unas corrientes de los estudios de género (tema que aclaramos en este explicador) se habla de las identidades de género no binarias, que incluyen a personas que no se autoperciben como hombres ni como mujeres y que pueden identificarse con un tercer género o ninguno.

El binarismo de género, de acuerdo con Martínez, implica que todas las personas tenemos que caber en dos cajas: Hombre o Mujer; Masculino o Femenino. Pero, “lo que hace el lenguaje inclusivo es buscar maneras, crear maneras, de que las personas que no se identifican dentro de ese binario puedan nombrarse a sí mismas”. 

Nuevamente: “Lo que no se nombra, no existe”. Sobre este tema, Mercedes Bengoechea, sociolingüista española y catedrática de filología Inglesa, dijo en 2011: 

La identidad se establece a través de símbolos: cómo nos vestimos, cómo nos movemos. Pero, sobre todo, a través del lenguaje: cómo se nos llama, qué se dice de nosotras y nosotros, cómo se nos ve, cómo nos presentamos en público y en privado, cómo nos explicamos y se explican nuestros actos, cómo se nos interpreta. El lenguaje no se limita a condicionar, sino que establece de una manera decisiva la representación mental que la gente tiene de las personas y de los grupos. Percibimos, evaluamos, conocemos, reconocemos... a través de imágenes mentales que crea la lengua. Nuestra identidad se construye mediante el nombre que la sociedad nos asigna, mediante la utilización de ese nombre por las gentes de nuestro alrededor, y mediante lo que se dice del grupo del que formamos parte.

“Porque si uno no puede nombrarse a sí mismo, no puede existir. Se trata de crear una condición de posibilidad lingüística y social de existir más allá del binario de género. Es nombrar que hay más géneros y que todas las personas tenemos derecho a nombrarnos”, aclara Martínez.

Para algunas lingüistas feministas, además, el lenguaje sexista promueve la superioridad masculina, a través del masculino genérico, el uso del pronombre masculino singular como el predeterminado para referirse a una persona de género desconocido, como ocurría con el “he” en inglés, ahora suplantado por “them” (que en español ha sido traducido como “elles”).

Pero además, por el uso de marcadores de género innecesarios que dan por hecho que ciertas profesiones son propias de un género específico, como ingeniero o médico.

De modo que el hombre se convierte en el estándar y quienes no se identifican como hombres son relegados a un nivel inferior. Como decía Martínez, lo que está por fuera es tratado como excepción (aún cuando las mujeres conforman la mayoría en términos de población).

Un asunto de poder

Para Martínez hay unas ansiedades alrededor de la lengua que generan ciertas reacciones y resistencias muy fuertes a hablar en términos de inclusión. Y esto ocurre porque el lenguaje inclusivo cuestiona lo que tradicionalmente se considera natural y deseable. 

El binarismo de género se toma como lo normal es que haya dos opciones, no más, y que en el centro esté el hombre. Y “a lo que la gente está reaccionando es a la ruptura de las estructuras de poder; no a la innovación lingüística. Porque el lenguaje, especialmente en Colombia, es una de las maneras más fuertes para sostener jerarquías de clase y de poder”, de acuerdo con la docente. 

La RAE

En estas discusiones siempre se involucra a la Real Academia de la lengua Española, quien en varias ocasiones ha enunciado que no es necesario utilizar un lenguaje inclusivo dado que el masculino genérico permite englobar, como ya dijimos, todas las expresiones sin distinción de sexos.

¿Qué hace la RAE?

Pablo González, doctor en lingüística de la Universidad de la Ciudad Nueva York (The City University of New York - CUNY), señala que la RAE juega una función prescriptivista, en contraste al descriptivismo.

Mientras que el descriptivismo se concentra en entender cómo la gente usa el lenguaje, el prescriptivismo señala que hay una forma correcta de decir las cosas. “El prescriptivismo es en general una fuerza reactiva y reaccionaria, que quiere que las cosas se queden quietas”, dice González, “pero la naturaleza misma del lenguaje es cambiar”.

“Es observable hablando con el abuelo que no habla igual que uno”, agrega González, y dice que la lengua se adapta a su entorno y cambia con velocidad. 

El español colombiano, por ejemplo, hoy en día cuenta con muchas palabras en inglés que no tenía hace 20 años. Pero la RAE no reconoce esos cambios. No reconoce “youtuber” por ejemplo. Pero el verbo, dice González, no lo empezamos a usar porque la academia dice. 

Y en ese sentido es que vale la pena tomar con cuidado lo que dice la academia, pues aclara González, en Latinoamérica y Colombia tenemos la tendencia a entender que la academia hace la lengua. Cuando la realidad es que la lengua española precede a la academia. Para el momento en que fue fundada la RAE ya se hablaba español y la lengua no depende de una academia. 

La academia de la lengua española ha sido señalada en varias ocasiones, además, de ser, no solo machista y sexista, sino también colonialista y clasista.

Desde su fundación, en 1713, hasta el 19 de mayo de 2019, ha habido un total de 485 académicos en la RAE. Actualmente entre los 46 miembros números, solo hay cinco mujeres. Y entre los 29 directores que ha contado la academia en toda su historia, hasta ahora, no ha habido una mujer. Toda esta información se puede consultar en su página web.

“La academia solo tiene influencia si se la dejamos tener”, dice González.

¿Qué dice la RAE sobre el lenguaje inclusivo?

“El uso de palabras con desinencia de género neutro o no binario no es reconocida por la RAE”, señala la Fundeu, “aunque en los últimos años su uso ha ido creciendo en grupos asociados al feminismo, las diversidades sexuales y de género, y en personas más jóvenes”.

La RAE ha señalado que “se recomienda no emplear en textos generales [la x o el @]”.  Y la Fundeu ha dicho que “tal y como señala el Diccionario panhispánico de dudas, este uso es innecesario (el masculino, como género no marcado, puede emplearse para englobar el masculino y el femenino) e inadecuado”.

La posición en general es que dentro el masculino genérico cabe todo. 

Ahora bien, la pregunta que sigue es:

¿La RAE es quien debe pronunciarse sobre la validez del lenguaje inclusivo?

¿Y su posición debe tomarse como regla?

No. “La RAE no tiene autoridad alguna sobre el lenguaje. La RAE es un ente que publica un diccionario y representa una ideología. Pero el español es de quien lo habla. Nadie puede regular un lenguaje. El lenguaje está en la cabeza de sus hablantes”, dice González.

La misma Fundeu reconoce: “Los hablantes, al final, son quienes siempre deciden”. 

“¿Por qué creemos que podemos regular la lengua?, es un fenómeno natural que ocurre en las comunidades de gente. Decirnos cómo usar la lengua es decirnos cómo pensar”, dice Pablo González.

Y si queremos cambiar el lenguaje, se puede cambiar. Por supuesto, una sola persona no logrará un efecto representativo, ni a la velocidad que considere necesaria. Pero cuando lo hacen grupos de personas, es más fácil.

Bengoechea ha dicho que la lengua es una institución más, como otras, y por tanto, una construcción social, sujeta a mejoras y modificaciones. 

En las Jornadas sobre micromachismos realizadas en 2014, señaló la necesidad de “reivindicar los usos que se conocen como ‘lenguaje no sexista’. Para las mujeres son necesarios como instrumento de afirmación del Yo femenino, y, para los hombres, como fórmula de reconocimiento de la alteridad, de la diferencia; sin fórmulas anti-sexistas, las mujeres desaparecemos en la lengua y los hombres acaban olvidando nuestra existencia”.

¿Qué han dicho organizaciones y entidades sobre el tema?

La Organización para las Naciones Unidas publicó unas orientaciones para el empleo de un lenguaje inclusivo en cuanto al género en español que ofrecen “una serie de estrategias para que el personal de las Naciones Unidas emplee un lenguaje inclusivo en cuanto al género”. Sin embargo, las tres estrategias sugeridas pueden ser usadas por cualquier persona que esté interesada en evitar los sesgos de género: 

  1. Evitar expresiones discriminatorias 
  2. Visibilizar el género cuando lo exija la situación comunicativa 
  3. No visibilizar el género cuando no lo exija la situación comunicativa

El gobierno de Colombia, por su parte, ha realizado dos publicaciones en torno al lenguaje inclusivo.

Una, tomada de la Resolución 1904 de 2017 expedida por el Ministerio de Salud y Protección Social, para hablar de la población con discapacidad. Para este caso, dice la comunicación de Función Pública, “al hablar de comunicación inclusiva se hace referencia a la forma como son presentados los contenidos y hablar de comunicación accesible se alude a que el formato en que son presentados dichos contenidos permita que las personas con discapacidad accedan a ellos”.

Y presenta términos a utilizar en las informaciones relacionadas con las personas con discapacidad:

La otra publicación es una serie de recomendaciones para ser incluyente desde el lenguaje de la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer

“En Colombia la Corte Constitucional en la Sentencia C-804 de 2006, dice que debemos ser incluyentes desde el lenguaje y señala que: ‘...que hablar de niño, adulto, hombres... es un lenguaje que perpetua la discriminación contra las mujeres, por lo tanto el lenguaje que evidencie lo femenino y haga visibles a las mujeres será armónico con la dignidad humana y el principio de igualdad’”, señala la consejería (y de esta misma sentencia hablamos en este chequeo).

Algunas recomendaciones de esta página para utilizar el lenguaje incluyente son: 

  • Utiliza palabras, términos o conceptos neutros o imparciales que no invisibilicen a las mujeres: Ciudada- nía, Sociedad, Niñez...
  • Nombra lo femenino y lo masculino: Reunión de padres y madres de familia.
  • Reemplaza palabras universales masculinas por genéricos neutros: Oficina de atención a la ciudadanía.
  • Utiliza el femenino en oficios, profesiones y cargos: El diagnóstico que dio la médica, la ingeniera revisó la información.
  • Identifica con el artículo femenino o masculino sustantivos invariables: Una joven, Un joven.

Finalmente, señala la consejería, “ser incluyentes, también desde el lenguaje, significa ser conscientes de que las palabras, imágenes o acciones, reproducen roles y estereotipos de género que la sociedad ha impuesto a las mujeres y los hombres”.

¿Cómo hacer uso del lenguaje inclusivo?

Tal vez lo que causa más resistencia del lenguaje inclusivo es el cambio en la “o” de los sustantivos por otros símbolos, como el “@”, la “x” o la “e”. Pero se puede usar un lenguaje inclusivo sin hacer uso de estas expresiones. 

En español, inicialmente se popularizó el uso del “@”, y más adelante, el de la “x”. Sin embargo, esto sólo funcionaba para el lenguaje escrito, pues no es muy claro cómo decir en voz alta, por ejemplo “lxs chicxs” o “l@s colombian@s”. 

El uso de la “e” permitiría solucionar los problemas de pronunciación y su uso en la expresión oral. Lo que ha dado paso a usar expresiones como “todes”, “nosotres” o “elles”. 

Pero además, permite evitar el desdoblamiento del género (“señoras y señores”, “colombianos y colombianas”, “niños y niñas”) y cumplir con el criterio de la economía del lenguaje; respondiendo a exigencias de los puristas del lenguaje.

Quienes critican el uso de la “e” señalan que de esta manera se estaría “deformando el lenguaje”. Algo que para Pablo González no existe. “Es imposible por una definición misma de términos”. 

Pero en cualquier caso, hay otras formas en las que se puede usar un lenguaje más inclusivo usando palabras y expresiones que ya hacen parte del diccionario y de lo que considera la RAE como correcto. 

La Fundeu recoge estos recursos:

  • Sustantivos colectivos: la persona interesada en lugar de el interesado, o la ciudadanía por los ciudadanos; así también el alumnado, el equipo, el funcionariado, etc. 
  • Sustantivos epicenos: como cónyuge, persona, víctima, clientela o plantilla.
  • Sustantivos abstractos: dirección, presidencia, alcaldía, secretaría, etc.
  • Paráfrasis: el ser humano por el hombre o el personal administrativo por los administrativos, la clase trabajadora, la comunidad educativa...
  • Omisión del sujeto: pueden enviar su currículo a… en lugar de los interesados pueden enviar su currículo a…, se podrá reclamar en... frente a el afectado podrá reclamar en…, o téngase en cuenta que frente a el usuario tendrá en cuenta que…
  • Empleo de relativos: quien solicite la ayuda por el que solicite la ayuda. 
  • Reformulaciones: tienen mucho interés por están muy interesados.
  • Aposiciones explicativas: se contratará personal docente, tanto hombres como mujeres, para el cuidado de…
  • Omisión del sustantivo en algunas construcciones: entrada gratuita para menores de 12 años en lugar de para niños menores de doce años.
  • Determinantes y pronombres sin marca de género: cada participante por los participantes.

Modii en su apartado de “Lenguaje no sexista”, reúne muchos más. 

Es opcional

Finalmente el lenguaje inclusivo no es una obligación ni una imposición de un grupo a otro (como sí lo ha sido el masculino genérico). Es un llamado a incluir.

Y es un debate que se ha dado en otros idiomas. Por poner dos ejemplos, en 2015, el sueco sumó el término hen como pronombre no binario por la Academia Sueca. Y en el inglés, el uso de them como pronombre singular es la versión más popularizada de un pronombre neutro.

Algunas desinformaciones que han surgido alrededor del tema:

“El lenguaje inclusivo acabará con el idioma”

Las lenguas solo se acaban cuando la gente deja de hablarlas. Y las que no cambian son las muertas, porque son las que nadie habla, aclara Juliana Martínez.

Los hablantes cambiamos la lengua constantemente porque la función de la lengua es satisfacer las necesidades de los hablantes. Para crear y comunicar el mundo en el que vivimos y queremos vivir. Por eso cambia y por eso no hablamos actualmente de la misma forma en que se expresaba Miguel de Cervantes Saavedra.

“El cambio no amenaza la lengua. El cambio energiza y revitaliza la lengua. Le da vida”, señala González. 

“Ahora entonces hay que decir ‘la carra’ para referirse a ‘el carro’”

Alrededor de este debate se suele caer en la caricaturización. Pero “que una lengua tenga un género gramatical no la hace sexista. Lo que la hace sexista es que ese género, ese binario de género, se le imponga a las palabras con las cuales las personas se nombran a sí mismas o a otros grupos de personas”, señala Martínez.

El sol y la luna seguirán siendo nombradas de la misma forma en que lo hacemos hoy (o puede que no, pero no por cuenta del lenguaje inclusivo). Las demandas de un lenguaje más incluyente están en nombrar y visibilizar a las personas sin imponer una forma de hacerlo.  

“El lenguaje inclusivo que todos deberíamos aprender es el lenguaje de señas”

No hay que elegir un lenguaje por encima del otro si de lo que se trata es de promover la inclusión, la igualdad y el respeto por el otro.

Los derechos no compiten entre sí. Se apoyan y se refuerzan en la medida en que se juntan.

Sábado, 12 Agosto 2017

La resistencia femenina en Barrancabermeja

Por Myriam Bautista

En un espacio machista y en donde predominan los varones, las mujeres que forjaron la Organización Femenina Popular, OFP, se ganaron un sitio de privilegio en el que se dialoga y discute con ellas con respeto y admirando sus acciones. Es el mejor ejemplo de una agrupación feminista que no solo es femenina.

Nacieron como un Club de Amas de Casa, por allá en los años setenta, con la bendición y auspicio de la pastoral social de la Iglesia Católica. Sus maridos, los “verracos” santandereanos, no les armaron tropel. Con el paso de los años y ya sin la férula de los curas, muchos de los “guapos” esposos elevaron la voz al comienzo, pero por los favores recibidos para todo el núcleo familiar, la bajaron y se convirtieron en cómplices de la Organización Femenina Popular, OFP, ya que socios no pueden ser.

Organización mítica y emblemática dentro de los movimientos sociales de Colombia por haber nacido en el más importante y beligerante puerto petrolero: Barrancabermeja; por haber resistido al embate de grupos de ultraderecha, de extrema izquierda, de sectores institucionales armados y desarmados y, a la toma del paramilitarismo a finales de los años 90 y comienzos de la década del 2000.

Pero, sobre todo, por ser un grupo que reúne mujeres de estratos uno y dos, muchas de las cuales llegan sin saber leer ni escribir, sin tener ninguna idea sobre las agremiaciones y sin que la socialización haya sido una de sus competencias y, con el correr de los años, algunas se hacen liderezas, casi todas adquieren confianza en sí mismas y se vuelven referentes en su comunidad y en su familia. Pasan de la nada al todo.

Hoy, 45 años después de ese recordado 20 de julio de 1972, cuando un grueso porcentaje de sus actuales 1.600 socias, no había siquiera nacido, la totalidad de mujeres entrevistadas, una veintena, declara que su vida cambió gracias a esa Organización que les dio la posibilidad de salir de las cocinas de sus humildes viviendas, traspasar la puerta de su casa para ir a reuniones periódicas en las que siempre aprenden algo.

En donde se conocen mejor y conversan con las vecinas sobre la situación del país y de su comunidad; en las que se ríe un poquito, se sufre otro poco y siempre se canta el himno que escribieron entre todas y al que nunca le pusieron música.

Sin que medie ocasión especial este himno se entona con el ritmo que imponga la que tenga mejor voz y cante más duro. Lo que más se oye es su estribillo que dice: Compañera despierta, despierta compañera a la conquista de tus derechos. Para muchas de ellas tiene el mismo significado que la Internacional Comunista para los obreros de izquierda del mundo entero.

Se hace camino

Los sacerdotes Floresmiro López, Nel Beltrán y Eduardo Díaz, de la parroquia del Señor de los Milagros, comprometidos con la Teología de la Liberación, les propusieron a un grupo de barranqueñas, ante el deterioro de la situación económica, organizarse para aprender algún oficio que pudiera volverse fuente de ingreso para aumentar sus magros presupuestos y, cómo no, para propiciar lugares de encuentros en los que las mujeres, sobre todo casadas y con hijos, pudieran contarse sus problemas, porque carecían de un espacio físico donde compartir con sus vecinas. Ellas, por su puesto, dijeron que sí.

En Barrancabermeja, como en casi todas las poblaciones del país, la gran mayoría de mujeres tenían tres opciones de vida: ser solidarias monjas, abatidas amas de casa o prósperas prostitutas. Para saber más sobre la vida y milagros de las trabajadoras sexuales de Barranca, leer la novela “La Novia Oscura” de Laura Restrepo.

En los Clubes de Amas de Casa la gran mayoría de asociadas confesó que no optaba por ninguna de esas opciones de vida. Sabían que su apuesta era complicada, pero se la jugaron. Muchas ganaron.

El cura Floresmiro López les propuso a algunas, a finales de los años setenta, entre ellas a Yolanda Becerra (ver recuadro), transformar esos Clubes en una organización de base de las tantas que las rodeaban como la Unión Sindicables Obrera, USO, que desde el comienzo fue su espejo, pero también su hermana en tantas y tantas luchas que han librado hombro con hombro.

La USO ha sido uno de los sindicatos más combativos y aunque tiene en sus filas algunas afiliadas mujeres, el grueso de su base son los obreros de Ecopetrol. A diferencia de otras organizaciones sindicales no han tenido nunca una dirección de mujeres o un espacio similar, tal vez por ello, han visto a la OFP como una hermana de sangre a la que cuidan y quieren.

En esas estaban

La OFP centró su trabajo en ofrecerles a las mujeres de Barrancabermeja, Puerto Berrío, San Pablo, Cantagallo y otras poblaciones de Santander del Sur y del Sur de Bolívar la posibilidad de alfabetizarse, de debatir sobre el embarazo de las adolescentes, el machismo y patriarcalismo de la región y sobre la construcción de alternativas laborales diferentes a la prostitución.

Esos temas eran atractivos para decenas de jóvenes y no tan jóvenes que oían a sus liderezas embelesadas. Nadie nunca les había hablado así. Por eso fueron crecieron como la espuma del contaminado río Magdalena y tuvieron que crear en los barrios populares de Barranca y en las poblaciones a donde llegaban, Casas de la Mujer que llenaban de afiches, carteleras con frases alusivas a la situación de las mujeres en la región o de mujeres “bravas” como la comunera Manuela Beltrán.

Estas casas pronto se convirtieron en espacios de encuentro no solo para las mujeres sino para su núcleo familiar porque la mayoría llegaba con sus hijos y hasta con maridos, novios y pretendientes. En los años noventa comenzaron a darse los desplazamientos internos que obligaron a replantear el mandato de la Organización.

Crearon las ollas comunitarias que hoy recuerdan con cariño más de dos generaciones. Eran grandes recipientes en donde se cocinaban sustanciosos sancochos, que quién lo creyera, se consumían bajo los 32 grados, temperatura promedio en esa tierra caliente, sin dejar ni una sola gota.

Para muchas familias ese sancocho era la única comida del día y para todas, el momento y sitio privilegiados para contarse en confianza y sin sospechar del interlocutor, lo que había pasado en su pueblo, en su vereda, las opciones de trabajo que se les presentaban, las diligencias que se tenían que hacer para acceder a servicios de salud, a un cupo en la escuela, en fin, el único lugar seguro para conversar sobre un futuro que se vislumbraba tan azaroso e incierto como su vida.

Fueron años en los que arreció la violencia paramilitar y en Barrancabermeja, como en muchas poblaciones del país, esa presencia se hizo avasalladora.

Crearon esos hombres de negro, armados hasta los dientes, manuales de convivencia: los jóvenes no podían llevar el pelo largo, porque los rapaban; ni aretes en las orejas, porque se las cortaban. Las mujeres acusadas de lesbianas o de organizadoras de las comunidades, eran llamadas y conminadas perentoriamente para que se fueran de la ciudad.

Establecieron muchas reglas que ellos mismos no cumplían, pero que propagaban para que su poder se sintiera hasta en el ámbito familiar y social.

Se tomaron las casas, sobre todo, las del Barrio Néstor Acuña, en Barranca, construido por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, Anuc. Llegaban y les decían a los propietarios: ustedes se tienen que ir. Muchos de ellos entregaron las llaves y fueron a las notarías a pasarles las escrituras.

La OFP instauró, por este despojo, múltiples denuncias ante la Fiscalía, así como por el asesinato de varias personas y la desaparición de otras. No les creían. Las hacían llenar formularios y aportar pruebas para ellas imposible de allegar. Se convirtieron en expertas rescatadoras de los cuerpos sin vida que bajaban por el río. Y las Casas de Mujer en el lugar de refugio y acogida de muchos perseguidos.

La OFP considerada por los paramilitares como una agrupación de peligro, de extrema izquierda, fue atacada. Esperanza Amaris y Yamile Agudelo, dos liderezas sociales y Diafanol Sierra Vargas, uno de los colaboradores más asiduos, fueron asesinados. Una de las Casas de la Mujer fue destruida a punta de porra, pica y pala, por más de cuarenta hombres que no dejaron sino un pedazo de tubo, en una acción que duró más de seis horas, en una noche de ingrata recordación, en la que los vecinos rogaban que amaneciera porque estaba seguros que seguirían con sus viviendas.

A otra de las Casas de la Mujer en Barranca llegaron dos hombres que decían cumplir órdenes de El Gato y les dijeron a las mujeres que volverían en tres horas, necesitaban que se llevaran sus cosas y que les entregaran las llaves: convertirían esa casa en uno de sus comandos.

Las mujeres amenazadas lograron reunir unas veinte familias, alrededor de 80 personas, en esas dos horas que les fijaron para hacer el trasteo. Todo a punta de teléfono. Cuando llegaron los paras les dijeron que de ahí no se movían y que no les iban a entregar las llaves. Los hombres quedaron desconcertados y partieron por donde habían llegado a contarle a su jefe que las mujeres ya no estaban solas sino con todas sus familias y que no se iban a mover de ahí. No volvieron.

Iconos y símbolos

Corría el año de 1998 y estaban cerrando Barranca como si fuera una herradura. Los paras la vigilaban día y noche. Otros llegaron a Puerto Berrio. Se presentaron con la masacre del 16 de mayo. Asesinaron siete personas y desaparecieron veinticinco más.

A esta toma paramilitar, a sangre y fuego, las mujeres de las OFP respondieron con imaginación y echando mano de la simbología para esconder el miedo que se colaba por todas las rendijas de sus casas, de las de la organización y por todo su cuerpo.

Confeccionaron unas batas negras de algodón que hicieron su vestido para las marchas y manifestaciones. También las que utilizaban en los plantones que hicieron muchas veces alrededor de féretros vacíos cada vez que tenían noticia de que una compañera o un compañero había sido asesinado.

Los vecinos les daban a las mujeres de las OFP el pésame como si ellas fueran las madres, esposas, hermanas o parientes del asesinado.

Convirtieron, también, las llaves en el símbolo de la resistencia y se las colgaban alrededor del cuello o del techo de sus casas, con sus nombres, para que quedará muy claro que esos espacios eran propiedad privada y que sus dueñas eran mujeres.

Compraban a diario flores amarillas que oponían a las armas de los agresores, como la señal de su lucha por la vida, por la alegría en medio de la tragedia.

Tejían con cintas de colores cadenas de cuatro a cinco cuadras para demostrar la unidad y para conversar mientras hacían esas figuras diversas, para espantar el terror en que vivían.

Esa simbología aumentó su prestigio y, en muchos casos, impidió la desbandada que se dio en todas las organizaciones. No solo hubo éxodo de personas, porque muchas cambiaron de residencia, sino el que se dio porque las mujeres optaron por abandonar la Organización, considerando que, si se quedaban haciendo parte de ella, su vida corría más peligro. De 7.000 socias quedaron reducidas a setecientas. Hoy ya han recuperado a muchas y son 1.416 las asociadas.

De todos modos, esos años de violencia las resquebrajo al interior de la organización y en su relación con otras organizaciones. Han tenido que probar, comprobar y remarcar que fueron violentadas. Más de un centenar de razones han encontrado, para que las reconozcan como víctimas del conflicto y sujetas a reparación. Condición que para muchas organizaciones de base equivale a claudicación o a entregarse al establecimiento. Ellas acostumbradas a no rendir cuentas han seguido adelante y hoy son emuladas por algunas de las organizaciones que las atacaron.

Su gran proyecto es construir en el segundo piso de su sede principal un Museo de la Memoria para que esos años no se olviden, para que el recuerdo de las víctimas sea permanente y para que se exhiban todos esos símbolos que las hicieron resistentes y visibles, por lo que lograron salvar sus vidas.

El trabajo actual con las mujeres se enfoca en pequeñas unidades productivas, como huertas caseras en los patios de sus casas o pequeños galpones con treinta aves que ocupan ese tiempo muerto, por esas tierras hirvientes, de mujeres y hombres que tienen poquísimas fuentes de trabajo y sirve hasta para que los jóvenes se alejan de los televisores y de toda clase de malos hábitos en lugares donde la sana recreación ha sido desterrada.

No hay una sala de cine ni menos un teatro ni tampoco canchas de fútbol o basquetbol. El tedio asecha y estrecha la vida.

Histórica y resiliente directora

Yolanda Becerra es la mayor de un hogar de siete hijos. Su padre era dueño de unos chircales donde se hacen ladrillos. Con el cura Floresmiro, en la vereda los Comuneros, crearon la primera escuela del lugar. La sede fue su casa. Se la pidieron prestada por tres meses y duraron dos años.

De día de su casa solo quedaban iguales las alcobas. La sala y el comedor desaparecían para darle cabida a niñas y niños que alborotaban y aprendían. Quedo huérfana de papá siendo muy joven.

Al terminar su bachillerato en el colegio público Camilo Torres, le tocó buscar trabajo. Eduardo Díaz, otro sacerdote, la postuló, como a otras compañeras, para ocupar el cargo de secretaria en la Pastoral Social y ella fue la elegida.

En ese tejido social que se urdía entre la iglesia, los sindicatos y la parroquia se plantearon varios proyectos para ayudar a las comunidades campesinas. No duró dos años como secretaria cuando Yolanda pidió que la reemplazarán.

“Me di cuenta que no servía. No me sentía realizada. Me quedaba en la oficina, escribiendo partidas de bautizo, de defunción y actas de matrimonio, mientras todo el mundo se iba a hacer trabajo de campo. Y eso era lo que quería. Me dieron la oportunidad de entrar al área de formación de la OFP. Entré a apoyar grupos juveniles y hasta el día de hoy. No entendía mucho el papel de las mujeres en la organización. Iba a los encuentros femeninos, pero siempre con resistencia, en la medida en que fui entendiendo, mi papel fue más destacado. Me volví feminista de tanto oír y ver lo mal que la pasaban la gran mayoría de las mujeres que llegaban a la OFP”, cuenta.

En 1986, cuando se inicia el proceso de autonomía, promovida por la misma iglesia, para que la OFP se convirtiera en una agremiación independiente, el papel de Yolanda tomó fuerza y su liderazgo se consolidó.Desde esa época ha sido la Directora General, con algunos períodos de receso, aunque no muy largos. “Me di cuenta, en esa oportunidad, que la autonomía no tenía precio. Que no queríamos ser de nadie. No necesitábamos más dueños. Nos coquetearon desde diversos sectores del espectro político. A todos les dijimos que no”, enfatiza Becerra.

Vendrían años de trabajo, de crecimiento, de viajes al exterior contando su experiencia y continuando, de manera simultánea, su labor por llevar un poquito de bienestar para esas mujeres que creyeron y confiaron en ella.

Pero cuando los paramilitares coparon Barrancabermeja, vivieron problemas graves. “Fuimos las mujeres de la OFP las que hicimos más resistencia. Un compañero nos dijo en una reunión que en esos tiempos los hombres nos metíamos debajo de las naguas de las mujeres”.

Las cinco casas de la mujer se volvieron casas de acogidas, en donde se daba comida, ropa, primeros auxilios de salud. Era un ejercicio humanitario las 24 horas. Hicimos parte de una Coordinadora Departamental para hacer acompañamiento con distintas organizaciones, sindicatos, listas de acompañamiento, gracias a las que se salvaron muchas vidas.

Con lágrimas en los ojos y muy perturbada, Becerra habla sobre esa etapa. “Pasamos por la tortura, por la violación, por el destierro, las amenazas, por el desprestigio. Nos señalaron que éramos de las guerrillas. Que nosotras no hacíamos lo que decíamos. Que inflábamos el número de mujeres que atendíamos, los almuerzos que se vendían en las distintas Casas de la Mujer. Que inventábamos las denuncias, las amenazas. Nos preguntaban: ¿Por qué las persiguen? Si ustedes lo que hacían era comida. Si ustedes lo que hacían era la olla comunitaria. Demostramos que el conflicto si nos impactó porque teníamos un proyecto político social. Un proceso muy doloroso. Nos señalaban en las audiencias. Hasta nos acusaron de haber hecho trato con los paramilitares. Acusaciones similares a las que le hicieron al Padre Francisco De Roux, en su trabajo en el Magdalena Medio. En el 2007 entraron a mi apartamento y me conminaron a abandonar la zona. A los tres días estaba organizando una marcha. Entonces, cogieron a una de mis hermanas y le dijeron que si no me iba acabarían con la familia. No fui capaz de seguir. Tampoco de irme en el exilio. A lo más lejos que llegué fue a Bucaramanga. Casi todas las dirigentes nos enfermamos de cáncer. Unos más leves que otros. Nos gastamos en esta lucha todos nuestros cartuchos. La cooperación internacional comenzó a cambiar, a irse del país, acá quedaron solo dos organizaciones internacionales apoyándonos, porque con la desmovilización de los paramilitares y ahora con la firma de los acuerdos con las Farc se supone que ya no tenemos agentes violentos que nos hagan la vida difícil. Hoy sabemos que no nos equivocamos. Que esa acusación de que nos habíamos vendido a la institucionalidad, no tiene sentido. Tomamos una decisión estratégica. Somos víctimas del conflicto armado. Hemos ganado confianza de nuevo. Seguimos proyectando la organización. Así como en la resistencia las mujeres fuimos las más creíbles, hoy venimos trabajando en reconstruir la memoria de unos años duros y violentos”.

No es aventurado afirmar que, en cada ciudad de Colombia, pueblo, vereda, vive una Yolanda Becerra, que se levanta todos los días con el propósito de ayudar a su comunidad o algún miembro de ella en particular porque esa es su razón de ser, de existir. Gracias a esas mujeres valerosas es por las que sobrevive este país tan fracturado y violentado.

*Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción, la Embajada de Suecia y la Organización para las Migraciones (OIM) para el proyecto CdR/Lab Con Enfoque.
**Esta historia fue publicada originalmente en Colombiacheck.