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Domingo, 15 Enero 2017

Toribío: dos años en paz, pero sin luz por las noches

Por Sania Salazar

Gracias a la negociación y firma del Acuerdo Final, hace dos años que la tranquilidad reina en este municipio caucano que fue azotado por el conflicto. La esperanza y el comercio crecen, así como los cultivos de marihuana en invernadero. Instantáneas de su nueva realidad.

Completar cinco meses sin servicio de energía eléctrica por las noches es lo de menos. En Toribío, Cauca, ya se puede disfrutar tranquilamente de un helado en las bancas de la plaza. Pararse cerca de un policía ya no es convertirse automáticamente en blanco de las balas de las Farc. Los niños pueden jugar en las calles.

Aunque el apagón nocturno llevaba dos meses a mediados de noviembre, cuando Colombiacheck visitó el pueblo, otro dato es más mucho más importante y descriptivo de lo que vive este pueblo: Aproximadamente dos años, coinciden sus habitantes, sin guerrilleros del sexto frente de las Farc disparando desde las montañas que lo circundan.

“En Toribío ya hay paz”, dice en voz alta una señora de cabello largo, blanco y recogido, de unos 70 años. “Antes a uno le temblaban las nalguitas así todos los días”, y levanta las manos vibrantes mientras espera sentada en un microbús a que empiece el recorrido, de dos horas, desde Santander de Quilichao hasta la plaza de Toribío.

La casa de doña Julia, cuyo nombre completo es Hostal La Mansión de Julia es el albergue que recomiendan ahora en el pueblo a los visitantes. Seis cuartos en el primer piso. La vivienda de la dueña en el segundo cuyo garaje se convierte por las noches en pizzería. Un tercer piso en construcción.

A sus 52 años Julia Isabel Díaz está construyendo un hotel y reconstruyendo su vida. Payanesa. Auxiliar de enfermería. Se le ocurrió la idea del hotel para quienes llegaban hasta el pueblo por trabajo, pues eran poquitos los que se atrevían a ir a un municipio donde la guerrilla estaba pendiente en las vías de acceso de quién entraba, para qué y por cuánto tiempo. Un pueblo donde en cualquier momento llovían balas y pipetas desde las montañas. El municipio del país más afectado por hostigamientos y tomas guerrilleras.

A quien necesitaba quedarse unos días le alquilaban un cuarto en una casa de familia o debía quedarse en un hostal en el que a duras penas ofrecían una cama, sin ninguna otra comodidad, donde un baño privado era un lujo suntuoso.

Pero desde que abrió el primer cuarto, en marzo pasado, no ha parado de recibir gente, periodistas, sobre todo internacionales, y familias de municipios vecinos que llegan de paseo los fines de semana.

En la sala de su casa, alumbrada solo por un pequeño rayo de luz de una veladora detrás de ella, cuenta que cuando fue a que la incluyeran dentro de las 6.550 víctimas de Toribío reconocidas por el Registro Único de Víctimas, le dijeron que para ella no había nada porque lo de ella era psicológico.

6.550 víctimas en un municipio que según las proyecciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, Dane, tiene este año 29.496 habitantes. Las víctimas son el 22,2% de los pobladores. Una de cada cinco personas. Julia, una de cinco, es oficialmente una víctima.

“Estoy en tratamiento psiquiátrico. Tengo estrés postraumático, depresión mayor, síndrome de ansiedad”, enumera, y esboza una explicación de sus padecimientos, “me tocaba atender en el hospital a los heridos de parte y parte. Eso me tocaba verlo, quiéralo o no”, recuerda.

Julia sabe que aunque vuelva la violencia habrá personas que necesiten pasar temporadas en Toribío por trabajo, pero confía en que los tiempos violentos terminaron, por eso piensa en un hotel con las comodidades de la ciudad y hasta con una pequeña zona de spa.

Pero Julia no es la única que confía en el potencial de Toribío. Jesús Betancur, funcionario de la Alcaldía, mira por la ventana de su oficina, en el primer piso de la edificación.

“Esos toldos que se ven ahí no estaban antes, eso era vacío”, señala con el dedo al hablar de los puestos de ventas informales que hay en el parque principal, 15 en total ese día de noviembre. Ofrecen carne, ropa, comida, entre otras cosas.

Los números que consulta en el computador de la tesorería indican también el incremento en el comercio formal, uno de los primeros aspectos que resaltan los habitantes de Toribío en la nueva etapa de tranquilidad que viven.

En 2013, primer año oficial de negociaciones de paz entre el Gobierno y las Farc, 50 establecimientos pagaron el impuesto de industria y comercio. 2014, en la mesa de negociación ya se había empezado a hablar del Fin del Conflicto y las Farc anunciaron un cese al fuego unilateral y definitivo, la tesorería recaudó aportes de 56 negocios. 2015, un año el que el proceso vivió una de sus crisis más delicadas porque las Farc mató a 11 militares en Buenos Aires, Cauca, 73 establecimientos pagaron. 2016, después de que el plebiscito perdió en las urnas y justo antes de la firma definitiva del Acuerdo Final 50 comerciantes habían cumplido con esa obligación.

La huella de la violencia en los estudiantes

“Profe, mis papás me dan $2.000 todos los días para ‘el algo’ (merienda), yo le voy a dar $1.000 para que compre pintura y cambiemos el color de la escuela. Es verde, por eso nos disparan”, recuerda Janeth Hurtado que le rogaba, llorando, un niño. Ella se tapa la cara con las palmas de las dos manos al recordar uno de los tantos momentos de angustia durante uno de los tantos enfrentamientos entre ejército y guerrilla cerca a la Institución Educativa Toribío, donde ella es coordinadora.

Janeth asegura que, por lo menos en la institución donde trabaja, el conflicto no era causa de deserción. Las cifras le dan la razón pues al consultar en el Sistema de Información Socioeconómica del Cauca, Tángara, se ve que la matrícula en la zona urbana de Toribío pasó de 984 en 2005 a 1.373 en 2014 (389 matrículas más). Además, la cobertura total, también aumentó de 93,9% a 102,1% en ese lapso. En ambos casos, con fluctuaciones.

Según el RUV 2011, 2013, 2012, 2014, 2005, fueron, en ese orden, los años que mayor número de víctimas dejaron producto de actos terroristas, atentados, combates, enfrentamientos y hostigamientos.

Esos años violentos no coinciden necesariamente con los de menores cifras en cobertura: 2008 con 81,5% y 2010 con 82,2%. Ni con los de cifras más bajas en matrícula: 2010 con 814 y 2013 con 479. Este último caso es el único en que coincide el segundo año más violento con la cifra más baja en matrículas.

Los niños no abandonaban el colegio, pero allí pasaban momentos angustiosos y debían aprender, además a proteger sus vidas. Todavía lo hacen, pues la profesora dice que no pueden dejar de hacer simulacros, sobre todo porque puede haber artefactos explosivos sin detonar.

Temen una paz pasajera

Gabriel Paví es el gobernador del Cabildo indígena de Toribío. Cuenta que la gente está construyendo y mejorando sus casas en el pueblo pues ya no hay tomas que echen a perder el esfuerzo, pero teme que la paz sea pasajera, que no haya la inversión social y económica suficiente para que el pueblo progrese y que otros grupos armados ocupen el espacio dejado por las Farc o que milicianos se dediquen a la delincuencia.

“Sembrar marihuana resulta mejor que otros cultivos. La libra está a unos $150.000, mientras que la arroba de café está alrededor de $70.000. Además, por el jornal recogiendo café pagan $15.000 el día, mientras que por desmoñar una sola libra de marihuana pagan lo mismo”, compara.

He ahí la explicación de la proliferación de los cultivos de marihuana en los alrededores del pueblo. Paví cuenta que, en su mayoría, son cultivos en invernadero, con sistemas de riego y que por la noche los alumbran con bombillos, todo esto para mejorar la calidad del producto.

No hay una voz oficial que lo diga, pero el secreto a gritos en Toribío es que la empresa de energía quita el servicio de noche porque los dueños de los cultivos se conectan ilegalmente al sistema.

La sombra de nuevas violencias generadas por los cultivos ilícitos y por las viejas heridas que aún no cierran del todo, son los motivos que ahora tienen los toribianos para temer que la oscuridad regrese a su municipio.

Domingo, 02 Octubre 2016

En medio de la incertidumbre, La Cominera dice sí

Por Pablo Medina Uribe

El asesinato de la líder indígena Cecilia Coicué en la vereda La Cominera, un pequeño poblado que como pocos ha vivido la intensidad del conflicto armado con las Farc en el Cauca, recordó a sus habitantes esa época de violencia que quieren enterrar junto con la última víctima de su comunidad. Por eso anuncian su respaldo a la paz.

El pasado 8 de septiembre, en la vereda La Cominera, en lo alto del municipio de Corinto, Cauca, apareció el cuerpo sin vida de Cecilia Coicué a unos 100 metros de su casa. Coicué, quien fue hallada bajando por la loma detrás de su humilde casa campesina, fue asesinada el día anterior. Salió de su casa a revisar por qué no llegaba agua. Según cuentan sus vecinos, en su cuerpo se contaban 22 puñaladas y en su garganta, una herida mostraba el intento por degollarla que no fue concluido.

El asesinato de Coicué trajo a la remota comunidad de La Cominera a un grupo especial de la Policía Judicial, al comandante de la Policía del Cauca, Édgar Rodríguez y a varios funcionarios de inteligencia de la Fuerza de Tarea Apolo de la Tercera División del Ejército. Tal despliegue de las autoridades tenía una razón particular. Este fue un crimen de interés nacional: Coicué era la dueña de El Vergel, la finca que el gobierno pensaba arrendar para ubicar uno de los siete campamentos (también llamados “puntos”) que, junto a 20 zonas veredales, albergarán a los miembros de las Farc durante seis meses, para facilitar su desmovilización, desarme y reintegración a la vida civil.

La confusión

En La Cominera nadie sabe, o por lo menos nadie quiere decir, qué sucedió con Coicué. Por ahora la Fiscalía investiga si su muerte tuvo que ver con el proceso de paz, pero en la cabecera municipal de Corinto los habitantes tienen muchas teorías.

Coicué era una mujer comprometida con el cambio social en su región, prueba de ello su membresía dentro de varias organizaciones como la Asociación de Trabajadores Campesinos de la Zona de Reservas Campesinas del municipio de Corinto (Astrazonac), de la Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria (Fensuagro-CUT), del Proceso de Unidad Popular del suroccidente colombiano (Pupsoc) y de la Marcha Patriótica en el Cauca.

Por eso las teorías sobre su brutal asesinato son un abanico que va desde un crimen pasional hasta la venganza política.

En cualquier caso, la principal consecuencia es que los habitantes de La Cominera ya no saben qué les depara el futuro cercano. Desde el cabildo Nasa de Corinto les enviaron un informe sobre lo que significará el acuerdo de paz para ellos, pidiéndoles que votaran por el “Sí” en el plebiscito y advirtiéndoles que se prepararan para “resistir” todo lo que se pudiera venir con el asentamiento de un campamento de las Farc en su zona.

Pero desde el mismo cabildo les llegó el rumor de que, por el asesinato de Coicué, el gobierno estaba pensando cambiar el punto al vecino municipio de Miranda.

La Oficina del Alto Comisionado para La Paz le dijo a Colombiacheck que esa opción no estaba contemplada y que parecía imposible de realizarse. Las zonas y campamentos no pueden estar en resguardos indígenas y el lote en La Cominera fue escogido justamente por tener el espacio suficiente para albergar un campamento sin tener que usar tierras de un resguardo, algo que es casi imposible de encontrar entre los territorios indígenas de Miranda.

Pese a ello, ni en la vereda ni en el municipio hay certezas sobre qué exactamente es lo que pasará. Iván Márquez, el jefe negociador de las Farc, dijo la semana pasada en la X Conferencia de esa guerrilla que no se desmovilizarían hasta que no esté lista la Ley de Amnistía. El “Día D”, es decir, el día desde el que comienzan a contar los 180 días que tendrán los guerrilleros para entregar las armas, comenzó a correr desde el lunes con la firma final del acuerdo en La Habana. Pero hasta ahora no se han reportado movimientos de guerrilleros hacia esta zona.

Así que por ahora sólo hay incertidumbre en La Cominera, una comunidad de campesinos y de indígenas que ha vivido algunos de los peores horrores del conflicto con las Farc y que, tras el respiro que brindaron los diálogos en La Habana y el cese al fuego, está alerta y desconfiada por lo que pueda venir ahora.

El conflicto en el norte del Cauca

El punto de La Cominera no está aislado y no fue elegido aleatoriamente. Además del campamento que está planeado en esta vereda de Corinto, el norte del Cauca tendrá dos zonas de concentración más, donde se desmovilizarán las Farc. Uno en Buenos Aires, municipio en la frontera con el Valle del Cauca, y otro en Caldono, hogar de seis resguardos indígenas.

Toda esta zona ha sufrido los embates de las Farc, en particular del Frente Sexto comandado por el “Sargento Pascuas”, durante muchos años. Este es un veterano miembro de esa agrupación subversiva que fue quien acompañó al legendario fundador, Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, cuando se tuvo que desplazar de Marquetalia al Cauca, exactamente a Jambaló.

Los habitantes de esta región disfrutaron el cese del fuego acordado en La Habana, unilateral primero y definitivo, después, aunque varios ataques recientes les han hecho recordar cómo es de duro y cruel el conflicto que han vivido por años carne propia.

Por ejemplo, en septiembre de 2014, el Frente Sexto de las Farc emboscó la caravana de un sepelio para poder atacar un puesto de control militar en Corinto. En abril de 2015 las Farc asesinaron a once soldados en la vereda La Esperanza en el municipio de Buenos Aires, enviando las conversaciones en Cuba a una de sus más duras crisis. En julio de ese mismo año, el Frente Sexto explotó varias bombas y disparó ráfagas de fusil para hostigar al Ejército en Corinto. Y en febrero de este año un campesino de La Cominera fue herido al golpear accidentalmente un artefacto explosivo abandonado por el Ejército mientras trabajaba en su finca.

Esta es una zona de conflicto, pero también de resistencia y de reconciliación. En 1984 el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric) inició lo que llamó la “liberación de la madre tierra”, un proceso de ocupación y lucha política con el que logró la tenencia de 40.000 hectáreas de tierras que aún hoy están en poder de los indígenas, la mayoría de ellas en el cabildo de López Adentro entre Corinto y Caloto.

En 1990, parte de la guerrilla del M-19 entregó las armas en el caserío Santo Domingo en el municipio de Tacueyó, también en el norte del Cauca. Y en 1991 la guerrilla indígena del Quintín Lame, conformada por jóvenes indígenas y que según versiones de los ‘mayores’, “nació como respuesta a la represión de la Fuerza Pública frente a la recuperación de sus tierras”, entregó sus armas en Pueblo Nuevo, uno de los resguardos indígenas de Caldono.

Por un futuro diferente

Quizás es por esta cercanía con lo peor del conflicto con las Farc que en la zona se siente un gran apoyo al “Sí” en el plebiscito. Las calles de las cabeceras municipales de Caloto y Corinto están decoradas en casi cada esquina con banderas y pendones promocionando la refrendación del acuerdo final y adornadas con el escudo de cada municipio.

La mayoría de habitantes también dicen apoyar el “Sí”, pero algunos tienen reservas.

La orden desde el Cric es salir a votar masivamente por el “Sí”, una indígena de la zona, que prefirió no ser nombrada para evitar problemas con el cabildo, le dijo a Colombiacheck que el suyo es un “Sí” reacio. Desde febrero de 2015 Nasa Acin (la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, parte del Cric) está liderando un nuevo proceso de liberación de la madre tierra en esta zona del país.

Su preocupación, además de los cruentos enfrentamientos con el Esmad que han venido ocurriendo desde entonces, es que las tierras que se les prometen a los indígenas en los acuerdos de paz terminen siendo explotadas por compañías multinacionales y no en manos de los indígenas, como ha ocurrido ya con otras promesas del gobierno.

Subiendo hasta La Cominera se puede entender mejor por qué esta les parece una posibilidad tan real.

El camino a La Cominera

La carretera hasta La Cominera es una trocha que pasa por encima de riachuelos y que en momentos bordea un precipicio de más de 500 metros de altura. Quienes la recorren están separados del vacío por nada más que una cerca de madera y alambre de púas. Viejos jeeps y chivas de hace tres o cuatro décadas comparten los inexistentes carriles con las motos de los habitantes que bajan y suben del pueblo.

Desde este camino se divisa el hermoso valle que da el nombre al vecino departamento y que también ocupa parte del norte del Cauca: una planicie que parece interminable y que casi en su totalidad está plantada de cañaduzales. A lo lejos se ven las varias humaredas de las enormes quemas de caña que los ingenios usan para acelerar los procesos industriales del azúcar y de otros productos que vienen de la caña de azúcar.

La caña se ha tomado el norte del Cauca y a ambos lados desde la carretera entre Cali y Santander de Quilichao y entre Santander y Corinto, pasando por Caloto, se puede ver un mar verde, son kilómetros y kilómetros de este monocultivo. Incluso muchos de los indígenas con tierras en López Adentro cultivan caña de azúcar.

Pero en el alto de La Cominera el paisaje cambia radicalmente. Allí se pueden ver plantas de mora, lulo y café, rodeadas de cultivos de marihuana y coca de muchos lugareños que han decidido arriesgarse para poder tener mejores ingresos. Los cultivos ilegales están, además, adornados por luces eléctricas que ayudan al crecimiento las plantas de noche.

La casa de Coicué queda en el centro de la vereda, en una pequeña colina entre dos montañas, o “filos” como les llaman aquí. Antes de llegar a ella hay una cancha de fútbol, donde el Ejército estuvo estacionado hasta la semana pasada. Según Ferney y Hernán, dos indígenas de la zona que viven de cultivar café, cuando el Ejército baja hasta el pequeño pueblo no pueden trabajar. Los helicópteros no los dejan dormir y tienen miedo de salir de noche, pues saben que es probable que comience algún enfrentamiento con la guerrilla.

Antes del cese al fuego bilateral la guerrilla rutinariamente disparaba hacia el Batallón de Infantería No. 8 que está instalado en uno de los filos de la vereda. Muchas veces las balas perdidas entre ambos bandos terminaban impactando a habitantes de la zona. Uno de ellos, John, perdió el uso de su mano izquierda por una de esas balas. Aún hoy, ya un adulto, corre a esconderse apenas escucha uno de los helicópteros de la fuerza pública que han estado rondando la zona desde que se anunció que aquí estaría ubicado uno de los campamentos de las Farc.

Aunque las cosas han mejorado, todavía hay mucha preocupación sobre lo que pueda venir. Durante los enfrentamientos, que se recrudecieron desde el gobierno de Uribe y siguieron hasta hace tres años, tanto el Ejército como las Farc ocupaban las fincas y las casas de los habitantes por varias semanas y, además de ponerlos en medio de las balas, los dejaban sin poder trabajar.

Por el miedo de que algo así se repita, los indígenas del sector, que son unas 80 familias en La Cominera (o alrededor de la mitad de la vereda) decidieron poner un puesto de control a la entrada desde el lunes pasado. Allí, los hombres del cabildo toman turnos para vigilar quién entra y sale y operar una talanquera pintada con el verde y rojo de la Guardia Indígena

Aun así, hay un halo de esperanza. A la entrada de la vereda un aviso desteñido que anuncia la presencia de las “Farc-EP”, poco después se ve una gran bandera blanca con la leyenda “PAZ” que saluda a los visitantes. Es en este último en que se quiere concentrar Ferney.

Aunque dijo que, hasta la semana pasada, cuando les llegó el informe del cabildo sobre el plebiscito, ellos no sabían “con qué se comía eso”, ahora está convencido de votar por el sí: “Todo el que ha vivido la guerra va a votar Sí, todos queremos acabar esto, aquí nadie quiere revivir el horror por el que pasamos, sólo los ricos van a votar no".

Hernán, sin embargo, es más cauteloso. “No sabemos qué vaya a pasar con nosotros, ni qué vaya a pasar aquí si viene la guerrilla, no sabemos ni siquiera si viene la guerrilla. Lo único que podemos hacer por ahora es esperar al lunes y ahí ya sabremos qué vendrá”.

* Esta investigación fue realizada por el periodista Pablo Medina y hace parte de la iniciativa Claves de los acuerdos y el plebiscito por la paz, apoyada por la Cooperación alemana y la DW Akademie.