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Viernes, 04 Junio 2021

Duque llama ‘reforma policial’ a cambios que se quedan muy cortos frente a recomendaciones expertas

Por José Felipe Sarmiento

Un proyecto de profesionalización, nuevos uniformes con cámaras y controles balísticos mínimos no bastan contra abusos. Tercer y último chequeo a la entrevista de Noticias Caracol en el Paro Nacional 2021.

En la entrevista que Noticias Caracol le hizo al presidente de Colombia, Iván Duque, el 17 de mayo de 2021, la directora del programa Los Informantes, María Elvira Arango, le preguntó al mandatario si pretendía impulsar una reforma a la Policía; a lo que él respondió: “Ya lo hicimos. Ya se ha presentado al Congreso”.

El funcionario incluso detalló algunos puntos: mayor visibilidad de la identidad de los agentes en sus uniformes, utilización de cámaras adheridas al cuerpo para tener registro de los procedimientos en los que participan y un control estricto de armas y balística, con reportes sobre el uso de cualquier munición. Sobre este último, incluso destacó que “Bogotá es pionera en América Latina”.

Colombiacheck verificó la respuesta de Duque y encontró que es cuestionable. El único proyecto de ley gobiernista que apunta a cambios institucionales se queda corto. Los más ambiciosos, propuestos por la oposición, están estancados. Los nuevos uniformes y otras medidas que menciona son decisiones más administrativas e insuficientes según expertas. Mientras que los protocolos sobre la munición no tienen nada de novedosos.

Este es el tercer y último chequeo de la citada entrevista de Noticias Caracol. El primero fue sobre las cifras descontextualizadas con las que el mandatario sacó pecho por la vacunación contra COVID-19 y el segundo, sobre los datos incompletos que presentó con relación a las personas desaparecidas durante el Paro Nacional.

Los proyectos de ley

A 2 de junio de 2021, faltando 18 días para terminar las sesiones ordinarias de la actual legislatura, en la base de datos del Senado había siete proyectos que tienen relación con la Policía. Ninguno era de iniciativa gubernamental, aunque tres venían de los partidos de la bancada favorable al gobierno.

De estos, el más avanzado es el 364 de 2020, que busca crear la categoría de agentes profesionales con un régimen de carrera. Tiene ponencia para segundo debate desde diciembre de 2020, pero ni esta ni el texto original radicado mencionan los puntos que el presidente resaltó en la entrevista.

La iniciativa propone crear la figura de “agentes profesionales”, a la que podrían pasarse los actuales patrulleros e ingresarían los nuevos graduados de las escuelas, con un escalafón y distinciones por antigüedad. Además, plantea requisitos para el ingreso más estrictos que los actuales definidos en el Decreto Ley 1791 de 2000: se exigiría el título, una calificación psicofísica y antecedentes fiscales, además de los disciplinarios y penales.

Los criterios de admisión, la formación y las barreras que hoy existen para el desarrollo de la carrera de los patrulleros sí hacen parte de los problemas actuales de la Policía. La Fundación Ideas para la Paz (FIP) y la politóloga Viviana García Pinzón, investigadora del Instituto Alemán de Estudios Globales y de Área (GIGA, en inglés), señalan varias correcciones necesarias en esos aspectos.

Según la académica, hay que “quitar esa división tan marcada que hay entre las personas que, como tienen el dinero para pagar los cursos de suboficiales y oficiales, terminan en los cargos de mando, y quienes entran porque no tienen los recursos”. Por eso indica que “es importante hacer eso más democrático”.

Esos uniformados con menos ingresos y oportunidades de ascenso son, precisamente, los patrulleros. En esto coincide García Pinzón con los autores del proyecto, que lo han presentado en medios precisamente como una forma de beneficiar a esos policías de bajo rango que se enfrentan a esa barrera.

La directora ejecutiva de la FIP, María Victoria Llorente, también había propuesto “cerrar la brecha entre el nivel ejecutivo y la oficialidad de la Policía y hacer más equitativas las posibilidades de ascensos, condiciones salariales y beneficios” en una presentación de septiembre de 2020. Además, había recomendado “generar incentivos que mejoren la calidad de los aspirantes a patrulleros”.

Por otro lado, “Colombia tiene un déficit de personal. No hay suficiente. Justamente frente a esa falta se han dado procesos de admisión más flexibles y, al final, hay agentes que no deberían estar ahí si se hubiera hecho un proceso riguroso”, advierte García. Las nuevas exigencias relacionadas con la profesionalización irían en ese sentido, según lo que dice la exposición de motivos de la iniciativa.

Ambas politólogas coinciden en que la discusión también debe ser sobre el contenido de la formación y su modelo educativo. La investigadora doctoral afirma que hoy existe una mentalidad atravesada por el conflicto armado y la guerra contra las drogas, que “genera sesgos y estereotipos sobre quiénes son más dignos de protección dentro de la misma población y cómo otros son vistos con sospecha”.

Para buscar una solución a esto, García Pinzón sugiere que debería haber “una participación más amplia de los civiles” en la definición de los currículos. En contraste, el proyecto dejaría esto en manos de instancias dentro de la misma Policía, subordinadas a su Dirección General.

Además, esta iniciativa no es suficiente para resolver todos los asuntos señalados por las expertas. La misma FIP sacó una infografía en medio del paro actual en la que insiste en otros puntos, como el mejoramiento de la rendición de cuentas institucional y el acceso al escrutinio de la sociedad civil o el fortalecimiento de controles internos y externos, también con mayor participación civil y por fuera de la cadena de mando.

Para García, lo más urgente es “analizar los factores que fomentan la impunidad dentro del accionar de la Policía”. Concuerda con la fundación, por ejemplo, en que la Inspección General debería estar ocupada por civiles en lugar de mandos policiales.

La politóloga califica como una “contradicción con la naturaleza de la Policía como un cuerpo civil” el hecho de que sus integrantes sean procesados por la Justicia Penal Militar. Este fuero también es criticado por la FIP. El proyecto no lo toca.

García considera que la Policía debería pasar al Ministerio del Interior o a uno nuevo de seguridad. La FIP sugiere que se puede quedar donde está pero con algunas condiciones. La iniciativa tampoco dice nada al respecto.

Otro debate clave que se queda por fuera es una “intervención a fondo” del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), protagonista de los abusos. “Que no sea un desmonte cosmético y luego se recicle con un cambio de nombre y con los mismos problemas”, dice la investigadora del GIGA.

Los dos proyectos restantes sobre policía de congresistas progobierno en el Senado tienen poco o nada que ver. Uno pretende incentivar la incorporación de deportistas profesionales a las filas y ni siquiera tiene su primera ponencia. El otro, que tampoco ha tenido debate, se refiere exclusivamente a las intervenciones de la Fuerza Pública ante ocupaciones de inmuebles por vías de hecho.

Las iniciativas de la oposición, en cambio, sí están orientadas a la regulación del uso de la fuerza policial en manifestaciones y el sistema de ascensos de la institución (1, 2). Incluso una de ellas propone una reforma más general al Código Nacional de Convivencia y Seguridad Ciudadana y la Ley 63 de 1993, que también dicta normas sobre la naturaleza y el funcionamiento de la Policía Nacional.

En Cámara, el único proyecto reciente referente a la prevención del abuso policial también es de la bancada opositora. Sin embargo, ni este ni los del Senado han pasado del primer debate.

Uniformes y cámaras

Otra cosa es que, en marzo de 2021, el director de la Policía, general Jorge Luis Vargas, anunció cambios en los uniformes para el personal asignado a seguridad ciudadana. Las modificaciones sí incluirían una mayor visibilidad del número de identificación y sí se está estudiando la implementación de las cámaras adheridas al cuerpo.

Lo que pasa es que estas decisiones, mencionadas por Duque en la entrevista, no están relacionadas con ninguna de las propuestas legislativas. Además, no se ha definido una fecha para la implementación de las modificaciones.

El investigador Alberto Sánchez Galeano, asesor de la Secretaría de Seguridad de Bogotá, le dijo al informativo CityNoticias que los cambios en los uniformes se ajustan a estándares internacionales. También destacó que el resaltado del número de identificación “ha sido una demanda de las organizaciones de la sociedad civil”.

Pese a esto, ninguna de estas dos novedades aparece en las recomendaciones de la FIP y la politóloga García Pinzón considera que son “medidas cosméticas”. Si bien reconoce que el uso de cámaras adheridas al cuerpo “puede generar un incentivo que disminuya la disposición de un agente de policía a abusar de la violencia en algún momento”, observa que “tiene un alcance muy limitado”.

“En el paro hemos visto que ahora los ciudadanos graban y uno casi puede seguir online el live del abuso policial y no pasa nada. Si lo vamos a ver, por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, los policías usualmente tienen cámaras adheridas al cuerpo y aun así los hechos de violencia policial contra ciertos grupos de la población, particularmente minorías raciales, persisten”, argumenta la experta.

De hecho, la evidencia científica sobre sus efectos es contradictoria. En general, Colombiacheck encontró que los estudios apuntan más hacia reducciones mínimas de la fuerza, pero no hay un consenso claro.

Un informe del National Bureau of Economic Research, una ONG estadounidense de investigación, contiene un metaanálisis de marzo de 2021 que afirma que las cámaras sí “podría tener un impacto” de reducción cercana al 9,6 % en el uso de la fuerza. Sin embargo, este trabajo no está revisado por pares.

Por el contrario, otro metaanálisis publicado en el European Journal of Criminology en 2016 concluyó que no hubo reducción en esas acciones. Además, advirtió que las agresiones contra oficiales que utilizan estos dispositivos eran mayores.

Lo curioso es que dos de los autores de este último artículo habían participado en un estudio publicado en 2015 en el que encontraron que las probabilidades de usar la fuerza sin BWC (sigla en inglés de body-worn cameras) eran el doble que con ellas. En ese caso, habían comparado turnos laborales en cada condición, no policías en periodos de tiempo largos.

Al ensayar a largo plazo, una investigación del Departamento de Policía de Washington D.C. con las universidades de Michigan y Yale, concluyó que “las cámaras no afectaron de forma significativa el comportamiento policial”. Esta evaluación contó con más 2.200 participantes y era, al menos hasta el momento de su publicación en 2019, el estudio más grande sobre el impacto de esta tecnología en esos procedimientos.

Ese mismo año, una revisión de literatura liderada por Cynthia Lum, directora del Centro de Política Criminal Basada en Evidencia de la Universidad George Mason, que incluyó 70 estudios sobre BWC y fue publicada en Criminology & Public Policy también llegó al mismo resultado. “No tienen efectos estadísticamente significativos o consistentes”, dice el artículo, que apunta a que hay que prestarle más atención al uso que se les dé “para lograr cambios más fundamentales a largo plazo”.

García Pinzón explica que el uso de las cámaras “por sí solo no basta y no compensa la falta de una estructura institucional que en realidad logre aplicar sanciones efectivas, que garantice que va a haber una investigación adecuada en unos tiempos expeditos”. Con esto, insiste en el enfoque de que los cambios más urgentes deberían estar dirigidos a combatir la impunidad de los abusos.

Controles balísticos

Finalmente, la investigadora del instituto alemán dice que los controles de balística que Duque describió en la entrevista no tienen nada de novedoso y que, de hecho, se aplican hace décadas en todo el país, no solo en la capital como él dijo. “Es una práctica mínima que se debe esperar de cualquier gobierno medianamente democrático y responsable con sus cuerpos de seguridad”, asegura.

Igual que con las cámaras, García insiste en que esos controles “servirían para disuadir [a los policías de abusar de la fuerza] si realmente las fallas en dar cuenta de qué pasó con esa munición redundan en una investigación y en sanciones”. En pocas palabras, dice que es “una buena práctica mínimamente esperable pero no es novedosa ni hace la diferencia en la prevención de los abusos”.

Sánchez Galeano coincide con ella. Considera que “Colombia tiene un muy buen protocolo de verificación de munición”, no solo en Bogotá, pero agrega que “no es que sea pionero, es una cosa mínima en materia de control”. En este sentido, asegura que sí cumple unos estándares que no se logran en otras partes de América Latina, como Venezuela, sin que esto lo ponga necesariamente a la vanguardia de la región.

El investigador afirma que una de las fallas de este control en el país es “lo que pasa después”. Si bien dice que la pérdida de un arma o de munición sin explicación sí desencadena la apertura de procesos disciplinarios, lo que no está claro es que estos lleven a sanciones efectivas. Lo mismo que reclama García Pinzón.

En resumen, Duque presentó como “reforma policial” una serie de medidas aisladas, más bien superficiales y de efectividad dudosa por sí mismas, unos controles que existen hace décadas y un proyecto de ley que se refiere apenas a un problema entre muchos, algunos más urgentes, que requieren transformaciones en la Policía. Por eso sus declaraciones son cuestionables.

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Lunes, 31 Mayo 2021

Macías exagera sobre bloqueos de vías como delitos cuando afectan la salud: no son de lesa humanidad

Por José Felipe Sarmiento

El señalamiento del senador del Centro Democrático solo acierta en que casos como el de los bebés fallecidos en ambulancias atacadas pueden constituir delitos, pero no de esa magnitud.

En la plenaria del Senado del 24 de mayo de 2021, en la que se debatía la fallida moción de censura contra el ministro de Defensa, Diego Molano Aponte, por los abusos policiales cometidos contra el Paro Nacional que empezó el 28 de abril y ya lleva más de un mes, el senador Ernesto Macías Tovar defendió al funcionario con un argumento crítico de las manifestaciones que fue citado en varios medios (1, 2, 3) y en un comunicado de la corporación.

Tras recordar los dos casos en los que murieron bebés en ambulancias atacadas por manifestantes en vías bloqueadas, el congresista del partido Centro Democrático preguntó “quién dio la orden” de efectuar esas acciones. “Los bloqueos no son un derecho, son una violación a los derechos. En plena pandemia, que tristemente se registran cerca de 500 fallecidos al día, misiones médicas, pacientes graves en las ambulancias; no dejan pasar el oxígeno, las vacunas. Estos son delitos de lesa humanidad”, afirmó.

Dado el impacto de la frase en la opinión pública por su aparición en diferentes sitios de noticias, Colombiacheck decidió verificarla y encontró que es cuestionable. Si bien los bloqueos pueden considerarse delitos en ciertas circunstancias, incluidas las afectaciones a los derechos a la vida y la salud como las mencionadas por Macías, no son de lesa humanidad. Decir eso es una exageración.

La “obstrucción de vías que afecte el orden público” sí es un delito que se incorporó al Código Penal en 2011. No obstante, la definición legal que este contiene es más específica que la de simplemente bloquear, pues debe hacerse “por medios ilícitos” y “de tal manera que atente contra la vida humana, la salud pública, la seguridad alimentaria, el medio ambiente o el derecho al trabajo”.

Al estudiar una demanda contra esta norma, la Corte Constitucional avaló esta penalización teniendo en cuenta que su correcta interpretación pone unas condiciones específicas que no afectan a las marchas o los plantones en general. Así, la sentencia C-742 de 2012 advirtió que “sólo la protesta social pacífica goza de protección constitucional” y, por tanto, las manifestaciones violentas, no.

La constitucionalista Catalina Botero Marino, ex relatora de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para la libertad de expresión, le dijo a Colombiacheck para el explicador sobre la protesta social publicado en 2020 que esta “es naturalmente disruptiva”. Es decir:

“Naturalmente va a haber ruido, es bastante probable que haya carteles y papeles. Si uno no está dispuesto a asumir que la protesta social tiene esas consecuencias, entonces no está dispuesto a proteger la protesta social. Hay que sincerarse. Utilizar la fuerza para impedir que la protesta social bloquee una calle no es legítimo porque eso disuelve la protesta”.

En esa misma ocasión, el politólogo Víctor Barrera Ramírez, investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), destacó que la disolución de una protesta se debe dar cuando “haya un estado real de cosas donde haya una afectación muy explícita e intolerable de la seguridad y la integridad física de las personas”. No es válido hacerlo con base en situaciones hipotéticas.

Asimismo, el penalista Andrés Garzón Roa señala que el límite entre el derecho a la manifestación pacífica y el delito de obstrucción de vías está marcado por sus efectos sobre los derechos fundamentales de otros ciudadanos, entre ellos la salud y la vida (como en los casos señalados por el senador). “La movilidad, no”, aclara.

“Cuando el bloqueo es prolongado y violento, ahí ya no se ampara la protesta [con la Constitución] y empezamos el camino del tipo penal”, explica. Incluso considera que, en los casos de los bebés que murieron en Cundinamarca y el Valle del Cauca, podría imputarse el cargo de homicidio.

Sin embargo, también recalca que esta conducta está lejos de poder considerarse dentro de la categoría de lesa humanidad. “Ahí hay pirotecnia. Las cosas hay que decirlas como son. No se puede exagerar”, afirma.

¿Por qué no es lesa humanidad?

Como la denominación lo indica, los delitos de lesa humanidad “son conductas gravísimas que afectan a toda la humanidad, no solo a la víctima sino a todo el conglomerado social”, dice Garzón. El abogado especifica que “los bloqueos pueden ser una situación que afecta a toda Colombia, pero no se pueden considerar de lesa humanidad desde la legislación internacional; no es un atentado contra la dignidad como la tortura o la explotación sexual”.

En otro explicador de 2020, Colombiacheck señaló que el Estatuto de Roma, que rige a la Corte Penal Internacional, tiene un listado de conductas específicas que entran en esa clasificación: asesinato, exterminio, esclavitud, deportación o traslado forzoso de población, encarcelación u otra privación grave de la libertad física, tortura, violencia sexual, persecución de un grupo por su identidad, desaparición forzada, apartheid y otros actos inhumanos.

La definición de cada uno tiene unos elementos específicos que establecen un nivel de gravedad que supera al de las mismas conductas en situaciones aisladas. En general, para que una de esas acciones sea enmarcada como de lesa humanidad debe hacer parte de un ataque sistemático o generalizado contra la población civil.

La sistematicidad se refiere a que los actos deben ser producto de un plan organizado. La generalidad, por otro lado, tiene que ver con el número de víctimas: la acción debe estar dirigida contra un gran número de personas. La acreditación de ambos factores requiere un análisis del contexto documentado con pruebas contrastables que den cuenta de las estructuras criminales participantes y su funcionamiento.

Así lo explica una cartilla de la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ, por sus siglas en alemán) coescrita por la jurista Claudia López Díaz, hoy magistrada de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). El documento se refiere a la aplicación de los delitos de lesa humanidad en Colombia con base en la jurisprudencia nacional e internacional.

Por ejemplo, teniendo en cuenta que algunos habitantes de Cali han alegado que están “secuestrados” por los manifestantes, hay que aclarar que el delito de lesa humanidad más parecido es el de privaciones graves de la libertad pero sus elementos no coinciden con lo que ha sucedido allá. La definición en realidad corresponde a acciones como los secuestros cometidos por las FARC, como lo determinó la JEP en la imputación contra ocho ex jefes de esa guerrilla (ver chequeo).

Como las conductas que describió Macías no coinciden con el listado que contiene el Estatuto de Roma, dado que la definición del delito de obstrucción de vías en el Código Penal nada tiene que ver con los que están descritos como de lesa humanidad a nivel internacional, no hay lugar para su afirmación. En lo único en lo que tiene razón es en que algunos casos específicos han afectado derechos fundamentales como la vida y la salud y, por tanto, pueden constituir conductas punibles, pero no de esa magnitud.